viernes, 26 de noviembre de 2010

En tiempos de cambio

Una mañana mientras volaba, noté que al alcance de mi mano había una enorme pila de papeles atados con una cinta roja. En la primera hoja resaltaba a modo de título, en letras grandes y azules: “La Divina Revelación”. El hallazgo llamó mi atención y, más por curiosidad que por interés, abrí una hoja al azar y dediqué un momento a leer lo que el manuscrito decía.

“Había confusión en el cielo. Todos los ángeles se congregaron sobre las nubes más blancas ante la repentina situación que los aquejaba. Predominaban los rostros desconcertados, las caminatas paranoicas, gotas de sudor rodando por los rostros. Las opiniones iban y venían sin llegar a conclusiones efectivas, incluso algunos temblaban de miedo ante la posibilidad de que los rumores estuvieran en lo cierto; se decía que Dios se había vuelto loco.
Los ángeles reflexionaban al respecto y se sentían perdidos. Unos pocos resaltaban el valor de la fe, esperanzados en que el amo y señor del universo no los defraudaría. Sin embargo, cada tanto una estruendosa carcajada bajaba como un trueno desde las nubes más elevadas; una mezcla de lágrimas y escupitajos de alegría caía sobre sus cabezas como si estuviera lloviendo, y así las ilusiones de los ángeles se diluían al igual que el hielo en sus vasos de whisky. Ante la desesperación, la gran mayoría se inició en la bebida alcohólica como método de fuga.
Mientras tanto Dios se retorcía de risa, absolutamente abstraído de las preocupaciones existentes a unas pocas nubes de distancia. Estaba sumergido en la lectura de diversos libros humanos. En pocas horas había leído tomos de filosofía, biología, química, y seguía con un libro de Física General que tomó prestado (sin avisar) del mercado pirata del Diablo. ¡Pero qué divertido parecía estar Dios leyendo las leyes con que los humanos explicaban el universo! ¡Y qué incomprensibles parecían las actitudes de los ángeles!
-Dios nunca ha sido así –comentaban-, Él siempre ha mantenido la compostura, tiene un carácter fuerte, constante y acorde a la excelencia de los rigurosos parámetros celestiales de seriedad y respeto.
-Pero, ¿cómo puede ser? ¿Qué ha pasado? -se preguntaban otros.
Los más curiosos intentaban escuchar si Dios hablaba, o trataban de espiar entre los diminutos poros de unas consistentes nubes que obstaculizaban su visión. No sabían que Dios estaba leyendo, sólo escuchaban su risa. No obstante, todos habían notado algunos sucesos extraños que acontecieron en las últimas horas. Algunos arcángeles en pleno vuelo, sufrían súbitamente la coerción de una fuerza que los arrastraba hacia abajo y los obligaba a multiplicar su gasto energético. Luego, de repente, esa fuerza desaparecía y salían impulsados a gran velocidad, o quedaban flotando en un inútil revoleo de extremidades como nadadores fuera del agua.
La vida en el cielo se tornó sumamente compleja, ya nada era fácil para nadie. La parsimonia que regía los días se había convertido en un caos para las criaturas celestiales, y el futuro era sinónimo de incertidumbre. Incluso Satanás había telegrafiado desde los confines del infierno, comentando que su reino se había vuelto incontrolable y que sus esclavos eternos ahora no hacían caso de sus órdenes. “En cambio –decía- andan dando vueltas por el aire como montones de burbujas o mariposas”; luego agregó: “no hay nada que me desagrade más”.

¡Era estupendo que alguien sugiriese semejante teoría! Leí algunas páginas más que profundizaban sobre lo mismo, e interrumpí la lectura para dormir una siesta. Al despertar ojeé unos párrafos en los cuales descubrí que dicho manuscrito pertenecía a un clérigo italiano llamado Salvatore Mesta. Anunciaba su testimonio como “la revelación” que tuvo durante la visita de un ángel anónimo. Según comenta, se encontraba disfrutando de un baño de inmersión cuando el querubín ingresó a su iglesia. La criatura alada bajó de los cielos especialmente para anticiparle lo que ocurriría en el mundo; le pidió que no desplazara la cortina porque prefería reservar su identidad (aunque sospecho que el ángel hubiese querido salvar sus ojos de la paupérrima desnudez del clérigo). Entonces le expresó sus preocupaciones, confesando toda la verdad hasta en sus mínimos detalles. Luego Mesta lo plasmaría en el papel, pidiendo disculpas en el prefacio por alguna posible inexactitud mnemónica, pero garantizando el mayor grado de veracidad en las ideas generales. En el final de su relato dice que cuando quiso espiar, el ángel ya había desaparecido.
Solo después de varias semanas de incesante búsqueda, pude acceder a una biografía de Salvatore Mesta, y sus datos me confirmaron que el sacerdote tenía cierto vicio literario.
Sin embargo, su manuscrito fue incluido en una recopilación de textos bajo el título de “El Tercer Testamento”; editado recientemente por la Iglesia Católica, no sin antes efectuar los retoques correspondientes para adaptar las inevitables imperfecciones de una pluma humana a la rigurosa noción de verdad que Dios les ha legado. El libro fue publicado tres semanas después de que los terrícolas nos encontráramos en un desconcierto absoluto, flotando por los aires in absentia de la acostumbrada seguridad que nos producía mantener los pies sobre la tierra.

El manuscrito de Mesta sostenía que la lectura que Dios hizo de los libros humanos lo “inspiró” para realizar modificaciones estructurales en el universo entero. En cambio, el mismo texto, pero atravesado por el ‘retoque’ que efectuó el Consejo Intelectual del Vaticano, refería que lo ocurrido es una reprenda de Dios hacia la humanidad por los incontables pecados cometidos. Acto seguido, se dedican ochenta y siete páginas a enumerar las “principales ofensas contra Dios y contra la vida” (cosa que tampoco aparece en los manuscritos del clérigo). Asimismo “el ángel anónimo” fue reemplazado por el Espíritu Santo, y se agregaba que las almas de San Pablo y de San Pedro lo habían acompañado hasta la puerta (entre otras sutiles modificaciones).
Más tarde, en un diálogo casual con un ex estudiante de teología, me enteraría que circulaban cientos de copias del relato original de Salvatore Mesta, que habían escapado a una diminuta inquisición improvisada y habían sido leídas por unos cuantos desinteresados de todo. Revisando “El Tercer Testamento”, noté que en el prólogo se descalificaba a esa reproducción, incluida en una larga lista con el título de “Versiones profanas”.
En esos días, también llegó a mis manos un ejemplar del diario ‘Anarquía’ (de pronto abundan los periódicos anarquistas). Leyendo una de sus notas, me enteré que todavía existe una Comunidad Científica, y que ha arriesgado una hipótesis diferente. Ellos fundamentan los cambios en la naturaleza a partir de una disminución en la irradiación de energía solar, debida al enfriamiento del astro. Esto habría causado modificaciones en el centro gravitatorio de la Tierra, lo que generó cierta deformidad en la órbita realizada por el planeta en su trayectoria alrededor del sol; al parecer, ahora realiza movimientos alrededor de la luna. Además, aseguran que una mutación atómica en las moléculas del aire disminuyó la densidad del mismo y aumentó la temperatura en las alturas, concluyendo en que esa es la causa indefectible de que el hombre pueda flotar (o volar con ciertas limitaciones) y vivir en un nuevo hábitat. Pese a la complejidad de sus argumentos, la editorial del diario sugería descreer de todo anuncio científico porque los consideran “prematuros y desesperados”.
Mientras tanto, la realidad social ha cambiado radicalmente y eso es notorio a simple vista. Tal parece que los requerimientos energéticos del cuerpo humano se han reducido a la mera necesidad de respirar. Tanto el acto de comer como el de beber son considerados vicios en el ámbito popular, debido a lo innecesario de su condición (aunque muchos se oponen a ello). La humanidad, ahora recorre los aires en una especie de vuelo multitudinario y, pese a la incertidumbre, son muy pocos los que se preocupan por el devenir.
En las alturas, efectuamos bailes novedosos o curiosas fiestas rituales, en las que nos divertimos observando manadas de elefantes que flotan por allí entrelazando sus trompas, percibiendo los cuerpos de las jirafas mientras sus cabezas desaparecen en la espesura de las nubes, o permanecemos inmóviles durante horas buscando formas de nubes en la superficie terrestre -sin mencionar otros tantos atractivos inclasificables por los géneros preexistentes del entretenimiento.
Frente a estos nuevos hábitos sociales, hay infaltables excepciones que conforman una especie de "resistencia". Numerosos científicos se han equipado con nuevas tecnologías que permiten el acercamiento al suelo, con el firme propósito de estudiar los fenómenos recientes con un mayor grado de objetividad, y así poder clasificarlos y predecirlos. Dentro de este grupo de reaccionarios, también hay antiguas autoridades eclesiásticas, políticas y económicas que observan con horror cómo se esfuman sus anhelos de continuidad histórica e intentan revertir la supuesta desgracia en que cayó la vida. En sus reuniones, se proponen ordenar lo que ellos denominaron “El gran caos”.
No obstante, asegura el diario ‘Anarquía’ que estos grupos “aún no logran articular sus infinitos intereses contrapuestos”, y en el último párrafo manifiestan el ferviente deseo de que sigan así; luego dedican media página a la exposición de unos simpáticos garabatos de colores que se presentan como la vanguardia artística de la nueva época.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Afluente

La sombra del manzano
esconde mi sol.
Estoy sentado en la tierra
desparramado por el calor de noviembre.
En eso, una manzana
cae sobre mi cabeza
y se abolla.
La muy desconsiderada me dolió al chocar.
No la insulté por jodida, todo bien...
El problema es que Newton ya descubrió (o inventó) su teoría.
Así pasa muchas veces.
Son pocos los descubridores exitosos
como Cristóbal Colón,
famoso por descubridor de "América"
que estaba poblada de punta a punta.
El éxito es un valor tan injusto como el dólar.
Es mejor ahuyentarlo
a ver si todavía falsifica el valor de la propia vida.
Ni más ni menos que eso.

martes, 27 de julio de 2010

Manuscrito encontrado en un rollo de cartón que alguna vez fue recubierto por papel higiénico ya extinto.

NUEVO INFORME ESPECIAL. EXCLUSIVO, EN REVISTA CIENCIA Y VERDAD.

¿Rollo inteligente o rotunda equivocación?



Como habíamos anticipado, el curioso ejemplar de rollo manuscrito hallado por un linyera mientras revolvía basura, que luego fue comprado por un abogado y, posteriormente, vendido por una exorbitante suma de dinero a un millonario árabe; finalmente fue otorgado a la comunidad científica para la realización de los exámenes pertinentes. Su exacta  reproducción llegó a la redacción de Ciencia y verdad, y su difusión tendrá repercusiones inconmensurables. La hora de la revelación se acerca.


En las siguientes líneas se transcribirá textualmente lo que habría expresado el ex rollo de papel higiénico:


Destino: Si alguien llegase a leer esto, significa que algo va a sucederle. Pero quédese tranquilo, no tiene por qué ocurrirle un hecho negativo. Al fin y al cabo, tampoco es novedad; en cualquier vida ocurren ‘cosas’. Y, en su lugar, me pondría contento por tener una vida y acontecimientos propios.
¡APROVÉCHELA! No sea necio. Sino míreme a mí, que estuve cubierto por papel higiénico hasta el día en que me convertí en desecho, en basura. Nunca le importé a nadie; soy un cartón.”

Sin embargo, esto no termina aquí. El rollo -figúrese el lector un cilindro de cartón sin sus bases (todos han visto uno alguna vez)-, está dividido en “dos especie de caras, separadas por dos líneas verticales contrapuestas”, informó el científico alemán Lukas Werschzen. Estas líneas forman un anverso y un reverso, frente y contratapa, ida y vuelta, lado A y B, o como quiera llamársele. El texto anterior aparecía en una de las caras del rollo, que el editor (con la colaboración de un numeroso grupo de semiólogos) interpretó indefectiblemente en su carácter de primero.
A continuación, se prosigue con la segunda (y más profunda) carilla del rollo de cartón:


“¿Hay alguien ahí? ¿Hola? Sí, soy yo otra vez. Ya se han imaginado lo reducidas que son mis posibilidades. Mi existencia es más limitada o nula que los prejuicios humanos (ironía). No obstante, hay personas que no escapan a las analogías con mi destino. Ellos se envuelven en costosos papeles higiénicos con pretensiones de elevarse sobre los demás; pero, cuando se les acaba el papel, queda al descubierto LA BASURA que escondían en su interior. Y es predecible, teniendo tantas oportunidades y tan poco en la cabeza, se dejan seducir por la opción más fácil y rápida, transitando caminos ilusorios, meras apariencias en un mundo tan real y hermoso. Y para completar el desastre, el atropello que cometen, hay que recordar que la Raza Humana (como totalidad) es prácticamente libre; libre para construir su existencia. Y yo, en cambio, que no tengo voluntad ni libertad… ¡Cómo disfrutaría la vida! ¡Cuántas actividades maravillosas realizaría! Y, sin embargo, no podré siquiera comentárselas; simplemente porque aquí me terminé.”


Esas fueron las palabras del ex rollo de papel higiénico, antes de cubrirse toda su opaca superficie con tinta de color azul. Si el lector aún no llega al éxtasis de la sorpresa y lo domina cierta incomprensión, alcanzará niveles altísimos de admiración en la continuidad de la nota.
El siguiente texto corresponde a unos apuntes extraídos (o sustraídos, no digan nada) de un cuaderno perteneciente al grupo de científicos que examinó el objeto de estudio.


Observaciones: indudablemente el rollo se vio forzado a achicar la letra en su segundo momento expresivo. Suponemos que tenía mucho más para decir, pero estaba limitado enormemente en tanto que era rollo de papel higiénico y no de servilletas.”
“La posible inteligencia del rollo aún no ha sido demostrada y hay desacuerdo dentro del grupo. Cabe alguna posibilidad de que así sea, aunque será excesivamente dificultoso llegar a las raíces de su actividad cognitiva teniendo en cuenta que el rollo se confesó terminado. Si sus postulados son verídicos, ya no volverá a escribir; y resultaría una imprudencia aplicar un corrector de tinta en su superficie para observar cómo reacciona a dicho estímulo. Debemos mantener la calma y pensar en métodos alternativos; la paciencia será fundamental para entrever el fondo de la cuestión.”


Otros investigadores ya se han dado a la tarea de hurgar, desde hoy y hasta futuros indefinidos, en busca de nuevos rollos escritos. Mientras tanto, algunas revistas científicas ya divulgaron una hipótesis que habla de rollos inteligentes, que habrían evolucionado a raíz de procesos accidentales en producción.
Esto produjo cierto alborozo en el ámbito académico. Sin embargo, numerosos exponentes de ciencia y alta cultura a nivel mundial han manifestado su escepticismo al respecto. Ciencia y verdad prefiere no aventurar promociones demasiado osadas, en pos de mantener el mayor grado de objetividad posible. Siempre fieles a la seriedad que nos caracteriza, esperaremos las conclusiones definitivas de los expertos para emitir información exacta.


Agradecimiento especial a nuestra fuente de información, que por razones de seguridad no podemos publicar.
Revista Ciencia y verdad; 27 de julio de 2010.

sábado, 17 de julio de 2010

Proximamente... (2)

En algún momento será publicado el texto que lleva el siguiente título: "Manuscrito hallado en un rollo de cartón que anteriormente estuvo envuelto en papel higiénico ya extinto" (o algo así).

Un linyera encontró el particular rollo entre montones de basura y, al divisarlo, notó que no era un rollo común y corriente. Éste tenía escrita sobre sí mismo una serie de reflexiones en primera persona. Se sospecha que las ideas son propias del rollo en cuestión. Por ello, cuando comenzó a circular el rumor del rollo inteligente, fue astutamente comprado al linyera por un par de choripanes. El abogado que lo adquirió, lo vendió por una suma exorbitante de dinero a un millonario árabe que colecciona este tipo de curiosidades. No obstante, el objeto de la polémica fue gentilmente prestado a la comunidad científica para que realice los exámenes correspondientes. El análisis lleva ya dos semanas y, aseguran, hay novedades asombrosas.
Nosotros accedimos a la mismísima reproducción del manuscrito a través de una operación sumamente arriesgada, y no podemos revelar el nombre del cómplice infiltrado que realizó la dificultosa tarea. A él agradecemos enorme y anónimamente, ya que la divulgación de sus datos personales conllevaría su inmediata expulsión del organismo para el cual trabaja o, quizás, una serie de torturas a modo de represalia para disuadirlo de repetir actos semejantes.
Cuando nuestro vecino regrese a su departamento y le dé electricidad nuevamente al router que nos abastece, se hará efectiva la publicación del documento. Hasta que ello ocurra, lo mantendremos oculto y protegido por numerosas fuerzas de seguridad, más exageradas incluso que las de "Misión Imposible".
Mientras tanto (y para no caer en la monotonía de la rutina), saldremos a destrozar vidrieras en estado de ebriedad, gozaremos conduciendo automóviles a alta velocidad y fumaremos pipa con Sherlock Holmes y Jean Paul Sartre durante todas las vacaciones.
Al menos, esas son nuestras expectativas.
Nos despedimos cordialmente, hasta entonces.

sábado, 29 de mayo de 2010

La oficina

Sonó el teléfono en la oficina y Manuel, que estaba sentado y con las piernas cruzadas sobre el escritorio, estiró el brazo para alcanzar el tubo.


-¿Hola?


Del otro lado le contestaron que hablaba José. Era José Castaño, uno de los pocos amigos que había conseguido desde su llegada a España.


-¿Cómo andás José? -dijo Manuel, con voz grave-. Sí hombre, joder que hace un calor insoportable y en esta mierda de lugar se potencia... Sí, anda bien; me comunicó que Conchita Martínez ha vencido en el puto abierto de Australia o algo por el estilo, y sólo pregunta por Antonio Banderas. Qué carajo hace mi madre preguntando por ese tipo, es increíble. Desde que llegué a Madrid lo único que hace es preocuparse por las frivolidades de aquí. De todos modos, algún día morirá y se dejará de tantas estupideces… Bueno, sí, ocurre que estoy harto de todo. No sé qué va a ser de mi vida… no, no lo sé… Sí, vos quedate tranquilo que un día de estos me doy una vuelta por tu casa. Dale. Nos vemos, che. Adiós.


Manuel colgó el teléfono. Se reclinó sobre su asiento y cerró los ojos. Era increíble cómo se le había pegado la tonada española y sus odiosas palabras. Sintió en las pestañas una brisa tibia que entraba por la ventana. Era un hermoso día, él lo sentía, lo pensaba. Era un día perfecto, aunque le causaba asco tener que apreciarlo desde el interior de esas cuatro paredes mugrosas. Entonces cuando ingresó el conserje con cara de pocos amigos, además de soso, mofletudo como pocos y enano de jardín, queriendo reprenderlo por usar el teléfono en cuestiones ajenas al funcionamiento empresarial, Manuel le dijo que se fuera a la puta madre que lo parió. Antonio (y no Banderas, Manuel se acordó de su madre), el conserje, lo observó atónito. Estaba pálido como un huevo duro y pegado a la pared como un huevo frito. Sin saber qué hacer, sin resoplar, sin respirar quizás. Al cabo de unos instantes, dio media vuelta y salió a toda velocidad dando un violento portazo que retumbó, ayudado por el viento. Sin embargo regresó, abrió la puerta y asomó su carota pulcra y blanquecina, levantando su dedo índice como quien está por advertir algo. Hubo un silencio. Las palabras se enredaron en su lengua, un cúmulo de estupideces, de órdenes y resentimiento, se habían congregado allí para rebelarse contra su despido por aquella redonda jeta española. Y antes de empezar a decir lo que alguna vez había querido pronunciar, dio por concluido el discurso. Giró y rajó, sin siquiera cerrar la puerta.


Manuel sonrió. Se sintió bastante satisfecho. Hacía tiempo que deseaba insultar al conserje, ese medio hombre pelado de Antonito Rodríguez, que se la daba de trabajador eficiente y, en realidad, no era más que un estúpido chupaculos de los máximos de la empresa. En especial, recordó Manuel, el punto culminante para caratular a Antonio como hijo´eputa, fue aquel día en que debió retirarse media hora antes por una abstinencia etílica que le estaba pelando los cables y, obviamente, no avisó; simplemente se fue. Manuel consideraba que los ataques de abstinencia no pueden tomarse el trabajo de avisar. Al día siguiente lo esperaban en su oficina el gerente y su asistente, cruzados de brazos como si les hubiera robado algo. Mientras Manuel daba sus explicaciones, Antonio pasó por detrás y realizó un asqueroso gesto de goce, merecedor de una trompada en la carretilla. Seguramente había sido él quien advirtió a los dos buitres para que bajaran de las alturas en busca de un pedazo de carne, sólo para saciar su hambre de superioridad.


Manuel era consciente de que lo ocurrido fue una simple puteada de descarga. Sin embargo significaba un comienzo para el cambio de vida que buscaba. Buscó en su maletín y sacó una petaca alcohólica. Era un vodka que había comprado para festejar, o para un momento cualquiera, daba igual. Bebió tres sorbos voluptuosos y luego lo guardó en el cajón del escritorio. Volvió a reclinarse y a disfrutar de la vida. Sabía lo que vendría, lo que le esperaba después de haber “maltratado” a Antonito, el alcahuete. Pero Manuel se sentía ahora más allá de cualquier preocupación. Qué le importaba Antonio, ni los jefes, ni la empresa, ni el trabajo de mierda que tenía. Siempre podía haber algo peor, seguramente; pero oculta en algún recóndito lugar del futuro estaba la posibilidad de vivir mejor. Manuel creía que peor que en ese empleo, por su monotonía y por tantas horas, y el aburrimiento y los inútiles que lo rodeaban, además de los buchones, y algo más que no recordaba… peor que eso no podía estar.


Así, cuando llegaron los buitres, Manuel ya estaba decidido a obrar de acuerdo a un plan. A la vanguardia ingresó Martínez, el gerente. Un tipo de cuarenta años, con una barba de dos o tres días y el cabello rebajado sobre las orejas, con una expresión facial que denotaba preocupación sobreactuada. Traía las cejas fruncidas y un par de arrugas le surcaban la frente. Detrás apareció el asistente, David, con la cara bien afeitada igual que siempre, como si tuviese la obligación de causar una buena impresión. El pelo corto, oscuro, y la incorregible cara de perro obediente mientras arrimaba la puerta a su amo.


-¿Qué es lo que pasa contigo? -dijo Martínez, mirando con cierta repugnancia la camisa desalineada y el cabello revuelto de Manuel-. Es increíble que al único que hay que llamarle la atención es a ti. Porque te retiras antes del horario correspondiente, porque tratas mal a los clientes, o porque llegas borracho. Ahora has agredido a Antonio, esto ya es el colmo. Entonces repito la pregunta: ¿Qué es lo que pasa contigo?


Manuel soltó una estruendosa carcajada al ver a Martínez con sus brazos en jarra, con un fastidio también mal actuado. La situación era patética y alcanzó un nivel exorbitante cuando, a través de la puerta entreabierta, se asomó el medio rostro de Antonio que andaba curioseando. Manuel volvió a reír, señalando con el índice al medio rostro que se daba a la fuga. Cuando se repuso, procedió con la réplica, sin borrar de su cara la sonrisa irónica.


-Sabe una cosa señor Mar… ¡Señor Martínez! Fijate qué estupidez tener que decirte “Señor Martínez”, nada más que por una enfermiza convención de supuesta superioridad que otorga una estúpida jerarquía empresarial. Mirá, lo explicaré sencillamente para que mentes como las suyas puedan entender. El hecho de que tu puesto laboral sea superior al mío, no significa absolutamente nada en cuanto a relaciones personales. Ustedes no son más importantes que nadie. Digo, Martínez, no sos sino un diminuto peón del sistema. Sos un simple mortal, igual que yo. Ambos vamos a morir, todos… ¡Sí, todos moriremos! ¿Y por qué yo tendría la obligación de llamarte “Señor Martínez”? ¡Por favor! -Manuel largó otra sonora carcajada mientras golpeaba el escritorio con la palma de su mano. Mientras tanto, Martínez y su ayudante lo observaban con desprecio, como quien mira a un gusano que se asoma en una manzana podrida de verdulería. Ambos cruzados de brazos, inmóviles, con sus trajes negros y corbatas, y sus caras de traje negro y corbata.


Manuel fue mermando lentamente la risa.


-Es un razonamiento tan fácil de entender, señores -dijo-. ¿Alguna vez se les ha ocurrido pensar qué es lo que ocurriría en esta empresa si ustedes mueren mañana? ¿Se lo imaginan? Seguro que nunca pensaron en ello. Yo sí, puedo verlo. Puedo ver el velorio (muy prolijo por cierto), bonito cajón y flores costosas. En algún momento llegan los superiores (no todos, por supuesto) con cara de afligida circunstancia. Estarán un rato allí, saludarán a la viuda, se codearán otro rato con sus semejantes y hablarán de negocios por sobre todas las cosas. Estarán muy pendientes de sus celulares, entrando y saliendo constantemente del sepelio para atender las llamadas (son hombres muy ocupados y se enorgullecen de eso). Al rato, como si nada hubiera pasado, se retirarán del recinto donde yace tu cuerpo frío y seco en aquella caja de madera oscura, fabricada especialmente a su medida. ¿Pero se imaginan de qué han estado hablando esos hombres trajeados? –preguntó Manuel mirando alternativamente a los dos que tenía enfrente con cara de estatuas. Se volvió sobre Marínez- ¿Sos capaz de concebirlo? Hablaban y se preocupaban, nada más que por acordar quién ocuparía el lugar del finado en la empresa; es decir, tu lugar –concluyó Manuel, señalando al gerente. -¡Es estupendo!


Manuel se levantó del asiento, se acercó a la ventana y escupió hacia la vereda. Giró y empezó a caminar por el cuarto.


-Uno, en vida, está orgulloso de ocupar un maldito cargo elevado en una empresa (ambas, circunstancias que no me afectan, como habrán sospechado). Se siente superior a los demás y no ve un poco más allá de esa realidad. Fíjense qué idiotez, qué logro tan importante… ¡Un cargo en una empresa! -gritó Manuel, y se detuvo detrás del escritorio. -Luego, así nomás, el tipo se muere al igual que cualquiera. Y paf, listo. Ya no tiene más ese lugar privilegiado, ni puede ser superior que nadie en absolutamente nada. En verdad, el muerto, en caso de que pudiera cuestionarse algo, se preguntaría: ¿fui superior a alguien durante mi vida? O, en su defecto: ¿Era tan importante mi trabajo para la historia del hombre, o incluso para mi vida misma? Por supuesto, ese muerto que se cuestiona es mucho más reflexivo que ustedes. Piénselo, “Señor Martínez”- dijo Manuel enfatizando la pronunciación, y se tentó nuevamente a risotadas y a golpes de puño contra el escritorio-. Tal vez te sirva de algo. Y vos, David, escuchaste todo. También podés reflexionar al respecto. Vos… que estás agazapado, esperando la oportunidad de ascender algún escalón, que probablemente seas el sustituto del finado de mi metáfora. -Una sonrisa cínica se dibujó en su rostro-. Fijate si querés ser eso, pibe. Estoy seguro de que no te disgustaría en absoluto.


Hubo un instante de silencio. Se escucharon un par de motos ruidosas que pasaron por la calle. Finalmente Martínez se dispuso a decir algo.


-Tú estás loco, Manuel -dijo, moviendo la cabeza hacia los costados. -Considerando tu estado de salud, será preciso que abandones tu puesto, al menos hasta que se acomoden tus ideas.

David asentía, moviendo su cabeza sin interrupciones.

-“Hazta que ze acomoden tuz ideaz…” -repitió Manuel, y volvió a reírse estrepitosamente.


-Sí, hasta que eso ocurra no volverás a pisar esta empresa -dijo el gerente-. Estás enfermo, eres el paradigma de la ruina, hombre. Debes repensar esto que dices, hablas en contra de las leyes, de la moral –hizo una leve pausa y miró a David, que seguía asintiendo -No tienes razón de ser, estás completamente perdido, hombre.


-Bue... un momento –interrumpió Manuel-. Vayamos al grano. ¿Estoy despedido?


-Sí, por supuesto. Estás despedido- dijo Martínez, inflando su pecho.


-¡Extraordinario! –dijo Manuel acompañando lo dicho con tres aplausos y una mueca que torcía los lados de su boca hacia abajo. -Bien, Martínez… nos vemos entonces, en el velorio del que caiga primero. Espero no encontrarte en algún otro lugar, porque sos un tipo tan básico que no vale la pena cruzarte antes. Estás muerto en vida. Que te vaya bien en tu trabajo, o en tu vida... debe ser casi lo mismo. ¿No te parece? Y no respondas. De todos modos, tu pensamiento no me interesa.


Manuel tomó su maletín y lo apoyó sobre el escritorio. Se puso el saco, que reposaba sobre el respaldo de la silla. Abrió el cajón del escritorio. Sacó el vodka y le dio unos sorbos, mirando de reojo a los buitres expectantes. Tapó la botella, la guardó en un bolsillo del saco y sin decir nada salió de la oficina, fingiendo una sonrisa tan amplia como le era posible.


Caminó apaciblemente por un largo pasillo que conducía a la salida. A la mitad del trayecto le surgió un curioso pensamiento que lo acompañó durante algunos metros. Se preguntó qué ocurriría en el futuro, qué haría y cómo sobreviviría ahora que no tendría un sueldo. Ese pilón de papeles con números que tanto agradan al ser humano en general. Pero esa preocupación se fue diluyendo mientras se acercaba a la puerta. Giró el picaporte y abrió. Manuel observó la calle resplandeciente por efecto del sol y se convenció de que allí afuera había un hermoso día esperándolo, no le importaría en absoluto lo que iba a ser de él en el futuro. Sin más compañía que su vodka y una extraña libertad adquirida, salió sin rumbo, a encontrarse con el verdadero mundo, el que está ahí afuera, donde reina la incertidumbre y el dulce caos de la espontaneidad.

viernes, 30 de abril de 2010

Anhelo

Aletargado en mi catre, espero la llegada de algo inesperado. A veces, me parece ver una sombra, quizás dos o más sombras, que se deslizan repentinamente sobre una tenue claridad. Las imagino mías, alcanzables. No obstante se pierden; las busco enfáticamente y no las encuentro. Termino dudando si fueron una efímera ilusión o si realmente estuvieron allí. Pese a ello permanezco impasible, inerte entre estas cuatro paredes, aguardando la materialización de esa sublime energía que flota en la oscuridad -acaso una totalidad inverosímil. Y, como es de suponerse, mientras observo el techo y construyo mentalmente un futuro, esa incertidumbre suprema continúa siendo el inalcanzable objeto de mi espera.

jueves, 15 de abril de 2010

La noche de los gatos coloridos

El gato verde disimulaba su silueta entre los lúgubres tejados. El ambiente se definía como una tormentosa noche invernal. Maullidos lejanos sacudían la paz nocturna; tal vez los celos, los machos y las hembras, la disputa de siempre.

En la calle un auto pasaba sin reparos como si su objetivo último fuese nada más que pasar; alumbraba débilmente los muros, la calle, la nada. En cambio las nubes negras, estáticas en lo alto, hacían exactamente todo lo contrario y desde sus contornos amarronados expulsaban lóbregas sensaciones de desolación.

Alguna paloma cansada del predominio felino retrucó desde el aire; pero ninguno se percató de ella. Los planes no la incluían, quizá no incluían a nadie. En noches como esas, la exclusión está lejos de ser lo peor que pueda a uno pasarle.
Por su parte el viento, fresco y húmedo, se paseaba cabizbajo, como queriendo infundir lástima porque nadie daba cuenta de su existencia. A nadie le importaba su derrotero, todo el mundo buscaba lo suyo. Las noches no son para cualquiera, viejo. Es así, no hay vuelta que darle.

Las horas transcurrían tranquilas. Pero luego... luego aparecieron más gatos. De colores fosforescentes, rojos, verdes y amarillos, que intentaban esconderse detrás del oxígeno invisible. Una multitud de bigotes y pelos con patas y ojos brillantes acudió al encuentro inexistente y la atmósfera se tornó turbia e inconexa. Ellos asediaban. No sé hacia qué frentes, pero latían, amenazantes y coloridos.

Como era de esperarse, esa aglomeración estalló sigilosamente en una expansión aérea, multicolor y deforme que no puedo describir con precisión. La mancha ganaba el espacio y se acercaba hacia mí, implacable. Un incierto terror se apoderó de mi organismo entero, mi respiración se agitó al ritmo de un intenso palpitar cardíaco. Continuó el avance mientras yo retrocedía, hasta llegar al borde del abismo. No tenía más alternativas que saltar o ser devorado por algún que otro color brillante.
Sin embargo, abruptamente aquella extraña gama de colores se detuvo y todo, absolutamente todo quedó inmóvil y hermoso, como en un cuadro de Monet. Y yo, hecho humo, levantaba vuelo y me perdía en las alturas, saliendo de la chimenea del vecino como un Papá Noel pero al revés, esfumando ese colorido enjambre animal en frondosos y verdes pinos de navidad, iluminados y prácticamente inofensivos.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El asalto

Era de noche y lloviznaba. El abogado Félix Santana ingresó el auto en la cochera de su casa. Tenía un Peugeot 206 gris, que había comprado hacía cinco meses. Al descender, caminó tres pasos hasta el portón de madera, volvió la vista hacia el auto para asegurarse de que no olvidaba nada y procedió a cerrar. Mientras desplazaba aquella puerta corrediza le pareció escuchar un ruido y pensó que podían ser pasos. De todos modos continuó su tarea, atento, pero sin darle mayor importancia al supuesto peatón. No imaginaba que ese sonido era el indicio que pudo haber evitado lo que acontecería.
Santana estaba terminando de cerrar, cuando el portón se trabó; sólo faltaban unos pocos centímetros. “Se debe haber juntado mugre”, pensó. Entonces caminó agachado, buscando el lugar donde se originó el bloqueo. Pero, en lugar de encontrar un cúmulo de suciedad, vio un pie sobre la vereda, y luego el otro, y después escuchó el susurro: “No te muevas porque te mato”.
Una figura sombría asomó su cabeza encapuchada al interior. Ingresó, y se quitó la capucha con la mano izquierda, mientras que en la derecha sostenía un revólver. Arrimó el portón y observó desde arriba al abogado, que aún permanecía agachado.
“Levantate- pronunció el extraño- y no me mires”. Santana se levantó lentamente y espió con disimulo, sólo por curiosidad. “¡Ahora caminá!” Entonces Santana avanzó hacia el fondo del garaje, lamentándose por no haber definido los rasgos del intruso. Sentía la boca de la pistola apoyada en su espalda y una mano en el hombro. El abogado abrió la puerta e ingresaron a un pasillo angosto, de unos tres metros de largo, que conducía a la cocina. Había una abertura en la pared de la izquierda, que daba al lavadero; ellos continuaron hasta la otra puerta. “¿Hay alguien más en la casa?”, escuchó Santana. “No”, respondió. “¿Vivís solo?”. “Sí, vivo solo”, mintió. “Bueno, caminá despacio. No intentes hacer nada raro, y no te va a pasar nada. Solamente quiero la guita, flaco.”
Abrieron la puerta y entraron. Santana encendió la luz y vio que la cocina estaba impecable. No había cubiertos sucios ni olor a comida. Una mesada de mármol resplandecía ante el brillo de la lámpara, las cuatro sillas estaban arrimadas bajo la mesa cuadrada, algunas copas colgaban de la prolongación que surgía de un delicado mueble; todo estaba en su sitio. “Qué suerte que lavaron todo- pensaba Santana-, sino este hijo de puta se iba a dar cuenta... Aunque si ve la mesa larga en el comedor se puede avivar”. Entonces recordó los portarretratos: "¡Qué boludo que soy! No me queda otra que llevarlo al sótano".
“Bueno flaco, dale, ¿dónde tenés los billetes?”; hubo un silencio, Santana reflexionaba. “¡Dale loco, hablá porque te meto una bala en la cabeza y reviso todo sin vos! Me importa un carajo...” “Pará un poco, che. Sí, sí, ahí te llevo; tranquilizate. La plata está guardada en el sótano. Vení, es por acá”, dijo. Entonces el extraño empujó a Santana que, al tropezar, se aferró al picaporte de una puerta y evitó la caída. Luego tomó un manojo de llaves que había a su lado, sobre una repisa, y abrió esa misma puerta, que los sumió en el patio.
Afuera una tenue lámpara iluminaba el lugar; se podía ver el césped en un tono oscuro y verdoso, rociado por el agua de la lluvia. Un camino de baldosas naranjas llevaba hasta el fondo, donde había un quincho que se extendía de un extremo al otro. Dos enormes ventanales estaban cubiertos por persianas de madera y en el medio se hallaba una puerta doble, también de madera, con vidrios separados en cuadros. Se encaminaron hacia allí. Mientras avanzaban, ambos sintieron el olor a tierra mojada mezclado con el aroma de las flores que había a su derecha, sobre el cantero. Más arriba vieron la proyección de sus propias sombras (casi tan humanas como ellos); una detrás de la otra desplazándose por la pared blanca y repitiendo la escena. Entre ambas, Santana vio la sombra del arma y se estremeció.
“Al sótano se baja por el quincho, hay una escalera ahí”, susurró el abogado parándose frente a la puerta. “Bueno, caminá”, ordenó el otro. Santana introdujo la llave en la cerradura, giró e ingresó, moviéndose en la oscuridad. El extraño rápidamente encendió la luz; seguía de cerca al dueño de casa y miraba en derredor buscando algún objeto valioso que también pudiera llevarse. Había una parrilla en un rincón a la derecha y una mesa en el centro; un televisor contra la pared, algunos adornos, cuadros, vinos y otras botellas, pero nada de eso parecía interesarle demasiado.
Santana caminó hacia la izquierda, el otro hizo lo mismo. Descendieron por una escalera caracol, negra, tal vez de hierro y algo descuidada. Todo estaba oscuro abajo, hasta que Santana encendió la luz. El cuarto se iluminó y surgieron de la penumbra numerosas geometrías abandonadas; muebles en desuso, maderas, algún electrodoméstico viejo, montones de tierra en el piso y sobre los objetos, además de enormes telarañas ocupando los rincones. Un potente olor a humedad y a polvo ingresó por las fosas nasales del abogado. “¡Cuánto hace que no se limpia esto!”, pensó; luego se dijo que era ridículo tener esa ocurrencia bajo las circunstancias que lo afectaban.
Los objetos estaban apilados contra las paredes. En el medio de la habitación se formaba un pasillo que llevaba a un mueble con varios cajones y puertas; Santana caminó hacia allí y sus pasos hicieron crujir el piso de madera. “¡Eu! ¿Adónde vas? Quedate quieto loco”, ordenó el extraño; “antes de hacer algo, decime dónde está la guita”. “Ahí”, dijo el abogado mientras señalaba el mueble en el fondo del pasillo con un dedo índice que temblaba, al igual que la mano y el brazo; “en uno de los cajones”. “Bien. Ahora decime en cuál está y yo me encargo de juntarlo; vos quedate quietito flaco”. “Está en el tercero de la izquierda, contando de arriba hacia abajo”, indicó Santana. “¿Estás seguro?”, preguntó el otro. “Sí”.
El extraño miró a Santana, que estaba parado en el centro del cuarto con la cabeza bajo la lámpara. En cambio él permanecía sobre el último escalón, estudiando cómo proceder; desconfiaba de las indicaciones del abogado y se dijo que si descubría una mentira lo mataría. Avanzó cauteloso y al pasar por al lado de Santana le dijo al oído: “Ojo con lo que hacés, porque te quemo. ¿Entendés? Quedate tranquilo, y no te movés para nada”. Luego le mostró el arma, la apoyó en la cara de Santana (que permaneció inmóvil, aterrado) y elevando el tono de voz soltó un “bang”, mientras sonreía cínicamente y separaba la pistola del rostro, apuntándola momentáneamente hacia arriba. Entonces Santana pudo ver las facciones del ladrón; pero ya no le importaba demasiado descubrir su cabello corto, negro y enrulado, la nariz recta, la boca ancha y la barba de algunos días; todo eso le era indiferente.
El extraño caminó sin quitarle los ojos de encima al abogado, en actitud de amenaza constante. Al llegar al mueble vio los doce cajones que había debajo de las puertas, ubicó la fila de la izquierda y luego el cajón indicado. Volvió a mirar a Santana y, sin dejar de apuntarlo, procedió a abrir con la otra mano. Desplazó el cajón hacia afuera y observó los fajos de billetes que ocupaban todo el compartimiento. Dejó salir una risa, como si hubiera encontrado más dinero de lo que esperaba, y un inoportuno eco sostuvo la carcajada en el aire unos instantes. El extraño miró nuevamente a Santana y, con una sonrisa de un solo lado, le dijo en voz baja: “hijo de puta... vos sí que la vivís bien, ¿eh?”. El abogado continuaba inmóvil, silencioso, pensativo; y no dijo nada. Vio cómo el ladrón sacaba del bolsillo de la campera una bolsa de tela y comenzaba a introducir en ella el dinero. Santana contemplaba, estático, cómo el extraño juntaba ese montón de papeles que era su dinero, suyo y no del cajón, ni tampoco del extraño, ni de nadie más; era su dinero. “Cajón, chorro, dinero; cajón, chorro, mi dinero y el arma...”, pensaba.
El extraño seguía trabajando en el cargamento de su bolsa, y Santana lo estudiaba. “¡Hijo de puta!”, se dijo, modificando la expresión estupefacta de su semblante, “¿querés llevarte todo? Bueno, algo de acá te vas a llevar seguro”. Sus ojos fulguraban en la lobreguez del sótano, la mandíbula apretaba con firmeza y el ritmo respiratorio disminuyó notablemente. Una mueca desfigurada, perversa, transformaba su rostro y se apoderaba de su ser; como si acabara de tomar una determinación terrible, inconcebible en él.
Sigilosamente, en puntas de pie, evitando hacer el mínimo ruido, el abogado se desplazó hacia el costado izquierdo del cuarto. Se detuvo frente a un lavarropas y abrió la tapa con el máximo cuidado. Observó que el extraño continuaba juntando los billetes, entonces introdujo la mano, tanteando suavemente el interior. “Hijo de puta...”, repetía en su conciencia.
La oportunidad que se le presentaba, sin dudas alteró a Santana, y ahora su pulso se aceleraba a una velocidad inconcebible, sentía que el corazón se escapaba por su garganta, estaba completamente fuera de sí; y al intentar sacar la mano del hueco, desesperado, hizo un ruido que llamó la atención del otro. Al extraño le pareció el golpe de algo duro contra un metal, como un gong, pero suave y más breve; o como algo distinto a un gong, parecido, no importaba tanto.
En cuclillas, el extraño giró bruscamente su cuello y no vio a Santana en el centro del sótano. Se levantó de un salto y encontró al abogado saliendo del lavarropas, con una pistola en la mano. La resolución fue extremadamente veloz, todo transcurrió en menos de un segundo, y se escuchó un estruendo que retumbó en todo el vecindario.

- - -
La esposa de Santana despertó sobresaltada al escuchar la explosión, y se asustó al no encontrar a su marido en la cama. Inmediatamente se calzó unas pantuflas y fue a la habitación contigua, donde dormían sus dos hijas. “Mami, ¿qué pasó?”, dijeron las niñas a dúo, entredormidas, desde la oscuridad. “Nada; creo que hubo un choque en la calle”, se le ocurrió a Sofía, “sigan durmiendo que no pasó nada”. Cerró la puerta y bajó las escaleras corriendo. Sabía que Félix Santana tenía el arma en el sótano y se dirigió hacia allí.
Los latidos de su corazón punzaban su cerebro más y más fuerte a medida que avanzaba. Sentía miedo, mucho miedo, como si estuviera viviendo una pesadilla. Atravesó el comedor rápidamente; en la cocina observó la puerta del patio entreabierta y la ausencia de las llaves en la repisa. Salió al patio y allí vio la luz del quincho encendida. Cruzó junto a su sombra por el camino de baldosas y la pared blanca, y entró al quincho. Divisó las partículas luminosas que subían desde el sótano; entonces se detuvo. Intentó una respiración profunda, pero no pudo. Su garganta se contraía como una boa constrictora, impidiendo la inhalación de aire. Tampoco podía pensar; hasta allí había llegado en un estado de inconciencia, y los procedimientos posteriores también serían guiados por su desesperación.
Con una mano apoyada en el pecho, intentando contener (o recuperar) la respiración, Sofía caminó lentamente hacia la escalera. “¡Félix!”, gritó. “¿Estás bien?”. Su voz retumbó ahí abajo, pero no hubo respuesta. Unas lágrimas de pánico escaparon de sus ojos y cayeron al suelo; la idea de que allí había un suicidio recorrió falazmente su imaginación, pero no quiso creerla. Estaba aterrada; todos sus músculos se endurecían y su raciocinio continuaba bloqueado. Surgió brevemente la idea de llamar a la policía, pero no pudo mantener la reflexión; la venció un impulso comandado por el pánico. Entonces se precipitó hacia las escaleras y descendió.
El cuadro que encontró allí la impactó horrorosamente. Desde la mitad de la escalera vio a su esposo, tendido en el suelo boca arriba, con un agujero en la frente, el revólver en su mano derecha y un charco de sangre alrededor. Permaneció rígida un momento, con las dos manos sobre el pecho, temblando, y lanzó un grito ahogado que se prolongó en sollozos, mientras reanudaba su carrera hacia el sótano.
Recién allí, Sofía pudo comprender. Descubrió (mientras caía de rodillas junto al cuerpo de su esposo) que el estruendo no fue producto de un solo disparo, sino que fueron dos tiros simultáneos, que sonaron al unísono y fueron igualmente certeros. Porque la mujer encontró, al lado del cajón abierto donde guardaban el dinero, a un desconocido sentado en el piso con la espalda apoyada contra el mueble; una abultada bolsa con algunos billetes asomados, y una pistola desposeída a pocos centímetros de la mano asesina. Pero también vio, con absoluto espanto, el par de ojos abiertos mirándola fijamente desde la muerte, surcados por un espeso manantial de sangre bordó.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Un inmortal

Cuentan que desde los remotos días del emperador Cesar, de Roma, hay un hombre que continúa con vida. Sí, se dice de él que es inmortal. Ahora bien, quienes lo han visto presentan enormes diferencias en sus testimonios.

La mayoría coincide en que habita regiones de Oriente Medio. Aseguran haberlo visto en Afganistán, en Turkmenistán, en Irak, en Turquía y, un poco más lejos, en Nepal e India (entre otros). Sin embargo, las descripciones que hacen de su aspecto físico son tan variadas como personas cuentan su historia. Por ello, los escépticos dudan de la existencia del mismo, y algunos fanáticos dicen que son muchos los inmortales que habitan el mundo y que cualquiera puede llegar a serlo.

Algunos describen al inmortal como un joven voluptuoso, de cabellos largos y ondulados, que combate en las guerras de la región, buscando su ideal de justicia. Otros afirman que es un anciano pelado, de barba blanca y extensa, que se conserva bastante bien pese a superar los dos mil años de edad, y sería un sabio que aconseja a los jóvenes sobre las verdades y objetivos de la vida. Otro grupo dice que es un pastor que envejece y rejuvenece en ciclos de cien años, reiterados desde su nacimiento, por lo tanto casi nadie puede percatarse de ello.

Finalmente, los más descabellados dicen que el cuerpo humano no está preparado para habitar la Tierra durante un período de tiempo semejante, pero afirman que es su alma la que circula libremente por el mundo entero y que, perdurar en ese estado, es la única inmortalidad posible. También agregan que el milenario espíritu sufre de ciertos extravíos mentales, y que con frecuencia se introduce en humanidades ajenas para realizar actos estúpidos u obscenos.

El nombre del inmortal bien podría ser Alameth o Hamlet, o quizás Carlos. El último grupo, además, recomienda tomar precauciones para evitar ser víctima de algún acto vinculado a aquel extraño sujeto.
Entre sus advertencias, principalmente proponen usar siempre el cinturón de seguridad en los vehículos, pues el fantasma suele girar bruscamente el volante y desaparecer para que el conductor se las arregle como pueda; también sugieren no detenerse a observar desgracias ajenas, porque aparece repentinamente para reírse sin ningún tipo de escrúpulo y, en ocasiones, escupe insultos en varios idiomas al desgraciado; por último, imploran caminar con las manos en los bolsillos, ya que el impúdico espectro suele levantar las polleras de las bellas jóvenes que circundan, abandonando el cuerpo justo al momento de la cachetada.

martes, 26 de enero de 2010

Contemplación

He pasado tardes y noches enteras contemplándola. Los dos inmóviles; ella altiva y yo embelesado. Su belleza proyectaba un resplandor agradable a través del ambiente y así alegraba mis días. La luz de su rostro era para mí lo más lindo que podía existir, un goce sin igual en el fondo de mi espíritu. Era divertida, espontánea; muchas veces me sorprendía con sus ocurrencias, con sus cambios de tema, con su ingenio. De pronto me producía carcajadas imposibles de detener o, en momentos delicados, algún que otro llanto emotivo. Nunca hubiese imaginado que el final sería tan trágico.

Siempre estuve predispuesto enteramente a nuestra relación, ya que en ella obtenía las sensaciones que no conseguía en otros aspectos de la vida. Es más, casi me había negado por completo a esos otros aspectos de la vida. Compartíamos nuestras respectivas soledades y vivíamos en un estado de felicidad aparente, que era algo superficial y aislada de todo. Aunque, se me ocurre, no debe haber definición más sensata que esa para el concepto de felicidad: sentirse realizado a partir de algo que concentra nuestra energía, motivando a olvidar el resto. Luego, sí, concluyo que fui feliz.

En lo referente a cuestiones estéticas, debo confesar que ella no pertenecía al grupo de la última moda; sin embargo me había acostumbrado a mirarla de otra manera, con una visión que creía más inteligente. Aprendí a valorar la esencia interior o, mejor dicho, me excedí en la perdición de sus encantos y embrollos internos.

Era casi perfecta; pero tan distinta a mí, y manipuladora. Ahora creo que esa era la clave de la relación, lo que adhería mi existencia a la suya incondicionalmente. Su acoso constante y sus mentiras piadosas (o atroces) me retenían como a un estúpido. No cabía en mí la posibilidad de vivir de otra manera. Ella organizaba mis actos, estructuraba mis ideas, para mí el mundo existía a través de sus pensamientos; ella lo era todo.

Pero un día, un fatídico día, me harté. Sentí que estaba consumiendo mi vida. Sin darme cuenta había caído en una trampa, en una especie de hipnosis que, al percatarme, me resultó terrorífica. Creí rozar la locura.

Ese día desperté en el sillón, me había quedado dormido mientras la miraba. Ella estaba allí, como siempre, resplandeciente y provocadora. No obstante la sentí distante y mi cabeza comenzó a producir imágenes extrañas, premoniciones de mi vejez. Me ví sentado en el sillón, el mismo sillón en el que estaba entonces, frente a ella, también vieja. Y me horrorizó el hecho de saberme así. Fui víctima de un espanto repentino al tomar consciecia del paso del tiempo, del deterioro, de la pasividad de mi vida y la monotonía que me gobernaba.

Me levanté de un salto. Quedé de pie frente a ella, que en ese momento parpadeaba intentando confundirme (aunque creo que en el fondo sabía que lo nuestro había acabado). Le negué la mirada, y un sonido fuerte, espantoso, me reprochó la actitud. Volví la vista con odio. No me ordenaría qué hacer con mi vida. Me retiré al comedor y sentí sus gritos de protesta, algún que otro llanto novelesco, nada menos fingido que eso. “¿Qué estoy haciendo aquí?”, me pregunté, sin comprender mi presente ni mi pasado, repudiándola profundamente.

Y grité. Grité para desahogarme, para abrir el candado que apretaba mi pecho, para liberar mi mente de aquel conjuro posesivo. Decidido respecto de lo que haría, caminé hasta su maldito lugar en el mundo. Ella estaba inmóvil, en la misma actitud de siempre, insoportable y egocéntrica, pero también seductora y bella.
Sin embargo, en aquel momento, no dudé un instante sobre mis actos. Rápidamente me enfrenté a su arrogancia, la recogí por la parte media de su cuerpo y la cargué sobre mi hombro derecho. Al principio opuso una leve resistencia, pero los lazos que la retenían se soltaron y se rindió al instante, quedando rígida e inmóvil, entregada a mi furia. Una fuerza sobrehumana, física y psíquica, se había apoderado de mí. Pateé un par de sillas que obstaculizaban el camino y avancé como un tren infernal en dirección a la ventana. Por allí se filtraba una luz celestial, cálida, mucho más atractiva entonces que las partículas multicolores, frías y voraginosas que mi amada me había mostrado siempre. Y por allí mismo la arrojé, sin pensarlo dos veces, desde el sexto piso hacia el fin de su destino; destino que yo acababa de elegir para ella.

La vi caer, sólo un par de segundos. Luego retrocedí horrorizado. “¿Qué había hecho?”, pensé, y no terminaba de entenderlo. Creo que el pasado estaba librando su última batalla en mi cerebro, era su resistencia. Allí apostaba todo lo que tenía para dominarme nuevamente o ser destruído de una vez y para siempre. Algo pujaba en mi estómago y sacudía mi corazón. Admito que sentí cierto remordimiento, quizás algo de pena, o de miedo. Tantas cosas quedaban atrás en ese acto, pero tantas otras impredecibles vendrían. ¿Era pena o miedo? Quizás el futuro... No sé, no importa; el paso adelante estaba dado.

El modo violento puede que haya sido desmedido, es lo más cuestionable. Pero de todos modos creo que no fui yo, fue algo que se filtró en mi alma en aquel momento, liberando mis sentimientos oprimidos. ¿Habré sido yo? ¿Qué es lo que soy?
Reconozco que fue una decisión muy difícil; digo, despojarme de ella. Aunque tenía que hacerlo tarde o temprano. Mi vida se hundía en un pozo de lodo, angosto y profundo, y cualquier esfuerzo que hacía por acercarme a sus márgenes sólo me llevaba más abajo. Era la única manera de salvarme, con una acción rápida y directa.

Luego me sentí encerrado en las alturas de aquel departamento pequeño, en aquella cárcel que tanto tiempo me había robado. Tomé la campera que encontré en el respaldo de una silla, abrí la puerta y corrí escaleras abajo. Cuando gané la calle, observé con desprecio a la breve muchedumbre que se había congregado sobre la vereda; los unía más el asombro y la curiosidad que el espanto. Hacían comentarios y miraban hacia arriba. Algunos señalaban de manera imprecisa la ventana de la que había caído la víctima; fieles a esa curiosa necesidad del ser humano de rellenar un hecho simple con infinidad de datos banales e improbables (¡qué importaba la ventana de la cual había caído! Había caído, y punto). También pude ver desparramados pequeños restos de su cuerpo, que expresaban la corrupción producida por el impacto. Inventé una mirada impune, superior. Quise sonreír con ironía, gozar de mi liberación. Pero súbitamente la cobardía y el remordimiento se apoderaron de mí, y ya no quise verla más.

Entonces giré y corrí sin rumbo, tratando de olvidar. Lo curioso es que mientras huía, el viento me golpeaba la cara como si ella, desde alguna especie de `Más allá´, todavía estuviese reprochándome las actitudes mediante señales aéreas, como ocurrió siempre en nuestra relación. Todo, absolutamente, fue a través del aire. En un intercambio de miradas, atravesando el aire que nos distanciaba, nos conocimos; así nos relacionamos y nos quisimos (o, al menos, yo la quise); y arrojándola por los aires le puse fin a la historia. Ahora sólo queda mi recuerdo triste, lejano y fugaz de aquel tiempo. Y el recuerdo no es más que una porción de aire, o de humo, en el presente, y lo rememoro turbio y nauseabundo.

miércoles, 6 de enero de 2010

De consumismo y padres ausentes

Esta nota, que hoy escribo por una necesidad y que permanecerá oculta por tiempo indefinido, algún día saldrá a la luz y servirá tanto para justificar mis actos como para aclarar algunos puntos oscuros de nuestra historia familiar (si es que a alguien le importa).

Yo nunca fui consumista. Tampoco digo haber sido comunista, que se escribe parecido pero sería casi lo contrario. Admito que tuve cámaras digitales, televisores enormes con pantalla plana, un par de notebooks y un auto cero kilómetro reformado a mi antojo (lo que se dice ‘tuneado’ en la jerga de los jóvenes). Fui poseedor de tres hermosas motos y dos cuatriciclos, siempre usé ropa de las marcas más reconocidas a nivel mundial, y no sigo para evitar el fastidioso y extenso trabajo de mencionar todos mis bienes del pasado. Al fin y al cabo, elementos fundamentales para la vida de cualquier persona.

Una amarga nostalgia me obliga a mencionar mis preferidos. Amaba la Play Station, una avioneta a control remoto y el pescado que canta. Sí, ese que se publicitaba por televisión. Aunque el bicho era bastante estúpido, reconozco que me divirtió mucho durante la infancia.
¡Ay, mi infancia!

Sin embargo, lo reitero: no soy consumista. ¡No lo soy! Un hecho fundamental me permite afirmar lo que digo. Eso es el destino.
El destino me hizo nacer en una familia -si es que puedo llamarla así- muy adinerada. ¡DE-MA-SIA-DO ADINERADA!
Mis padres, tan capitalistas, me obsequiaban todo sin que tuviera que pedirles nada. Y digo ‘capitalistas’, pero quizá el término suene demasiado frío. Si constantemente me hacían regalos era porque me querían y deseaban lo mejor para mí. ¿O, acaso, alguien se atrevería a negar eso? ¿Cuántos padres son capaces de dar tanto a sus hijos? Imaginen lo afortunado que fui.

Mis amados padres se sacrificaron mucho para brindarme su afecto. Se la pasaban viajando por cuestiones de negocios, pero siempre que regresaban me traían algún recuerdo de aquellos extravagantes sitios. Una vez me dieron un cráneo pequeño, producto de una tribu de reducidores de cabeza que habitaba no sé qué país de África Central. Otra vez, me trajeron un pedazo del Muro de Berlín. De su paso por Egipto, conservo un colorido ataúd con faraón incluido y, en otra ocasión, recibí un elefante asiático para tener como mascota y jugar en el patio.

Y Tito, el elefante, fue por lejos el regalo más hermoso, muy por encima de todo lo enumerado anteriormente. Significó mucho más que eso: fue el mejor amigo -si no el único- que tuve. Juntos vivimos muchas tardes alegres, de aventuras imaginarias y alguna que otra real. Como aquella vez que robamos el limonero del vecino.
Recuerdo que, con su trompa, Tito me levantó sobre el tapial que separaba los patios. Conmigo llevaba un hacha y con mucha dificultad logré hacer unos tajos al árbol. Cuando lo debilité lo suficiente, mi querido amigo lo terminó de quebrar con su trompa y lo pasó conmigo y todo para el otro lado. Así nos adueñamos de los limones, que usamos luego como proyectiles para romper los vidrios del vecindario. ¡Fue toda una acción de guerra, con una excelente ejecución! ¡Y debieron haber visto con qué puntería tirábamos a las ventanas!

Es cierto que pasé momentos divertidos en mi infancia, pero no sé si llamarla feliz. Mientras mis padres se ausentaban yo vivía con la mucama y el cocinero. Me atendían muy bien, eran buenas personas, muy amables. Además podía entretenerme con los montones de juguetes y adornos exóticos que a cada instante me recordaban el lejano amor de mis padres.

Así me fui acostumbrando a la vida sin ellos. Los veía cuarenta o cincuenta días al año. Cuando estaban en casa, su presencia me resultaba extraña. No sabía qué hacer, ni qué decir. Pero a su modo, ellos me querían y yo a ellos. Éramos una familia normal, con un hogar hermoso, y disfrutábamos cada instante juntos. Curiosamente he olvidado las vivencias que tuve junto a mi padre. Pese a que él las relata cada vez que nos vemos, mi memoria no es capaz de evocarlas. No recuerdo siquiera una de sus historias y, aún hoy, llego incluso a desconfiar de que sean ciertas.

En fin, esa ha sido mi vida, mi infancia. Y repito: no soy consumista. Si no alcanzó con lo antes expuesto, quedará demostrado en breve. No dudo que sabrán comprender las razones de por qué fui como fui y por qué soy lo que soy. Estoy convencido de que mis argumentos son válidos.

Ahora soy adulto y me independicé. Estoy alejado de esas cuestiones familiares. Vivo solo en un departamento, lejos de mis padres, de sus viajes, de sus negocios, de todo. He dedicado mucho tiempo a la lectura, buscando cultivar mi mente y mi alma. Sigo fiel a un enorme deseo de no trabajar y resulta difícil arreglárselas de ese modo. Mi rebeldía contra aquel pasado impide que mis padres me ayuden económicamente. Me desligué por completo de ellos. Pero en este momento estoy ejecutando un brillante plan para garantizarme un futuro acorde a mis expectativas.

Durante los últimos meses estuve amaestrando a Tito, que aún vive en casa de mis padres porque en mi departamento... el ascensor... en fin. Aproveché sus largos períodos de ausencia para enseñarle El arte de comer personas, a partir de un libro de Antropología Caníbal que me regalaron hace mucho (y que ya tuve la precaución de quemar). Mis padres están por llegar de su último vuelo procedente de Roma y la bestia está preparada. ¿Qué regalo traerán esta vez? ¿Será un Papa embalsamado? De todas formas no importa. En unos instantes ingresarán en su mansión y terminará todo. Mi elefante los devorará, no quedará ni un rastro de sus cuerpos y el único heredero de su fortuna soy yo.

Todo está bien planificado, parecerá un accidente. ¿Quién podría culparme? ¿Cómo puedo ser responsable del hambre de un elefante que ni siquiera vive conmigo? Imagino a Tito abriendo su boca mientras mis padres abren la puerta e ingresan al oscuro pasillo donde, quizá demasiado tarde, descubrirán que se trata de la gigantesca garganta de mi mascota.
Me pregunto a quién se comerá primero. Sólo por regocijo, en realidad es lo mismo. Son dos pájaros de la misma especie y serán ejecutados de un sólo bocado. También yo lo estoy saboreando. ¡Qué dulce es el sabor de la venganza!
Imbéciles. Van a perderlo todo.
Corrijo. Lo perdieron hace tiempo.