martes, 20 de enero de 2015

La oferta de Dios (parte 2)

Al anochecer, Lavagna ya estaba borracho. Había estado bebiendo con unos amigos y de camino a su casa se había cruzado con una joven conocida que aceptó acompañarlo a tomar unas cervezas.
No habían terminado la primera botella y ya estaban enroscados en la cama. El cansancio y la borrachera los empujaron al sueño.
Lavagna despertó a la madrugada. La chica dormía a su lado. Caminó en pelotas hasta la heladera, dio un trago a una cerveza abierta y se asomó al patio a ver el cielo.
—¡Te estuve esperando! —dijo una voz grave.
Lavagna dio un salto. Cubriéndose el pito con las manos, buscó al que le hablaba hasta que recordó.
—¡Ah, sos vos! —susurró Lavagna—. Tuve unas cosas que hacer... trámites impostergables...
—¡Claro! Pasé tres horas solo en el río, con un embole bárbaro y vos... tipo ocupado... ¡haciendo trámites impostergables en tu cama!
—Bueno... y si sabés todo, ¿por qué me estuviste esperando?
—Soy un Dios de palabra. Pensé que cumplirías con la tuya y te la ingeniarías para llegar.
—No le demos más importancia a este asunto de la que realmente tiene. Las promesas... vos sabés. —Lavagna se rascó un cachete. —Che, si no te molesta, tengo unas cosas que hacer. Mañana, sin falta, te veo en el río.
Y antes de que Dios pudiera protestar, le cerró la puerta en la cara. Terminó la cerveza de un sorbo y regresó a la pieza tratando de no hacer ruido.
—¿Con quién hablabas? —dijo la chica, que estaba despierta.
—Con Dioniso, dios del vino y del sexo.
—¿Dioniso era dios del sexo?
—Yo soy Dioniso —dijo Lavagna, y se arrojó a la cama.

lunes, 19 de enero de 2015

La oferta de Dios

Lavagna paseaba de noche junto al calmo río, cuando una voz grave lo interpeló.
—Soy Dios y tengo algo que decirle.
Lavagna se sobresaltó. Miró alrededor y no vio a nadie. Se encogió de hombros.
—Interrumpió usted mis pensamientos —gritó hacia arriba—. En fin, hable.
—He notado que últimamente escribe mucho sobre mí. Presiento que la temática genera controversia entre los lectores y eso aumenta los números del rating.
—Si intenta extorsionarme, sepa que no tengo un cobre.
—Atienda —se apuró a decir dios—. Usted escribía sobre otras cuestiones y no obtenía más que indiferencia. Ahora sus relatos dan lugar a grandes debates y eso es un cambio muy positivo.
—Por si no entendió, ando escaso de efectivo, maestro.
—Yo puedo promocionar tu obra. Tendrás miles de lectores y ganarás millones. Iremos cincuenta y cincuenta.
—¿Cómo sé que usted no es un estafador? ¿O un editor escondido atrás de un árbol, que se cree o hace pasar por dios? Además, yo estoy más convencido de aquellos que de usted, sepa disculpar.
—¿Tenés algo que perder?
—¿Tengo algo que ganar?
—Serás alabado y millonario.
—Prefiero unas cuantas mujeres hermosas y cerveza fría.
—Las tendrás.
—¿Qué hay que hacer?
—Hablar bien de mí. Volverme un Dios maravilloso ante los ojos de tanto descreído.
—Pero yo soy un detractor...
—Dirás que tuviste una iluminación. Que hablaste conmigo, aquí, junto al río.
—Nadie lo creería. Dirán que soy un agente de Bergoglio o que intento formar una secta.
—Habrá miles que te adorarán, sin importar las habladurías.
—Vea, señor... Aquí hay un problema de públicos. Ese no es precisamente el público al que yo me dirijo. Estamos yendo en direcciones opuestas, sin mencionar la calidad literaria.
—No tengo tiempo que perder, Lavagna.
—¡Si vos no tenés tiempo, che...!
—¿Aceptás el trato o se lo ofrezco a Coelho?
—Ya lo suponía. Dejame pensarlo hasta mañana, a la misma hora y en el mismo lugar.
Lavagna se esfumó y dios quedó solo junto al río.

domingo, 18 de enero de 2015

El juego

Era la tercera o la novena vez que ella hacía lo mismo y eso lo perturbaba demasiado. Hasta la había encontrado en sueños. En el boliche, ella se acercaba y lo invitaba a bailar. Simulando una inocencia que no tenía, se movía con soltura y lo rozaba, apenas, volviéndolo loco. Pero esta vez había llevado el contacto de los cuerpos a límites demasiado eróticos, cosa que a él lo motivó a insistir.
"Arranquemos", le dijo, "vayamos por ahí". Ella bailaba y reía. Hablaba de otra cosa. De la amiga que estaba sola, de la lluvia, de... cosas. ¿De la posición de los astros? ¿De tu cara de chiste? Podía ser, pero no. Reía, y esquivaba como la mejor.
En efecto, se divirtió un rato y se alejó otra vez. Como si fuera amante de las repeticiones, de ciclos eternos y de retornos lejanos, dejaba el juego en suspenso y demoraba el desenlace.
Al otro día, tomando mate en la plaza, le contó sus teorías y sentimientos a un amigo que lo escuchó en silencio. Al término, se encogió de hombros.

—No es tan complicado —repuso—, seguro que se encama con otro.

martes, 6 de enero de 2015

De lo estéril

Aunque todo parezca estéril hoy, mañana puede adquirir un sentido. El presente se enfría en el pasado, pero se acumula extraordinariamente.
Algo va a salir de todo esto. Lo sabemos, por más que lo ignoremos. Como el salmón que nada contra la corriente y es devorado por un oso. Puede pasar, pero también pudo haber pasado.