lunes, 28 de julio de 2014

Fin de la búsqueda

—¿Ya te enteraste, Marta?
—¿El qué?
—Apareció Ricardo.
—¿El de esa casa tan bonita de la vuelta?
—Sí, que falta al barrio como hace dos años.
—No me digás, Elvira. Ya me había olvidado. Pensé que no volvía más.
—Si era por él no volvía más. Lo encontraron.
—¿Cómo?
—Salió en los diarios.
—Leí El Popular y no me enteré de nada...
—No, no. En los diarios de Brasil. Estaba en Río de Janeiro.
—Tomá mate.
—¡Tomá caipiriña, Marta! Dice que fue un escándalo. Lo encontraron unos periodistas tirado en la playa, borracho y desnudo.
—Ay, pobre su señora.
—Eso no es nada. En la cabaña donde se hospedaba había dos brasileras. También desnudas y alcoholizadas. El lugar estaba lleno de cosas... sexuales... aparatos, ¿viste? Dice que estuvieron como una semana, dale que va, antes de terminar así.
—...
—¿Y, qué decís?
—...
—Salió la noticia en todos lados. La familia ya lo contactó y parece que se viene. Estaba de ilegal allá.
—Bueno, es importante que haya aparecido... y que esté sano.
—Se dice que lo mantenían las mujeres.
—¿Mantenido! No te puedo creer... ¿Estaría bien ese hombre?
—Mejor imposible, Marta.

viernes, 25 de julio de 2014

Una noche de verano cualquiera

Martín caminaba por la calle con las manos en los bolsillos. Era una noche estrellada y cálida. Al pasar por la plaza se detuvo junto a un árbol.
—¿Cómo anda, amigo mío?
Hubo un silencio. Finalmente el árbol lo miró.
—Te estuve extrañando, che —insistió Martín.
—Otra vez sopa —dijo el árbol. Ya te dije que los árboles no hablamos... ¿qué tomaste ahora?
—Me convidaron unos hongos, son geniales.
—Supongo que sí. ¿Te quedó alguno?
—No, mis amigos tienen. Si querés te consigo...
El árbol se encogió de hombros, miró al piso.
—Estaría bueno —asintió.
—Aguantáme, no tardo.
Martín regresó al trote por donde había venido. Las estrellas bailaban sobre su cabeza y le hacían guiños. Al doblar en una esquina casi fue embestido por un toro de ojos rojos, brillantes, que iba silbando un blues rabioso. A mitad de cuadra encontró la casa, tocó timbre, salió Gastón.
—¿Qué hacés, Tincho?
—¿No te quedó algún honguito? Es para convidarle a un árbol de la plaza. Es amigo.
Se escuchó un gorgoteo y Gastón se perdió en el interior. Regresó con una servilleta doblada. 
—Tené cuidado. Si te pasás de rosca, no la contás. 
—Sí, señor. Gracias. Te debo una.
Martín se guardó la servilleta en el bolsillo y dio media vuelta. En la esquina enfiló hacia la plaza. Había aparecido una banana en el cielo y la estaba comiendo un pez globo. A Martín le gustó el pescado y lo saludó con la mano. 
Al bajar la vista, notó que los autos, los postes y los frentes de las casas se movían como si estuvieran bajo agua, y no tardó en sentir los pies húmedos. Ahora la calle era un arroyo que subía rápidamente y entorpecía sus movimientos. En pocos segundos el nivel del agua alcanzó la altura del pecho y Martín comenzó a bracear, con una suave corriente a su favor. Debió esquivar unas bolsas de basura y a una especie de perro que flotaba por ahí, pero iba ganando velocidad y ya distinguía la plaza en la otra cuadra.
En algún momento logró llegar, pero no pudo identificar a su amigo. Estaba agitado. Quiso afirmarse y descansar, pero no hizo pie. Se mantuvo un rato a flote, nadando estilo perrito y buscando como una foca. Luego tomó aire y se sumergió. Todo se veía muy extraño ahí abajo, como a través de una botella de vidrio. Quizá el árbol se había ido.
Balbuceó un llamado acuoso, con la misma esperanza de quien arroja sus últimos cinco pesos al veintinueve en la ruleta y subió a respirar. Tenía una molestia en el pecho. 
—¿Nadie vio a mi amigo? gritó.
Los árboles no contestaron.
—¿Lo habrá arrastrado la crecida?
Oyó su voz como si resonara dentro de sus pulmones, sin salida. Pronunció unas palabras más, únicamente para escucharse. 
Se sentía cansado y empezaba a tener frío cuando el pez globo acabó de comer la banana galáctica y se sumergió en la ciudad inundada. Martín intuyó que era una señal, que debía olvidar a su amigo y regresar a casa. Y comenzó a nadar, braceando pesadamente en la misma dirección que el pez.

martes, 22 de julio de 2014

De sobremesa

Los abuelos y el nene están de sobremesa, mirando una película romántica cuando el actor se precipita sobre la muchacha que se recuesta en el sillón, junto al hogar encendido. Se acarician y se frotan y comienzan a desvestirse
Los ojos del nene se agrandan. El sexo es inminente. Irma se siente incómoda y resuelve cubrir los ojos del nene.
Desde el televisor brotan los gemidos, cada vez más intensos, que se expanden por toda la casa.
Ya es demasiado tarde cuando la abuela Irma mira al nene y advierte que hubiera sido preferible sostenerle las manos sobre la mesa.

viernes, 11 de julio de 2014

Idea fría

Se sentó frente a la computadora y dio un trago a la cerveza. No estaba fría, como sí lo estaba la casa y ni hablar de las calles. Era una noche helada. De algo así tuvo que surgir la literatura, pensó. De las ganas de quedarse dentro.
Dio otro trago. La última vez que había escrito había sido incitado por una inspiración cervecera. Ahora quedaba el último vaso y tenía una idea, bastante vaga, pero idea al fin. Entonces lo que daba inicio a la literatura debía ser el frío o la cerveza.
Se disponía a averiguarlo. Sus personajes lo ayudarían a desentrañar el misterio. Empezó a escribir.
No había terminado el primer párrafo cuando sonó el timbre. Tecleó un punto y caminó hasta la puerta de la calle, pensando que el timbre, el teléfono y el despertador imponían el final en la mayoría de los relatos.

miércoles, 2 de julio de 2014

Escuela Zen

—¿Qué es esa horrible protuberancia, maestro, en el centro de su frente? ¿Es acaso eso que mis compañeros llaman pornoco?
—Por el momento, pequeño Tim, diremos que es el nacimiento de un tercer ojo.