Era la
tercera o la novena vez que ella hacía lo mismo y eso lo perturbaba demasiado.
Hasta la había encontrado en sueños. En el boliche, ella se acercaba y lo
invitaba a bailar. Simulando una inocencia que no tenía, se movía con soltura y
lo rozaba, apenas, volviéndolo loco. Pero esta vez había llevado el contacto de
los cuerpos a límites demasiado eróticos, cosa que a él lo motivó a insistir.
"Arranquemos", le dijo, "vayamos por
ahí". Ella bailaba y reía. Hablaba de otra cosa. De la amiga que estaba
sola, de la lluvia, de... cosas. ¿De la posición de los astros? ¿De tu cara de
chiste? Podía ser, pero no. Reía, y esquivaba como la mejor.
En efecto, se divirtió un rato y se alejó otra vez. Como si
fuera amante de las repeticiones, de ciclos eternos y de retornos lejanos,
dejaba el juego en suspenso y demoraba el desenlace.
Al otro día, tomando mate en la plaza, le contó sus teorías
y sentimientos a un amigo que lo escuchó en silencio. Al término, se encogió de hombros.
—No es tan complicado —repuso—, seguro que se encama con otro.
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