Cuando salió de su casa, un viento frío le golpeó la cara. Lavagna
levantó el cierre de la campera hasta la nariz, metió las manos en los
bolsillos y arrancó a caminar. En la esquina dobló en dirección al parque y vio
al sol anaranjado cayendo sobre los techos de las casas. La visión lo
reconfortó. Sintió que el mundo podía acabarse en cualquier momento y todo
estaría bien. Era como sentirse infinito, mientras viajaba hacia un sol que se
extinguía.
En el parque había niños jugando a la pelota y otros
hamacándose. En un banco de madera, un viejo parecía hacer la siesta. Tenía la
cara cubierta con hojas de diario y unos cuantos perros se olfateaban a su
alrededor. Cuando estuvo cerca el viejo se incorporó y Lavagna no tardó en reconocer al mismísimo diablo. Pero supo controlar sus emociones y continuó su
marcha. El viejo lo siguió con la mirada hasta que estuvo demasiado lejos,
entonces se dejó caer.
El parque quedó atrás y Lavagna enfiló por una calle que
parecía alfombrada de lila por las flores de los jacarandaes. Desde una casa en
construcción retumbó una voz.
—Flaco, ¿tenés hora?
Era un albañil. Le gritaba desde el primer piso.
—Las seis y cuarto —dijo Lavagna.
Por lógica, pensó que se presentaría Dios, pero no. Ya
estaba a dos cuadras de su destino y aquel no había dado señales de vida.
“Mejor así, tampoco pienso hablarle”, se dijo.
Siguió sin interrupciones hasta llegar a la casa.
La persiana de madera estaba cerrada y el silencio no daba
indicios de que hubiera alguien. Aunque no había portero electrónico, Lavagna aclaró
su garganta y tocó el timbre. Se alejó unos pasos y esperó, mirando el cielo.
Empezaban a aparecer las estrellas en la parte más oscura, mientras que el
horizonte se cubría con trazos de fucsia, naranja y amarillo que había pintado
el sol.
Mara no estaba.
Insistió con el timbre, por las dudas.
Pero no. Mara no estaba.
“No había pensado en esta posibilidad”, sonrió Lavagna. Echó otra mirada al cielo y arrancó a caminar hacia el lado
opuesto por el que había venido.Pero no. Mara no estaba.