viernes, 26 de noviembre de 2010

En tiempos de cambio

Una mañana mientras volaba, noté que al alcance de mi mano había una enorme pila de papeles atados con una cinta roja. En la primera hoja resaltaba a modo de título, en letras grandes y azules: “La Divina Revelación”. El hallazgo llamó mi atención y, más por curiosidad que por interés, abrí una hoja al azar y dediqué un momento a leer lo que el manuscrito decía.

“Había confusión en el cielo. Todos los ángeles se congregaron sobre las nubes más blancas ante la repentina situación que los aquejaba. Predominaban los rostros desconcertados, las caminatas paranoicas, gotas de sudor rodando por los rostros. Las opiniones iban y venían sin llegar a conclusiones efectivas, incluso algunos temblaban de miedo ante la posibilidad de que los rumores estuvieran en lo cierto; se decía que Dios se había vuelto loco.
Los ángeles reflexionaban al respecto y se sentían perdidos. Unos pocos resaltaban el valor de la fe, esperanzados en que el amo y señor del universo no los defraudaría. Sin embargo, cada tanto una estruendosa carcajada bajaba como un trueno desde las nubes más elevadas; una mezcla de lágrimas y escupitajos de alegría caía sobre sus cabezas como si estuviera lloviendo, y así las ilusiones de los ángeles se diluían al igual que el hielo en sus vasos de whisky. Ante la desesperación, la gran mayoría se inició en la bebida alcohólica como método de fuga.
Mientras tanto Dios se retorcía de risa, absolutamente abstraído de las preocupaciones existentes a unas pocas nubes de distancia. Estaba sumergido en la lectura de diversos libros humanos. En pocas horas había leído tomos de filosofía, biología, química, y seguía con un libro de Física General que tomó prestado (sin avisar) del mercado pirata del Diablo. ¡Pero qué divertido parecía estar Dios leyendo las leyes con que los humanos explicaban el universo! ¡Y qué incomprensibles parecían las actitudes de los ángeles!
-Dios nunca ha sido así –comentaban-, Él siempre ha mantenido la compostura, tiene un carácter fuerte, constante y acorde a la excelencia de los rigurosos parámetros celestiales de seriedad y respeto.
-Pero, ¿cómo puede ser? ¿Qué ha pasado? -se preguntaban otros.
Los más curiosos intentaban escuchar si Dios hablaba, o trataban de espiar entre los diminutos poros de unas consistentes nubes que obstaculizaban su visión. No sabían que Dios estaba leyendo, sólo escuchaban su risa. No obstante, todos habían notado algunos sucesos extraños que acontecieron en las últimas horas. Algunos arcángeles en pleno vuelo, sufrían súbitamente la coerción de una fuerza que los arrastraba hacia abajo y los obligaba a multiplicar su gasto energético. Luego, de repente, esa fuerza desaparecía y salían impulsados a gran velocidad, o quedaban flotando en un inútil revoleo de extremidades como nadadores fuera del agua.
La vida en el cielo se tornó sumamente compleja, ya nada era fácil para nadie. La parsimonia que regía los días se había convertido en un caos para las criaturas celestiales, y el futuro era sinónimo de incertidumbre. Incluso Satanás había telegrafiado desde los confines del infierno, comentando que su reino se había vuelto incontrolable y que sus esclavos eternos ahora no hacían caso de sus órdenes. “En cambio –decía- andan dando vueltas por el aire como montones de burbujas o mariposas”; luego agregó: “no hay nada que me desagrade más”.

¡Era estupendo que alguien sugiriese semejante teoría! Leí algunas páginas más que profundizaban sobre lo mismo, e interrumpí la lectura para dormir una siesta. Al despertar ojeé unos párrafos en los cuales descubrí que dicho manuscrito pertenecía a un clérigo italiano llamado Salvatore Mesta. Anunciaba su testimonio como “la revelación” que tuvo durante la visita de un ángel anónimo. Según comenta, se encontraba disfrutando de un baño de inmersión cuando el querubín ingresó a su iglesia. La criatura alada bajó de los cielos especialmente para anticiparle lo que ocurriría en el mundo; le pidió que no desplazara la cortina porque prefería reservar su identidad (aunque sospecho que el ángel hubiese querido salvar sus ojos de la paupérrima desnudez del clérigo). Entonces le expresó sus preocupaciones, confesando toda la verdad hasta en sus mínimos detalles. Luego Mesta lo plasmaría en el papel, pidiendo disculpas en el prefacio por alguna posible inexactitud mnemónica, pero garantizando el mayor grado de veracidad en las ideas generales. En el final de su relato dice que cuando quiso espiar, el ángel ya había desaparecido.
Solo después de varias semanas de incesante búsqueda, pude acceder a una biografía de Salvatore Mesta, y sus datos me confirmaron que el sacerdote tenía cierto vicio literario.
Sin embargo, su manuscrito fue incluido en una recopilación de textos bajo el título de “El Tercer Testamento”; editado recientemente por la Iglesia Católica, no sin antes efectuar los retoques correspondientes para adaptar las inevitables imperfecciones de una pluma humana a la rigurosa noción de verdad que Dios les ha legado. El libro fue publicado tres semanas después de que los terrícolas nos encontráramos en un desconcierto absoluto, flotando por los aires in absentia de la acostumbrada seguridad que nos producía mantener los pies sobre la tierra.

El manuscrito de Mesta sostenía que la lectura que Dios hizo de los libros humanos lo “inspiró” para realizar modificaciones estructurales en el universo entero. En cambio, el mismo texto, pero atravesado por el ‘retoque’ que efectuó el Consejo Intelectual del Vaticano, refería que lo ocurrido es una reprenda de Dios hacia la humanidad por los incontables pecados cometidos. Acto seguido, se dedican ochenta y siete páginas a enumerar las “principales ofensas contra Dios y contra la vida” (cosa que tampoco aparece en los manuscritos del clérigo). Asimismo “el ángel anónimo” fue reemplazado por el Espíritu Santo, y se agregaba que las almas de San Pablo y de San Pedro lo habían acompañado hasta la puerta (entre otras sutiles modificaciones).
Más tarde, en un diálogo casual con un ex estudiante de teología, me enteraría que circulaban cientos de copias del relato original de Salvatore Mesta, que habían escapado a una diminuta inquisición improvisada y habían sido leídas por unos cuantos desinteresados de todo. Revisando “El Tercer Testamento”, noté que en el prólogo se descalificaba a esa reproducción, incluida en una larga lista con el título de “Versiones profanas”.
En esos días, también llegó a mis manos un ejemplar del diario ‘Anarquía’ (de pronto abundan los periódicos anarquistas). Leyendo una de sus notas, me enteré que todavía existe una Comunidad Científica, y que ha arriesgado una hipótesis diferente. Ellos fundamentan los cambios en la naturaleza a partir de una disminución en la irradiación de energía solar, debida al enfriamiento del astro. Esto habría causado modificaciones en el centro gravitatorio de la Tierra, lo que generó cierta deformidad en la órbita realizada por el planeta en su trayectoria alrededor del sol; al parecer, ahora realiza movimientos alrededor de la luna. Además, aseguran que una mutación atómica en las moléculas del aire disminuyó la densidad del mismo y aumentó la temperatura en las alturas, concluyendo en que esa es la causa indefectible de que el hombre pueda flotar (o volar con ciertas limitaciones) y vivir en un nuevo hábitat. Pese a la complejidad de sus argumentos, la editorial del diario sugería descreer de todo anuncio científico porque los consideran “prematuros y desesperados”.
Mientras tanto, la realidad social ha cambiado radicalmente y eso es notorio a simple vista. Tal parece que los requerimientos energéticos del cuerpo humano se han reducido a la mera necesidad de respirar. Tanto el acto de comer como el de beber son considerados vicios en el ámbito popular, debido a lo innecesario de su condición (aunque muchos se oponen a ello). La humanidad, ahora recorre los aires en una especie de vuelo multitudinario y, pese a la incertidumbre, son muy pocos los que se preocupan por el devenir.
En las alturas, efectuamos bailes novedosos o curiosas fiestas rituales, en las que nos divertimos observando manadas de elefantes que flotan por allí entrelazando sus trompas, percibiendo los cuerpos de las jirafas mientras sus cabezas desaparecen en la espesura de las nubes, o permanecemos inmóviles durante horas buscando formas de nubes en la superficie terrestre -sin mencionar otros tantos atractivos inclasificables por los géneros preexistentes del entretenimiento.
Frente a estos nuevos hábitos sociales, hay infaltables excepciones que conforman una especie de "resistencia". Numerosos científicos se han equipado con nuevas tecnologías que permiten el acercamiento al suelo, con el firme propósito de estudiar los fenómenos recientes con un mayor grado de objetividad, y así poder clasificarlos y predecirlos. Dentro de este grupo de reaccionarios, también hay antiguas autoridades eclesiásticas, políticas y económicas que observan con horror cómo se esfuman sus anhelos de continuidad histórica e intentan revertir la supuesta desgracia en que cayó la vida. En sus reuniones, se proponen ordenar lo que ellos denominaron “El gran caos”.
No obstante, asegura el diario ‘Anarquía’ que estos grupos “aún no logran articular sus infinitos intereses contrapuestos”, y en el último párrafo manifiestan el ferviente deseo de que sigan así; luego dedican media página a la exposición de unos simpáticos garabatos de colores que se presentan como la vanguardia artística de la nueva época.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Afluente

La sombra del manzano
esconde mi sol.
Estoy sentado en la tierra
desparramado por el calor de noviembre.
En eso, una manzana
cae sobre mi cabeza
y se abolla.
La muy desconsiderada me dolió al chocar.
No la insulté por jodida, todo bien...
El problema es que Newton ya descubrió (o inventó) su teoría.
Así pasa muchas veces.
Son pocos los descubridores exitosos
como Cristóbal Colón,
famoso por descubridor de "América"
que estaba poblada de punta a punta.
El éxito es un valor tan injusto como el dólar.
Es mejor ahuyentarlo
a ver si todavía falsifica el valor de la propia vida.
Ni más ni menos que eso.