Sonó el teléfono en la oficina y Manuel, que estaba sentado y con las piernas cruzadas sobre el escritorio, estiró el brazo para alcanzar el tubo.
-¿Hola?
Del otro lado le contestaron que hablaba José. Era José Castaño, uno de los pocos amigos que había conseguido desde su llegada a España.
-¿Cómo andás José? -dijo Manuel, con voz grave-. Sí hombre, joder que hace un calor insoportable y en esta mierda de lugar se potencia... Sí, anda bien; me comunicó que Conchita Martínez ha vencido en el puto abierto de Australia o algo por el estilo, y sólo pregunta por Antonio Banderas. Qué carajo hace mi madre preguntando por ese tipo, es increíble. Desde que llegué a Madrid lo único que hace es preocuparse por las frivolidades de aquí. De todos modos, algún día morirá y se dejará de tantas estupideces… Bueno, sí, ocurre que estoy harto de todo. No sé qué va a ser de mi vida… no, no lo sé… Sí, vos quedate tranquilo que un día de estos me doy una vuelta por tu casa. Dale. Nos vemos, che. Adiós.
Manuel colgó el teléfono. Se reclinó sobre su asiento y cerró los ojos. Era increíble cómo se le había pegado la tonada española y sus odiosas palabras. Sintió en las pestañas una brisa tibia que entraba por la ventana. Era un hermoso día, él lo sentía, lo pensaba. Era un día perfecto, aunque le causaba asco tener que apreciarlo desde el interior de esas cuatro paredes mugrosas. Entonces cuando ingresó el conserje con cara de pocos amigos, además de soso, mofletudo como pocos y enano de jardín, queriendo reprenderlo por usar el teléfono en cuestiones ajenas al funcionamiento empresarial, Manuel le dijo que se fuera a la puta madre que lo parió. Antonio (y no Banderas, Manuel se acordó de su madre), el conserje, lo observó atónito. Estaba pálido como un huevo duro y pegado a la pared como un huevo frito. Sin saber qué hacer, sin resoplar, sin respirar quizás. Al cabo de unos instantes, dio media vuelta y salió a toda velocidad dando un violento portazo que retumbó, ayudado por el viento. Sin embargo regresó, abrió la puerta y asomó su carota pulcra y blanquecina, levantando su dedo índice como quien está por advertir algo. Hubo un silencio. Las palabras se enredaron en su lengua, un cúmulo de estupideces, de órdenes y resentimiento, se habían congregado allí para rebelarse contra su despido por aquella redonda jeta española. Y antes de empezar a decir lo que alguna vez había querido pronunciar, dio por concluido el discurso. Giró y rajó, sin siquiera cerrar la puerta.
Manuel sonrió. Se sintió bastante satisfecho. Hacía tiempo que deseaba insultar al conserje, ese medio hombre pelado de Antonito Rodríguez, que se la daba de trabajador eficiente y, en realidad, no era más que un estúpido chupaculos de los máximos de la empresa. En especial, recordó Manuel, el punto culminante para caratular a Antonio como hijo´eputa, fue aquel día en que debió retirarse media hora antes por una abstinencia etílica que le estaba pelando los cables y, obviamente, no avisó; simplemente se fue. Manuel consideraba que los ataques de abstinencia no pueden tomarse el trabajo de avisar. Al día siguiente lo esperaban en su oficina el gerente y su asistente, cruzados de brazos como si les hubiera robado algo. Mientras Manuel daba sus explicaciones, Antonio pasó por detrás y realizó un asqueroso gesto de goce, merecedor de una trompada en la carretilla. Seguramente había sido él quien advirtió a los dos buitres para que bajaran de las alturas en busca de un pedazo de carne, sólo para saciar su hambre de superioridad.
Manuel era consciente de que lo ocurrido fue una simple puteada de descarga. Sin embargo significaba un comienzo para el cambio de vida que buscaba. Buscó en su maletín y sacó una petaca alcohólica. Era un vodka que había comprado para festejar, o para un momento cualquiera, daba igual. Bebió tres sorbos voluptuosos y luego lo guardó en el cajón del escritorio. Volvió a reclinarse y a disfrutar de la vida. Sabía lo que vendría, lo que le esperaba después de haber “maltratado” a Antonito, el alcahuete. Pero Manuel se sentía ahora más allá de cualquier preocupación. Qué le importaba Antonio, ni los jefes, ni la empresa, ni el trabajo de mierda que tenía. Siempre podía haber algo peor, seguramente; pero oculta en algún recóndito lugar del futuro estaba la posibilidad de vivir mejor. Manuel creía que peor que en ese empleo, por su monotonía y por tantas horas, y el aburrimiento y los inútiles que lo rodeaban, además de los buchones, y algo más que no recordaba… peor que eso no podía estar.
Así, cuando llegaron los buitres, Manuel ya estaba decidido a obrar de acuerdo a un plan. A la vanguardia ingresó Martínez, el gerente. Un tipo de cuarenta años, con una barba de dos o tres días y el cabello rebajado sobre las orejas, con una expresión facial que denotaba preocupación sobreactuada. Traía las cejas fruncidas y un par de arrugas le surcaban la frente. Detrás apareció el asistente, David, con la cara bien afeitada igual que siempre, como si tuviese la obligación de causar una buena impresión. El pelo corto, oscuro, y la incorregible cara de perro obediente mientras arrimaba la puerta a su amo.
-¿Qué es lo que pasa contigo? -dijo Martínez, mirando con cierta repugnancia la camisa desalineada y el cabello revuelto de Manuel-. Es increíble que al único que hay que llamarle la atención es a ti. Porque te retiras antes del horario correspondiente, porque tratas mal a los clientes, o porque llegas borracho. Ahora has agredido a Antonio, esto ya es el colmo. Entonces repito la pregunta: ¿Qué es lo que pasa contigo?
Manuel soltó una estruendosa carcajada al ver a Martínez con sus brazos en jarra, con un fastidio también mal actuado. La situación era patética y alcanzó un nivel exorbitante cuando, a través de la puerta entreabierta, se asomó el medio rostro de Antonio que andaba curioseando. Manuel volvió a reír, señalando con el índice al medio rostro que se daba a la fuga. Cuando se repuso, procedió con la réplica, sin borrar de su cara la sonrisa irónica.
-Sabe una cosa señor Mar… ¡Señor Martínez! Fijate qué estupidez tener que decirte “Señor Martínez”, nada más que por una enfermiza convención de supuesta superioridad que otorga una estúpida jerarquía empresarial. Mirá, lo explicaré sencillamente para que mentes como las suyas puedan entender. El hecho de que tu puesto laboral sea superior al mío, no significa absolutamente nada en cuanto a relaciones personales. Ustedes no son más importantes que nadie. Digo, Martínez, no sos sino un diminuto peón del sistema. Sos un simple mortal, igual que yo. Ambos vamos a morir, todos… ¡Sí, todos moriremos! ¿Y por qué yo tendría la obligación de llamarte “Señor Martínez”? ¡Por favor! -Manuel largó otra sonora carcajada mientras golpeaba el escritorio con la palma de su mano. Mientras tanto, Martínez y su ayudante lo observaban con desprecio, como quien mira a un gusano que se asoma en una manzana podrida de verdulería. Ambos cruzados de brazos, inmóviles, con sus trajes negros y corbatas, y sus caras de traje negro y corbata.
Manuel fue mermando lentamente la risa.
-Es un razonamiento tan fácil de entender, señores -dijo-. ¿Alguna vez se les ha ocurrido pensar qué es lo que ocurriría en esta empresa si ustedes mueren mañana? ¿Se lo imaginan? Seguro que nunca pensaron en ello. Yo sí, puedo verlo. Puedo ver el velorio (muy prolijo por cierto), bonito cajón y flores costosas. En algún momento llegan los superiores (no todos, por supuesto) con cara de afligida circunstancia. Estarán un rato allí, saludarán a la viuda, se codearán otro rato con sus semejantes y hablarán de negocios por sobre todas las cosas. Estarán muy pendientes de sus celulares, entrando y saliendo constantemente del sepelio para atender las llamadas (son hombres muy ocupados y se enorgullecen de eso). Al rato, como si nada hubiera pasado, se retirarán del recinto donde yace tu cuerpo frío y seco en aquella caja de madera oscura, fabricada especialmente a su medida. ¿Pero se imaginan de qué han estado hablando esos hombres trajeados? –preguntó Manuel mirando alternativamente a los dos que tenía enfrente con cara de estatuas. Se volvió sobre Marínez- ¿Sos capaz de concebirlo? Hablaban y se preocupaban, nada más que por acordar quién ocuparía el lugar del finado en la empresa; es decir, tu lugar –concluyó Manuel, señalando al gerente. -¡Es estupendo!
Manuel se levantó del asiento, se acercó a la ventana y escupió hacia la vereda. Giró y empezó a caminar por el cuarto.
-Uno, en vida, está orgulloso de ocupar un maldito cargo elevado en una empresa (ambas, circunstancias que no me afectan, como habrán sospechado). Se siente superior a los demás y no ve un poco más allá de esa realidad. Fíjense qué idiotez, qué logro tan importante… ¡Un cargo en una empresa! -gritó Manuel, y se detuvo detrás del escritorio. -Luego, así nomás, el tipo se muere al igual que cualquiera. Y paf, listo. Ya no tiene más ese lugar privilegiado, ni puede ser superior que nadie en absolutamente nada. En verdad, el muerto, en caso de que pudiera cuestionarse algo, se preguntaría: ¿fui superior a alguien durante mi vida? O, en su defecto: ¿Era tan importante mi trabajo para la historia del hombre, o incluso para mi vida misma? Por supuesto, ese muerto que se cuestiona es mucho más reflexivo que ustedes. Piénselo, “Señor Martínez”- dijo Manuel enfatizando la pronunciación, y se tentó nuevamente a risotadas y a golpes de puño contra el escritorio-. Tal vez te sirva de algo. Y vos, David, escuchaste todo. También podés reflexionar al respecto. Vos… que estás agazapado, esperando la oportunidad de ascender algún escalón, que probablemente seas el sustituto del finado de mi metáfora. -Una sonrisa cínica se dibujó en su rostro-. Fijate si querés ser eso, pibe. Estoy seguro de que no te disgustaría en absoluto.
Hubo un instante de silencio. Se escucharon un par de motos ruidosas que pasaron por la calle. Finalmente Martínez se dispuso a decir algo.
-Tú estás loco, Manuel -dijo, moviendo la cabeza hacia los costados. -Considerando tu estado de salud, será preciso que abandones tu puesto, al menos hasta que se acomoden tus ideas.
David asentía, moviendo su cabeza sin interrupciones.
David asentía, moviendo su cabeza sin interrupciones.
-“Hazta que ze acomoden tuz ideaz…” -repitió Manuel, y volvió a reírse estrepitosamente.
-Sí, hasta que eso ocurra no volverás a pisar esta empresa -dijo el gerente-. Estás enfermo, eres el paradigma de la ruina, hombre. Debes repensar esto que dices, hablas en contra de las leyes, de la moral –hizo una leve pausa y miró a David, que seguía asintiendo -No tienes razón de ser, estás completamente perdido, hombre.
-Bue... un momento –interrumpió Manuel-. Vayamos al grano. ¿Estoy despedido?
-Sí, por supuesto. Estás despedido- dijo Martínez, inflando su pecho.
-¡Extraordinario! –dijo Manuel acompañando lo dicho con tres aplausos y una mueca que torcía los lados de su boca hacia abajo. -Bien, Martínez… nos vemos entonces, en el velorio del que caiga primero. Espero no encontrarte en algún otro lugar, porque sos un tipo tan básico que no vale la pena cruzarte antes. Estás muerto en vida. Que te vaya bien en tu trabajo, o en tu vida... debe ser casi lo mismo. ¿No te parece? Y no respondas. De todos modos, tu pensamiento no me interesa.
Manuel tomó su maletín y lo apoyó sobre el escritorio. Se puso el saco, que reposaba sobre el respaldo de la silla. Abrió el cajón del escritorio. Sacó el vodka y le dio unos sorbos, mirando de reojo a los buitres expectantes. Tapó la botella, la guardó en un bolsillo del saco y sin decir nada salió de la oficina, fingiendo una sonrisa tan amplia como le era posible.
Caminó apaciblemente por un largo pasillo que conducía a la salida. A la mitad del trayecto le surgió un curioso pensamiento que lo acompañó durante algunos metros. Se preguntó qué ocurriría en el futuro, qué haría y cómo sobreviviría ahora que no tendría un sueldo. Ese pilón de papeles con números que tanto agradan al ser humano en general. Pero esa preocupación se fue diluyendo mientras se acercaba a la puerta. Giró el picaporte y abrió. Manuel observó la calle resplandeciente por efecto del sol y se convenció de que allí afuera había un hermoso día esperándolo, no le importaría en absoluto lo que iba a ser de él en el futuro. Sin más compañía que su vodka y una extraña libertad adquirida, salió sin rumbo, a encontrarse con el verdadero mundo, el que está ahí afuera, donde reina la incertidumbre y el dulce caos de la espontaneidad.