miércoles, 29 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 7)

Cuando salió de su casa, un viento frío le golpeó la cara. Lavagna levantó el cierre de la campera hasta la nariz, metió las manos en los bolsillos y arrancó a caminar. En la esquina dobló en dirección al parque y vio al sol anaranjado cayendo sobre los techos de las casas. La visión lo reconfortó. Sintió que el mundo podía acabarse en cualquier momento y todo estaría bien. Era como sentirse infinito, mientras viajaba hacia un sol que se extinguía.
En el parque había niños jugando a la pelota y otros hamacándose. En un banco de madera, un viejo parecía hacer la siesta. Tenía la cara cubierta con hojas de diario y unos cuantos perros se olfateaban a su alrededor. Cuando estuvo cerca el viejo se incorporó y Lavagna no tardó en reconocer al mismísimo diablo. Pero supo controlar sus emociones y continuó su marcha. El viejo lo siguió con la mirada hasta que estuvo demasiado lejos, entonces se dejó caer.
El parque quedó atrás y Lavagna enfiló por una calle que parecía alfombrada de lila por las flores de los jacarandaes. Desde una casa en construcción retumbó una voz.
—Flaco, ¿tenés hora?
Era un albañil. Le gritaba desde el primer piso.
—Las seis y cuarto —dijo Lavagna.
Por lógica, pensó que se presentaría Dios, pero no. Ya estaba a dos cuadras de su destino y aquel no había dado señales de vida. “Mejor así, tampoco pienso hablarle”, se dijo.
Siguió sin interrupciones hasta llegar a la casa.
La persiana de madera estaba cerrada y el silencio no daba indicios de que hubiera alguien. Aunque no había portero electrónico, Lavagna aclaró su garganta y tocó el timbre. Se alejó unos pasos y esperó, mirando el cielo. Empezaban a aparecer las estrellas en la parte más oscura, mientras que el horizonte se cubría con trazos de fucsia, naranja y amarillo que había pintado el sol.
Mara no estaba.
Insistió con el timbre, por las dudas.
Pero no. Mara no estaba.
“No había pensado en esta posibilidad”, sonrió Lavagna. Echó otra mirada al cielo y arrancó a caminar hacia el lado opuesto por el que había venido.

miércoles, 22 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 6)

“Qué idiota fui. Pensar que uno está fuera de la vida. Siempre se está en la vida, hasta que morimos. Entonces dejamos de ser esto, para ser lo otro. Nos volvemos parte del todo, aunque ya lo seamos ahora, pero con una forma distinta. Somos formas con una conciencia que integra la inmensidad. Quizá esa conciencia sea idéntica a la que el todo tiene de sí mismo, pero algo tiende a separarnos de ese todo. La supuesta individualidad, la subjetividad, la razón. Componentes de un anhelo: el de permanecer en la forma actual, la forma conocida.
No se está fuera de la vida, no. En todo caso se está viviendo mal. Se vive fuera de sí, pero también fuera del todo. Es decir, se vive desconectado, triste, angustiado o empantanado… por buscar definiciones.
¿Y Mara? ¿Dónde estará ahora? Lo cierto es que la extraño. Qué idiota fui...
¿Por qué privarme de compartir algo con ella?
Sí, claro, el sufrimiento… Pero si no sufría por ella, sufría por mí. Ella no es el motivo, soy yo el generador de mi propia angustia al esperar que otros hagan por mí lo que yo debería hacer por mí.
Definitivamente, tengo que visitarla...”.
Todo eso y poco más pensó Lavagna, mientras se recortaba el bigote frente al espejo.

martes, 14 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 5)

“¿Por qué perdí mi tiempo con dios y con el diablo si no creo en ellos?
Los considero invenciones del hombre para disipar algunas dudas e imponer un orden en el mundo.
¿Acaso lo inventé todo? ¿Estuve delirando?
¿Y qué hay de Mara? ¿Es real?
Ya no sé qué pensar.
Quizá ella sea lo único que me une a la vida.”

domingo, 12 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 4)

—Te estuve buscando —dijo Mara—. Quería hablarte.
—Yo también.
—Empezá vos…
—No, vos primero.
—Bueno… quería que sepas que… que quiero estar con vos.
—¿Qué?
—¿Cómo “qué”? ¿Es todo lo que se te ocurre decir?
—No lo esperaba.
—¿Y qué esperabas?
—Que me patearas de una vez. Quiero alejarme de vos. Olvidarte, dejar de sufrir, superar la especie de esquizo-paranoia en la que vivo. Esas cosas, viste. Creo que me están haciendo mal.
—¿De verdad me estás diciendo?
—Supongo que sí.
—¿Por qué me besaste? —dijo Lavagna.
—¿Qué sentiste?
—Un agujero. Pero no es nuevo, lo estoy criando hace tiempo. En fin... tengo que irme.