Ardo por dentro de
mirar como duerme, su sueño de guirnaldas y arcoíris, de almohadón de
plumas, de burbujita de champagne. Ardo ante su vida de manual, su parsimonia
de laguna, su racimo de clichés. Pudo haber nacido hace cuatrocientos años, ser
hija de alguna reina de Inglaterra o de una tortuga de agua dulce, y sería
igual que ahora. Anita, querida: el mismo ser. La realidad resbala por el
contorno de su cuerpo y se pierde por el drenaje. Es impermeable, es accesoria,
es nula. Ahora se está pintando las uñas en el sillón, con su piyama rosa y su
cara de máxima concentración, porque en un rato se va a una “previa” con toda
una sarta de perejiles y tiene que estar espléndida. Salgo a la calle
para no explotar.
Me incendio cada vez que la veo con sus amigas sin cerebro,
con los chetos del colegio privado, cuando oigo que escuchan reguetón y los
veo arruinarse para siempre por voluntad propia. El lado más idiota de la
juventud, al cuadrado. Y no entiende, no entiende, no quiere entender, que sus dramas de
telenovela mexicana carecen de importancia. Son superfluos y chiquitos, como el
chip de chocolate que no se come para cuidar su cinturita. Así llegó el sábado pasado
a la vuelta del boliche, llorando y a los gritos porque Iván estaba hablando
con otra pendeja. ¡Qué carajo importan Iván y esa pendeja! El mundo se está
yendo a la mierda, se están cagando a bombazos, el país se inunda y se prende
fuego, todos los días aparece una piba asesinada y violada en un descampado, y
ella con su vidita de novela, con sus lágrimas de edulcorante, con su apertura
mental de culo de muñeca.
Como siempre, aquella noche entró a casa moqueando y con el
maquillaje corrido. Golpeó un par de cosas para llamar la atención y despertar a
todo el mundo. “¡Mamita, papito, auxilio, ayúdenme! Mi vida es la peor mierda,
no puedo vivir así”. Obvio que tu vida es una mierda, porque no tiene sentido, piba. “¡Ay, cuánto dolor! Pobrecita…”. Despertáte de una vez, bella
durmiente, y date cuenta que tu principito te garchó mientras dormías y ni te
enteraste. Después se subió los pantalones y rajó, a ver si podía garchar con otra, mientras el mundo sigue girando alrededor de una insignificante pelota de fuego que flota en la infinita negrura y nosotros, todos nosotros nos arrastramos como babosas que se encogen lentamente hasta morir.
Abrí los ojos, corazón, y observá el dolor verdadero que habita a tu alrededor. Intentá abrirlos, aunque sea un rato, y miralo todo, ¡mirálo!, antes que el tiempo haga lo suyo. Cuando baje tu persiana, ya no habrá nada que mirar.
Abrí los ojos, corazón, y observá el dolor verdadero que habita a tu alrededor. Intentá abrirlos, aunque sea un rato, y miralo todo, ¡mirálo!, antes que el tiempo haga lo suyo. Cuando baje tu persiana, ya no habrá nada que mirar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario