viernes, 18 de diciembre de 2009

La muchedumbre

Entonces rememoró su niñez. Los golpes que la vida le había dado una y otra vez sin un solo instante de sosiego; el dolor en sus pies descalzos, el honor en su pecho abierto, el calor azotando su piel curtida por el trabajo. Y no pudo evitar que un pensamiento distinto, rencoroso de todo aquello, brotara. No de su mente, sino de sus entrañas. Y viéndose inmiscuido en una sumisa multitud (sumisa por costumbre, por ausencia de ilusiones -porque también eso les habían robado-), aquel niño moreno devenido en hombre extendió su brazo, con el dedo índice apuntando hacia lo alto. “Yo sí tengo algo para decir”. Su voz resonó como un eco grave y triste, y aprovechando el súbito silencio, gritó: “¡Basta!”.
Luego se escuchó un disparo y, esa noche, la ciudad ardió.

martes, 8 de diciembre de 2009

Filosofía espontánea

Juan, en un repentino acto de inspiración filosófica mientras se levantaba del bidet y estiraba el brazo tratando de alcanzar la toalla, se observó en el espejo y pensó en voz alta:
- Qué extraordinaria es la vida, ¿no? ¿Cómo puede ser que exista todo esto? Seres de tanta complejidad, compuestos por millones y millones de células que tienen sus funciones específicas; somos cosas facultadas para reflexionar y hablar, ver, tocar, sentir... Qué difícil es pensar en la evolución de estas cosas, o en el origen mismo; es decir, en todo lo que no es presente. ¿Cómo pudo haberse creado o accidentado semejante universo?

Terminó de secarse y, mientras se subía los pantalones, continuó:
- Tiene que ser obra de un dios; no puede haber otra forma. Además, si tenemos en cuenta los hermosos paisajes naturales... ¡qué impresionantes! Sí, puede que lo haya ideado un ser supremo; como un gran artista realiza una pintura magistral, pero a una escala infinita si comparamos con nuestra capacidad de percepción. Ahora bien… ¿dios cómo surgió? ¿De alguna explosión, o algo parecido? Porque si intentamos justificarlo a través de la procreación de una raza de dioses, entramos en la famosa “cuestión del huevo o la gallina”. La pregunta sería: ¿Cómo surgió el primer dios? ¿Lo creó una especie de dioses superiores, de la cual nuestros dioses ni siquiera sospechan... y así 'ad infinitum'? No, definitivamente es imposible.
"Dios es Dios, no necesitó un creador, existió desde siempre", dicen. Qué argumento tan elocuente, ¡por favor!
Y si fue por una explosión... ¿qué es lo que explotó? ¿Por qué tenía que haber algo existente para empezar todo? En algún momento tuvo que haber nada; y... ¿de dónde salieron las cosas que estallaron? Quizás no hubo explosión alguna, sino que fue un infinito proceso de mutación de las partículas que, luego de reaccionar y reinventarse durante un período de tiempo infinito, derivaron en lo que hoy desconocemos como “universo”.
En fin, el origen es inalcanzable al conocimiento humano. Algo ocurrió y jamás lo sabremos debido a nuestra insignificancia. No se explica en qué momento empezó a existir la primer micropartícula del universo, qué procesos se sucedieron, cuánto tiempo transcurrió hasta lo que hoy llamamos “actualidad”, y si dicho tiempo nos lleva en alguna dirección preestablecida, o si todo es novedoso e impredecible.
¡Qué locura! ¡Todo parece inexplicable! Somos seres tan efímeros ante la infinitud del tiempo y el espacio universal; ¿qué podríamos llegar a comprender?
Es mucho más fácil que no hubiese existido nada jamás. Yo no me estaría preguntando cómo se originó el universo, el mundo ni el hombre; y tampoco ninguna persona se hubiera quejado de su inexistencia. Por ello, creo que debemos estar agradecidos ante la nada, o ante el azar -que acaso es lo mismo-, por el hecho de estar vivos. ¡Y vivir señores...Vivir! ¡Como dios manda! ¡Ja!


“Ese sería un buen chiste”; pensó Juan, compartiendo una media sonrisa con su reflejo, que sonreía casi igual que él.
Con ese gesto en el rostro, por fin salió del baño. Caminando por el pasillo hacia su dormitorio, mientras terminaba de ajustarse el cinto y esquivaba la ropa que había desparramada por el suelo, se resignó ante el desorden predominante en todo el departamento. Pero se olvidó por completo de esa cuestión en el preciso instante en que fijó su mirada sobre el inerte televisor apagado; allí tuvo su revelación:
- ¡Ya lo sé!, todo es ilusorio. Nada existe; el mundo es imposible, al igual que los países, las sociedades, las lenguas, la ciencia y los individuos. No hay algo que sea lo que es por sí mismo, sino por un factor externo que lo define, lo condiciona, lo determina. Y no hay seres superiores ni inferiores, tampoco hay dioses (o al menos no importan); sólo hay grupos operantes que detentan el poder de organizar el mundo para los otros, y estos “otros” que lo aceptan pasivamente, sin darse cuenta de ello.
Entonces, como todo es un invento del poder humano, uno podría hacer lo que quisiera con el sólo hecho de desearlo firmemente. Sólo hay que encontrar el punto exacto donde los anhelos se concreten, evitando aquellas ataduras externas que nos impiden obrar. No hay reglas reales, no estamos obligados a obedecer; todo lo conocido es un sofisma. ¡Debemos revelarnos contra la realidad impuesta! Porque la verdad objetiva no existe, y la realidad sólo es cuestión de convencimiento.


En ese momento abrió el ventanal que da al balcón con miras a la calle y una brisa fresca golpeó su rostro. Inhaló aire, infló el pecho y se sintió muy bien, invencible, inmortal. Y prosiguió:
- Es decir, si yo me convenciera de que soy capaz de volar, inevitablemente lo lograría. Volaría, sólo con mi voluntad y mi confianza; aplastaría las leyes de la física y destruiría la famosa “ley de gravedad”. ¡Qué estupidez tan grande es esa! En este momento siento un enorme deseo de volar; me siento inspirado, me siento un ave liviana, sin peso ni jaulas que puedan detenerme…

“¡Puedo volaaaar!”, gritó Juan. Y con dos pasos veloces recorrió la breve distancia necesaria, se impulsó con el pie izquierdo sobre la baranda que separaba los acotados abismos de aquel primer piso del edificio, y saltó, extendiéndose por los aires.
Desde la vereda, desparramado y retorciéndose por el dolor, con algún hilo de sangre en la boca y raspones en sus rodillas y codos, Juan alcanzó a farfullar:
- Debí tener en cuenta que algunos hábitos están demasiado arraigados a nuestras costumbres. Si vuelvo a caminar, lucharé hasta romper las barreras que oprimen al ser humano... Sí, ¡así será! ¡Que viva nuestra libertad!
Luego emitió un quejido áspero y extenso al notar los huesos fracturados de su brazo izquierdo. Su vista se tornó borrosa, y se desmayó.