En una amplia habitación, debajo de una araña de ciento
cincuenta focos encendidos, están Rot y Jer sentados a una larga mesa, cubierta
con un mantel blanco y una vajilla resplandeciente. Por la puerta de la
izquierda ingresa un sirviente raquítico y a medias calvo. Avanza con paso
vacilante, cargando una bandeja del tamaño de un jabalí. Por fin la apoya sobre
la mesa y la destapa. Rot y Jer estiran sus cuellos para observar cómo el
mayordomo corta unas rebanadas de tiempo y les sirve.
Rot y Jer cruzan miradas antes de probarlo.
—¡Qué delicia! —dice Rot.
—¿Por qué nunca comimos esto antes? —pregunta Jer,
buscando al sirviente, que ya se ha retirado.
—Lo ordenaremos más seguido, mi querida —sugiere Rot.
Continúan comiendo en silencio. Rot es el primero en
terminar su plato y acerca su mano a la campanilla, pero se arrepiente. Corta
para sí un enorme trozo de tiempo. Jer lo ve comer vorazmente y mira de reojo la
bandeja, donde aún hay tiempo de sobra. Al terminar su porción, se sirve un
pedazo tan grande como el de Rot, o un poco más, y come apurada.
En las paredes se van dibujando unas grietas. La pintura empieza a descascararse y cae
como una lluvia de nieve. Los focos de la araña van estallando de a uno. Ninguno
parece notarlo, empeñados en devorar el tiempo. Pero sus manos tiemblan exageradamente. A Rot se le caen los
cubiertos bajo la mesa. Se olvida de ellos y sigue comiendo con la mano; la
cara embadurnada y satisfecha. Jer trepa a la mesa para comer directamente de la
bandeja. Su plato cae al piso y se desarma como un imperio en decadencia. La habitación entera parece sacudida por un terremoto. La luz disminuye cada vez más. Apenas quedan cinco focos
encendidos cuando Rot se lleva la bandeja a un rincón de la habitación.
Jer salta de la mesa y desde atrás lo golpea hasta
que logra hacerse lugar. Ambos comen arrodillados mientras las últimas
bombillas explotan. Todo queda a oscuras. Durante un rato se oye únicamente el ruido de las bocas
llenas, masticando enormes pedazos de tiempo.
Un estrépito sacude todo y la pared del fondo se derrumba.
Una luz blanca y cegadora, de sol o de nada, inunda la habitación. Rot y Jer intentan cubrirse los ojos, se tambalean en su rincón. Al recobrar la vista, descubren que les queda poco tiempo. Se
golpean, se rasguñan, se arrancan las ropas. El vestido de Jer, todo engrasado,
queda en el suelo como un trapo. El elegante traje negro de Rot ahora es
inmundo y harapiento. Jer captura el último pedazo de tiempo y corre hacia la
luz. Rot permanece un instante lamiendo la bandeja. Luego se levanta y corre
tras Jer gritando como una bestia. Los cuerpos se pierden a lo lejos.
El ambiente se sumerge en una calma aparente. La luz blanca se torna
oscilante, disminuye y vuelve a intensificarse a intervalos regulares, hasta
que se torna roja y pesada. Una lluvia de huesos pelados cae sobre la mesa de
madera. Se escuchan llantos lejanos.
La luz muere por fin y en la sala no queda nadie que aplauda.
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