miércoles, 24 de mayo de 2017

Estertor

El muerto, de mala gana, le pidió que dejara de molestar. Pero él volvió a tocarle el hombro, zamarreándolo un poco.
—Dale, Jesús, despertáte.
—Bah —resolpló Jesús. Dio media vuelta y se tapó la cabeza con la manta.
—Tenés que resucitar, no la hagas más difícil.
El muerto llamado Jesús ya no respondió. Arrodillado a su lado, el joven notó que ni siquiera respiraba y la oscuridad del callejón no ayudaba en nada; apenas se distinguían las siluetas. El murmullo de motores y ruedas en la avenida llegaba como en un sueño. Algo parecido a un ratón del tamaño de un gato salió de entre unas bolsas de basura y se alejó corriendo, pegado a la pared. Todo quedó inmóvil y en silencio. El joven, temiendo lo peor, extendió una mano temblorosa hacia la manta.
—¡Bu! —gritó el muerto, incorporándose de pronto.
—¡Hijo de una gran p…!
—Pordiosera será tu vieja —completó Jesús, con la voz reseca.
—Casi me matás del susto... ¡No respirabas!
—Los muertos no necesitan oxígeno —dijo. Se desperezó y se puso de pie. —¿Qué querés, pibe? ¿Para qué me llamaste?
—Está todo escrito, tenemos una misión que cumplir.
—¿Una misión? ¿Escrita dónde?
—Me dijeron y les creí. Salgamos de acá.
Como no tenía nada mejor que hacer, Jesús lo siguió. Caminaron tras los pasos del ratón hasta la avenida y doblaron a la derecha. El ratón ya no estaba. En la vereda no había más que vagabundos durmiendo apilados. Contaron unos siete u ocho en la primera cuadra. Por la calle pasaban autos, colectivos y motos que se perdían por el otro lado, que eran siempre los mismos. Jesús tiritaba envuelto en su manta, con la ropa apolillada y unas sandalias viejas. Expuesto a los faros y a las luces de la calle tenía una palidez de estatua, disimulada por la mugre y las cagadas de paloma.
—Muero de hambre —dijo, deteniéndose en la esquina, y vio que el otro lo miraba raro.
—Tengo hambre, como cualquiera. Además me vendría bien un trago.
El joven señaló un McDonalds y cruzaron al trote, apurados por el semáforo y las motos que casi les afeitan las patas. Los detuvo un tipo más ancho que la puerta, vestido de negro y con la cabeza rapada.
—Todo bien, compa, él viene conmigo —dijo el muchacho. Al ver que el patovica fruncía todos los músculos de la cara, agregó—: Traigo plata.
Primero se tanteó los bolsillo del culo, después los de la campera y los laterales del pantalón, y consiguió extraer un boleto arrugado de subte, una pelusa y un chicle usado.
—Me robaron la billetera —dijo.
Se alejaron cabizbajos, pateando hojas secas.
—Sin plata no sos nada —balbuceó Jesús.
—Voy a escribir un libro sobre el existencialismo.
—¿Por qué no escribís una crítica del capitalismo?
—Eso ya se hizo y pasados los siglos ahí andan, igual que vos, entre la vida y la muerte.
Llegaron a una plaza grande y desolada, rodeada por rejas que impedían el paso y la privatizaban. Se sentaron en unos escalones estériles. Jesús estaba pensativo, como todos los que tienen hambre.
—Quizá haga falta un manifiesto nuevo, más moderno, que sacuda un poco las conciencias…
Al joven se le iluminó la cara.
—¡Una biblia nueva, podría vender millones!
—Pero que sea nihilista. Este mundo apesta y vendría bien un poco de tole tole. ¿Qué carajo es eso? —dijo, mirando hacia arriba.
—Ah, una iglesia. Dicen que ahí vive Dios…
—¿Es una especie de mito urbano?
—De veinte siglos. Capaz podemos ligar comida. Ahí hablan de misericordia y amor al prójimo.
Treparon una reja alta y puntiaguda y en un minuto estuvieron adentro. En lo alto quedó enganchado un pedazo de pantalón de Jesús, flameando como una sucia bandera de la paz. Las puertas del templo estaban cerradas. Jesús halló una puerta lateral que los condujo por un zaguán a algo parecido a una casa. Bajo la luz tenue de un velador encontraron muebles y paredes llenas de cruces, cadenitas, rosarios y portarretratos de un viejo gordo, morocho y feo.
—Busquemos el morfi —susurró Jesús.
—Me parece que deberíamos anunciarnos —dijo el joven, y aplaudió.
A la tercera palmada se escuchó un disparo que pasó zumbando junto al oído de Jesús e hizo saltar el revoque de la pared. Ambos se tiraron de cabeza al piso, atrás de unos sillones.
—Quietos o los cago a balazos —gritó el tipo, apuntándolos—. ¿Quién mierda son ustedes y qué hacen acá?
—Hermano —dijo Jesús—, venimos desde muy lejos en busca de techo y comida. Mi nombre es José y él es Pedro…
—Piter, me dicen.
—La puerta estaba abierta —siguió Jesús—. Rogamos misericordia y hospitalidad.
Hubo un eterno instante de silencio.
—Bueno —dijo por fin el tipo—, pero primero se bañan.
Aceptaron. El de la escopeta se presentó como el Padre Luis y su cara coincidía con la del viejo morocho de las fotos. Tenía la nariz como un morrón y una notable verruga con pelos abajo del labio. Los guió hasta el baño, abrió la ducha y los encerró bajo llave. Regresó con toallas y batas para ambos. Despojado de la costra de tierra y la dureza del pelo, Jesús parecía más rubio, más occidental. Al salir encontraron en la mesa dos platos con guiso caliente. Comieron y tomaron vino; más tarde, un café con grano de Colombia. El padre Luis, que había conversado con ánimo acerca de su misión filantrópica y la compleja situación de la Iglesia en el país, amenazada por las corrientes políticas subversivas y las hordas de infieles, sugirió que era hora de dormir e hizo seña de que lo siguieran. Se adentraron en un largo pasillo.
—Buen tipo el padre, ¿eh? —susurró Piter a Jesús, que asintió con la panza llena.
El cura se detuvo en una puerta.
—Esta es tu habitación —indicó a Piter.
Un velador iluminaba la cama de una plaza con dos gruesas frazadas, la cruz de madera sobre el respaldo, la ventana con la persiana baja. Piter se despidió y cerró la puerta. El Padre Luis entró en la siguiente habitación. Desde afuera, Jesús lo vio levantar un par de ropas del piso, hacerlas un bollo compacto y meterlas en un cajón. Contra el fondo había una cama matrimonial y, sobre ella, colgaba una enorme cruz de bronce opaco, con el Cristo clavado con finos detalles, como si le hubieran esculpido hasta el sufrimiento.
—Espero sepas disculparme, no tengo más habitaciones —dijo el padre Luis acercándose a Jesús y palmeándole el hombro—. Pero de todo corazón te comparto la mía. Te toca el lado derecho.
Jesús pasó sin decir nada y se acostó con la bata puesta. Se cubrió hasta el cuello con las sábanas limpias y suaves -sensación que no recordaba haber tenido en su vida y que lo sumió en un estado de relajación absoluta-. Se sentía bien predispuesto para dormir unas quince o veinte horas. Con los ojos entrecerrados advirtió que el padre Luis, tras encender una vela y apagar la luz del techo, se iba quitando la ropa. Su silueta gorda y desnuda, en la penumbra, parecía la de un oso que buscaba treparse a la cama. Las maderas crujieron un poco, resentidas con el peso de aquel cuerpo. Luego se impuso un silencio de iglesia, que era como un eco mudo, o como un pasaje suspendido. Y Jesús caminaba ya en cámara lenta por un pasillo de gente que estiraba sus brazos hacia él como queriendo tocarlo pero al mismo tiempo, y con sumo respeto, le abría el paso.
—Espero que te haya gustado el guiso —pronunció a su lado una voz incoherente—. Lo cociné yo mismo.
Jesús asintió confundido, buscando entre la gente al que le hablaba de un guiso.
—Debías tener mucho hambre y el señor te trajo hasta acá siguió la voz. Estuve esperando visitas que nunca llegaron, pero estaba escrito que vendrían ustedes.
Jesús elevó la vista sobre las montañas lejanas y entre las nubes, a ver si era la palabra de Dios. El padre Luis observó un pequeño movimiento en el labio de Jesús. Se acercó para oír su respiración y no lo logró. Tenía la quietud de un muerto.
—La soledad es muy dura a veces —continuó el Padre Luis—. Es cierto que uno dedica su vida a Dios y Él corresponde con su amor, pero hay una carencia aquí —se tocó el pecho—, en el dar y recibir cotidiano.
El padre Luis se acomodó de costado mirando a Jesús, que permanecía en la más absoluta inmovilidad. Apoyando el codo en la almohada para mantener la cabeza erguida, se inclinó un poco más hacia su huésped.
—Yo podría darte refugio y alimento siempre que lo necesites —dijo—. Tengo mucho amor para dar. Necesito liberarlo y recibir un poquito a cambio…
Jesús sintió una cosquilla en la pierna. Se sacudió apenas, pero permaneció relajado. Entreabrió un ojo y la silueta oscura del Padre Luis se elevaba sobre los picos montañosos que recortaban el horizonte. Volvió a sentir la cosa en el muslo, como si una laucha se hubiera deslizado por debajo de la bata y lo escarbara como a un queso. La respiración entrecortada del padre Luis se fue tornando una especie de ronquido húmedo que iba desvirtuando el sueño de Jesús, donde la gente empezaba a trasmutar en formas animales y a correr sin rumbo alejándose de él, mientras la laucha continuaba lentamente su ascenso, rozando cada centímetro de músculo, cada poro de la piel, cada pelo encarnado, hasta detenerse por un instante en lo más alto del muslo, como agazapada sobre sus patas traseras juntando fuerzas para el salto final y entonces sí, finalmente, lo daba. Y la laucha aterrizó sus garras sobre los testículos, envolviéndolos como para regalo.
Jesús se levantó de un salto y gritó aterrado al descubrirse en esa habitación extraña, a la luz de una vela.
—Así, tigre —rugió el padre Luis—, bien despierto te quiero. ¿Me vas a dar amor?
—Sí —gritó impulsivamente Jesús. Se puso de pie sobre la cama y retrocedió dos pasos. El padre Luis se arrodilló. Sacó unas revistas de la mesa de luz y las desparramó sobre la almohada.
—Mirá lo que quieras —dijo—, pero me vas a castigar por mis pecados.
Puso las manos sobre el respaldo y apuntó con el culo a Jesús.
—¡Pegame!
A la luz de la vela, Jesús le dio un chirlo y el padre Luis se retorció, haciendo rechinar las maderas de la cama.
—¡Más fuerte!
Jesús le asestó tres o cuatro golpes más. El padre Luis saltaba y le daba cabezazos al respaldo de la cama, que se sacudía como un Citroen 3CV.
—¡Eso no es nada! ¡Dame más, tigre!
Jesús midió la distancia y le pegó una patada en el medio del culo con todas sus fuerzas. El padre Luis entró en una especie de trance. Con los ojos dados vuelta y un hilo de baba en la boca, empezó a temblar y a gritar obscenidades incomprensibles sobre historias bíblicas. Pronunciaba algo sobre la serpiente de Adán cuando Jesús descolgó la cruz de bronce y la descargó contra la cabeza del cura, que se desplomó en el acto. A Jesús le pareció ver una mancha roja extenderse sobre la almohada, justo donde estaba apoyada la verruga, y algunas gotas salpicadas en la revista del conejito. Dejó caer la cruz, saltó de la cama y salió de la habitación.
—¡Piter! —gritó, golpeando su puerta—. ¡Despertáte, es urgente!
Piter destrabó la puerta y se asomó en bata, con su mejor cara de dormido. Jesús lo agarró de los hombros:
—Tenemos que rajar de acá, creo que lo maté.
Piter retrocedió tambaleante y se sentó en la cama. Restregándose los ojos dijo algo acerca de la ropa y Jesús salió a buscarla. La encontró en el lavadero, en una bolsa negra de residuos, junto a otra bolsa que también olía a muerto. Regresó a la carrera, dejó la ropa de Piter en el piso y se fue a la cocina con sus harapos. Mientras se vestía, abrió la heladera. En un taper verde, del tamaño de una caja de zapatos, estaba la sobra de guiso. También juntó unos fiambres, un queso fresco y dos botellas de vino. Metió todo en una bolsa de tela que colgaba de una silla y se echó a esperar en el sillón.
Cuando apareció Piter, no preguntó nada. Salieron por donde habían entrado y saltaron la reja con el almuerzo del día siguiente al hombro. A la pasada, Jesús descolgó el pedazo de pantalón que había perdido y lo tiró en el cordón de la vereda; el viento lo fue arrastrando sin sentido hacia la calle.
—Che, tenés que ver esto —dijo Piter a Jesús, con un diario en la mano, a la mañana siguiente. —“Conmoción por la muerte del Padre Luis Gasparín. El barrio de Caballito se congregará en su iglesia hoy por la tarde para despedir los restos…”, bla, bla, bla. Y esta es la parte que nos interesa: “Si bien se esperan los resultados de la autopsia, el religioso habría muerto en su cama, de causas naturales”.
—No ha pasado nada.
—Ha pasado mucho —dijo Piter—. ¿No sería esa nuestra misión?
—¿De qué misión hablás? —dijo Jesús, algo molesto.
—Vayamos a la Iglesia a chusmear.
—Ni en pedo.
Por más que intentó convencerlo durante el almuerzo y luego, mientras saboreaban un Malbec que en su vida volverían a probar, Piter terminó yendo solo. A eso de las cinco de la tarde una pequeña muchedumbre se agolpaba frente al templo. La avenida estaba cortada por efectivos de la Policía Metropolitana. Había móviles de televisión, cámaras, micrófonos y periodistas que se encargaban de sostener todo ese circo. La mayoría de la gente (“pobre gente, amiga de la ignorancia”, pensó), intentaba ingresar a la iglesia para saludar al muerto. 

Piter comprendió por qué Jesús debía mantenerse lejos de ese entorno y vio entonces –como una revelación- el comienzo del libro que escribiría algún día: “Los oportunistas aguardan afuera, con sus caras de piedra y amuletos totémicos, con las cadenitas de las libertades individuales y la maravillosa mano del mercado, para venderlas a un público desanimado por la incesante pérdida e influenciado por los publicistas de corbata”.

Despièrtate Nena

Ardo por dentro de mirar como duerme, su sueño de guirnaldas y arcoíris, de almohadón de plumas, de burbujita de champagne. Ardo ante su vida de manual, su parsimonia de laguna, su racimo de clichés. Pudo haber nacido hace cuatrocientos años, ser hija de alguna reina de Inglaterra o de una tortuga de agua dulce, y sería igual que ahora. Anita, querida: el mismo ser. La realidad resbala por el contorno de su cuerpo y se pierde por el drenaje. Es impermeable, es accesoria, es nula. Ahora se está pintando las uñas en el sillón, con su piyama rosa y su cara de máxima concentración, porque en un rato se va a una “previa” con toda una sarta de perejiles y tiene que estar espléndida. Salgo a la calle para no explotar.
Me incendio cada vez que la veo con sus amigas sin cerebro, con los chetos del colegio privado, cuando oigo que escuchan reguetón y los veo arruinarse para siempre por voluntad propia. El lado más idiota de la juventud, al cuadrado. Y no entiende, no entiende, no quiere entender, que sus dramas de telenovela mexicana carecen de importancia. Son superfluos y chiquitos, como el chip de chocolate que no se come para cuidar su cinturita. Así llegó el sábado pasado a la vuelta del boliche, llorando y a los gritos porque Iván estaba hablando con otra pendeja. ¡Qué carajo importan Iván y esa pendeja! El mundo se está yendo a la mierda, se están cagando a bombazos, el país se inunda y se prende fuego, todos los días aparece una piba asesinada y violada en un descampado, y ella con su vidita de novela, con sus lágrimas de edulcorante, con su apertura mental de culo de muñeca.
Como siempre, aquella noche entró a casa moqueando y con el maquillaje corrido. Golpeó un par de cosas para llamar la atención y despertar a todo el mundo. “¡Mamita, papito, auxilio, ayúdenme! Mi vida es la peor mierda, no puedo vivir así”. Obvio que tu vida es una mierda, porque no tiene sentido, piba. “¡Ay, cuánto dolor! Pobrecita…”. Despertáte de una vez, bella durmiente, y date cuenta que tu principito te garchó mientras dormías y ni te enteraste. Después se subió los pantalones y rajó, a ver si podía garchar con otra, mientras el mundo sigue girando alrededor de una insignificante pelota de fuego que flota en la infinita negrura y nosotros, todos nosotros nos arrastramos como babosas que se encogen lentamente hasta morir.
Abrí los ojos, corazón, y observá el dolor verdadero que habita a tu alrededor. Intentá abrirlos, aunque sea un rato, y miralo todo, ¡mirálo!, antes que el tiempo haga lo suyo. Cuando baje tu persiana, ya no habrá nada que mirar.