A continuación se reproducen los versos pronunciados por Segismundo Gutiérrez en la competencia entrerriana: “La vida está en el campo”.
Como hace mucho que no escribo
Aquí unos versos me improviso
Mas al desprevenido aviso
Que no encontrará gran cosa,
Letra que asome por mi boca
Construirá ideas sin piso.
Lo primero que yo anuncio
(no necesito que me lo pidan):
No hay verda´ pa vivir la vida
Y a ese refrán no renuncio,
Pasan años pa´ comprenderlo
Hasta que uno se aviva.
Al que me diga lo contrario
No le opongo resistencia
En cuestiones de la creencia
Es más bien complicado.
Las razones de vida o muerte
Las dejo pa´ los soldados.
Para no dejarse engañar
Hay que estar bien despierto
Es muy fácil ir muerto
Ante un buen charlatán.
Escupen muchas palabras
Mas nunca están en lo cierto.
Y así me voy despidiendo
Supongo que ya es momento
De que otro cuente su cuento
Para todos los presentes.
Este humilde servidor
Ya quiere llenar su diente.
Ahorita me voy pa´dentro
porque al viento me le asemejo
Procuro soplar parejo
Sin pretenderme en el centro,
Fugaz y firme de pensamiento
Es un soplido lo que les dejo.
Como habrán sospechado
No aporté soluciones
Las respuestas no las he hallado
Yo solo escribo canciones.
Más valen las cien volando
Cuando hablamos de ilusiones.
Los presentes se observaron algo confundidos. Al oír que alguno aplaudía, estallaron en aplausos como de costumbre. Pasado el alborozo, se preguntaron quién era ese tal Segismundo Gutiérrez, desconocido por aquellas zonas, y nadie pudo aportar datos precisos. Se dijo que Gutiérrez era tucumano, o salteño, o quizás uruguayo; pero semejante imprecisión no conformó a la multitud. Entonces comenzaron las suspicacias.
Primero cuestionaron la actuación de Gutiérrez. Criticaron su rima, la heterodoxia en el manejo de la guitarra y la vaguedad de sus ideas. Alguno deslizó que Gutiérrez había comprado el poncho en una feria paraguaya. Desde entonces se puso en tela de juicio su carácter de gaucho y se llegó a denunciar que era un porteño encubierto, enviado por el gobierno nacional.
Finalmente, se rumoreó que Gutiérrez era un fantasma y que nada de lo ocurrido era cierto, incluso la vida misma.
Ante semejante desconcierto, la multitud fue abrazando una suerte de paranoia que desembocó en cólera generalizada contra el payador, aunque no sin cierto temor por tratarse de un espectro. Algunos gauchos tomaron coraje, se levantaron de sus asientos y en procesión pachorrienta salieron a buscarlo. Atravesaron la exposición de maquinarias y se dirigieron hacia la enorme carpa ubicada en el centro de la hacienda, donde se exhibían algunos animales, mates artesanales, ponchos y demás utensilios gauchescos.
Ingresaron de modo casi violento, desplazando gentes y observando en todas direcciones. El grupo decidió separarse para ganar tiempo e incluso intentaron trotar para no dar lugar al escapismo.
Al reencontrarse en el fondo, los perseguidores se llevaron una sorpresa horrible. Encontraron a Gutiérrez tomando unos amargos con su señora.
lunes, 13 de junio de 2011
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