Yo no lo tengo. Lo niego, me resisto, pero no lo tengo y es una mierda. Es solo un juego, un miserable juego y, por más que lo piense y lo diga ahora, siempre lo olvido. Lo tomo demasiado en serio y esto no funciona así. Se vuelve una pérdida de tiempo para todo el mundo y yo soy el más perjudicado. Si alguien más pierde, en realidad importa un carajo. Es su derrota. Que se jodan. El mundo está jodido y puede joderse infinitamente y que intente salvarlo quienquiera. Vos, si tenés ganas, podés; pero no cuentes conmigo.
Se trata de un juego y hay que aprender a jugarlo. Para eso hace falta un mínimo de valor, cierta inteligencia y otro tanto de perseverancia. Aunque la perseverancia sin la inteligencia sería como cabecear una montaña y pretender abrirse paso. ¿Para qué estropearse el cráneo y los sesos si probablemente existen mejores formas (y más fáciles) de superar el obstáculo?
Así que acá estamos. Vos, yo, todo el mundo... todos intentando vivir de algo, intentando ser algo, para no ser o tener que hacer algo peor. Simplemente intentándolo, mientras vamos por la vida cruzando a otros que ya lo tienen. No lo que nosotros queremos, sino lo que ellos quieren. Y continuamos deseando ese mágico lugar donde nuestro deseo se concreta y nos llena de regocijo. Por lo general resulta inalcanzable, pero en caso de acercarnos siempre debemos ir por más para evitar la muerte. Dicen que un ser sin deseo es como un círculo cerrado: está acabado. ¡Ya no hay adónde ir! ¡Nada nuevo para hacer! Es estancamiento, solo repetir, como dicen que vivían los campesinos hace cientos o miles de años (¿Sería así realmente? ¿O se trata de un argumento simplista y tendencioso a favor de la idea de "progreso"?).
Deseo, deseo, deseo.
Sí, puedo intentarlo.
Quizá lo intente.
Mañana.
O pasado, mejor.
martes, 16 de agosto de 2016
lunes, 15 de agosto de 2016
Cruzar la calle
Estaba de pie en la esquina, mirando a todos los semáforos, a los autos y colectivos que pasaban y también a las personas de la vereda de enfrente. Cada tanto giraba el cuello para no perder a los que caminaban por su misma vereda y doblaban en la esquina o cruzaban, y a los que empezaban a amontonarse a su lado y lo impacientaban cada vez más. Registraba todo. Todo era incesante y movedizo, y él bajaba un pie a la calle y volvía a subirlo. Hacía dos pasos y regresaba ante los autos que pasaban zumbando. Se oían bocinazos y unas sirenas lejanas, las voces perdidas de conversaciones perdidas y la mano del cachetón ese que revolvía el paquete de papas fritas, y él no sabía si esperar o cruzar corriendo. Aguardaba su oportunidad, pero la avenida era un picadero de carne, una muerte segura y dolorosa. Se secó el sudor de las sienes con la manga del buzo. Se sonó los dedos. Primero todos juntos, entrelazados. Después uno por uno, para rematarlos. Cuando terminó con el índice izquierdo, levantó la vista. Suspiró largo.
Y el semáforo cambió. Cambió y apareció el tipito verde que cruza, y él se lanzó a la calle con paso firme, agobiado pero satisfecho, con la cara de tarea cumplida mientras el sol calentaba los edificios desde el cielo claro y sucedían un montón de cosas insignificantes.
Y el semáforo cambió. Cambió y apareció el tipito verde que cruza, y él se lanzó a la calle con paso firme, agobiado pero satisfecho, con la cara de tarea cumplida mientras el sol calentaba los edificios desde el cielo claro y sucedían un montón de cosas insignificantes.
lunes, 8 de agosto de 2016
El banquete
En una amplia habitación, debajo de una araña de ciento
cincuenta focos encendidos, están Rot y Jer sentados a una larga mesa, cubierta
con un mantel blanco y una vajilla resplandeciente. Por la puerta de la
izquierda ingresa un sirviente raquítico y a medias calvo. Avanza con paso
vacilante, cargando una bandeja del tamaño de un jabalí. Por fin la apoya sobre
la mesa y la destapa. Rot y Jer estiran sus cuellos para observar cómo el
mayordomo corta unas rebanadas de tiempo y les sirve.
Rot y Jer cruzan miradas antes de probarlo.
—¡Qué delicia! —dice Rot.
—¿Por qué nunca comimos esto antes? —pregunta Jer,
buscando al sirviente, que ya se ha retirado.
—Lo ordenaremos más seguido, mi querida —sugiere Rot.
Continúan comiendo en silencio. Rot es el primero en
terminar su plato y acerca su mano a la campanilla, pero se arrepiente. Corta
para sí un enorme trozo de tiempo. Jer lo ve comer vorazmente y mira de reojo la
bandeja, donde aún hay tiempo de sobra. Al terminar su porción, se sirve un
pedazo tan grande como el de Rot, o un poco más, y come apurada.
En las paredes se van dibujando unas grietas. La pintura empieza a descascararse y cae
como una lluvia de nieve. Los focos de la araña van estallando de a uno. Ninguno
parece notarlo, empeñados en devorar el tiempo. Pero sus manos tiemblan exageradamente. A Rot se le caen los
cubiertos bajo la mesa. Se olvida de ellos y sigue comiendo con la mano; la
cara embadurnada y satisfecha. Jer trepa a la mesa para comer directamente de la
bandeja. Su plato cae al piso y se desarma como un imperio en decadencia. La habitación entera parece sacudida por un terremoto. La luz disminuye cada vez más. Apenas quedan cinco focos
encendidos cuando Rot se lleva la bandeja a un rincón de la habitación.
Jer salta de la mesa y desde atrás lo golpea hasta
que logra hacerse lugar. Ambos comen arrodillados mientras las últimas
bombillas explotan. Todo queda a oscuras. Durante un rato se oye únicamente el ruido de las bocas
llenas, masticando enormes pedazos de tiempo.
Un estrépito sacude todo y la pared del fondo se derrumba.
Una luz blanca y cegadora, de sol o de nada, inunda la habitación. Rot y Jer intentan cubrirse los ojos, se tambalean en su rincón. Al recobrar la vista, descubren que les queda poco tiempo. Se
golpean, se rasguñan, se arrancan las ropas. El vestido de Jer, todo engrasado,
queda en el suelo como un trapo. El elegante traje negro de Rot ahora es
inmundo y harapiento. Jer captura el último pedazo de tiempo y corre hacia la
luz. Rot permanece un instante lamiendo la bandeja. Luego se levanta y corre
tras Jer gritando como una bestia. Los cuerpos se pierden a lo lejos.
El ambiente se sumerge en una calma aparente. La luz blanca se torna
oscilante, disminuye y vuelve a intensificarse a intervalos regulares, hasta
que se torna roja y pesada. Una lluvia de huesos pelados cae sobre la mesa de
madera. Se escuchan llantos lejanos.
La luz muere por fin y en la sala no queda nadie que aplauda.
miércoles, 3 de agosto de 2016
Pedacito de mundo digital
A veces me siento frente a la computadora y me obligo a escribir. Es una prueba contrarreloj. Nunca hay demasiada paciencia para ello. Tiene que ser ahora. Ya mismo debe ocurrir algo ingenioso, descender como un pájaro herido desde los cielos de mi ser, o desde fuera de él. No importa. Anhelo una idea breve y profunda sobre cualquier tema posible e imposible.
Por lo general, no funciona. Todo el mundo puede comprobarlo con apenas revisar el archivo.
Incluso yo mismo he verificado el carácter amputado del proyecto, el desperdicio de tiempo que significa este sitio. Y no hay argumento más convincente que ese para sustentar su invalidez.
Pero, ¿quién dice que soy yo el que escribe este blog?
...que soy yo quien se pregunta?
...que son ustedes quienes invierten su tiempo leyendo en silencio?
¿Quién asegura que nosotros estamos viviendo esta vida?
Un mundo virtual posibilita la existencia de seres virtuales.
¿Quién garantiza que soy yo, y no una máquina, el que escribe estas letras?
¿Quién asegura que estoy hecho de carne, huesos y dudas, y no de un conjunto de variables y probabilidades matemáticas?
Donde encuentres una pantalla, estarás ante un espejo.
Por lo general, no funciona. Todo el mundo puede comprobarlo con apenas revisar el archivo.
Incluso yo mismo he verificado el carácter amputado del proyecto, el desperdicio de tiempo que significa este sitio. Y no hay argumento más convincente que ese para sustentar su invalidez.
Pero, ¿quién dice que soy yo el que escribe este blog?
...que soy yo quien se pregunta?
...que son ustedes quienes invierten su tiempo leyendo en silencio?
¿Quién asegura que nosotros estamos viviendo esta vida?
Un mundo virtual posibilita la existencia de seres virtuales.
¿Quién garantiza que soy yo, y no una máquina, el que escribe estas letras?
¿Quién asegura que estoy hecho de carne, huesos y dudas, y no de un conjunto de variables y probabilidades matemáticas?
Donde encuentres una pantalla, estarás ante un espejo.
Solo verás tu propia imagen.
lunes, 1 de agosto de 2016
Objetivos de la vida
Para vivir una vida plena
debemos
Tener un libro
tallando en la corteza
por ejemplo:
Yeni
te amo
y un corazón
y una flecha.
debemos
Tener un libro
Plantar un niño
Escribir un árboltallando en la corteza
por ejemplo:
Yeni
te amo
y un corazón
y una flecha.
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