jueves, 26 de noviembre de 2015

Ver la muerte

Ayer vi una mariposa
volar sobre el jazmín.
Hoy la soñé.
Estaba muerta
inmóvil
con sus alas abiertas
en el pasto.
Y no era más que una cosa
colorida e inerte
como una pintura
que solo tiene sentido
para alguien que la ve.
Jamás me veré morir.
Apenas podré intuirlo.
Quizá deje alguna marca
roja
en la pared
que signifique algo
para alguien.

martes, 17 de noviembre de 2015

Un poco de rock francés

Está oscuro y todo parece detenerse cuando empiezo a escuchar los disparos. Los músicos en el escenario siguen tocando unos segundos, como si les quedara un poco de cuerda. Después el baterista se tira al piso y el bajista corre hacia un costado. El guitarrista se detiene sin entender un carajo y se queda mirando, como quien busca el horizonte.
Si eso no es rock, ¿qué es?
Entre nosotros, que somos como una masa de carne compacta perforada por las balas, se intensifican los empujones, los tropiezos, las muertes.
No sé qué es peor, si ser baleado o morir aplastado entre la turba.
Yo estoy en el medio. No puedo correr a ninguna parte. Hay gente a mi izquierda y a mi derecha. Adelante y atrás. Varios de ellos me servirán como escudo.
Solo queda esperar.
Quizá me convierta en un número ilustre y la patria me recuerde como pretexto para una guerra.
Quizá siga viviendo. Entonces tendré una historia que contar a los medios, que me utilizarán para conmover a los espectadores y mis traumas serán pretexto para una guerra.
Yo nunca fui a una guerra, ni me interesa.
Soy estudiante universitario. Y francés.
Acaso mi nacionalidad tenga alguna importancia en este mundo.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Preocupaciones

Su vida transcurría alegre y tranquilamente hasta que operó en él un cambio interior que al principio no pudo comprender (y mucho después tampoco).
Comenzó a vivir tan preocupado por tener preocupaciones que terminó logrando su objetivo.

sábado, 11 de julio de 2015

La espina de la comodidad

La comodidad y el confort pueden llegar a un punto en que se vuelven insoportables. Acaso lo genere un sentimiento de culpa por poseer sin esfuerzo lo que a otros les falta, o cierto asco hacia el propio aburguesamiento, capaz de adormecer en la obesidad a los sentidos y pasiones vitales.
Al menos es notoria la contradicción entre el ideal de ser un bohemio vagabundo y realizar en la práctica todo lo contrario.

miércoles, 1 de julio de 2015

Ser aquí

—¿Querés ser? —pregunta de pronto ella.
—¡Uf! —exclamo entusiasmado—. Nada me gustaría más.
Contra todo pronóstico sonríe, camina hasta la heladera y regresa con una botella de jugo finamente gasificado. Mientras llena mi vaso comprendo que está aniquilando sin compasión al problema metafísico que acababa de nacer, al cual veo sacudir vanamente sus brazos en las profundidades, ya al borde de la asfixia, pegoteado en misteriosos edulcorantes.
La comunicación es un fenómeno complejo.
Y hubiese preferido agua de la canilla.

lunes, 29 de junio de 2015

El ser y el ser

Un niño rubio sentado en un banco observa a un hombre que se acerca a un árbol; pero el hombre, que es trabajador del Aserradero Wilkinson, no está situado del todo frente a un árbol sino frente a la materia prima de su futuro trabajo. Si bien el trabajador es hombre y como hombre comprende el ser del árbol que es ese árbol, inconscientemente sabe que su relación con dicho árbol es la de un obrero frente a la materia prima que el Aserradero Wilkinson le demanda para obtener suficiente dinero con el cual cubrir los salarios y generar una ganancia extraordinaria que garantice la prosperidad de la empresa y una gran vida a sus dueños, que al mismo tiempo son padres del niño rubio que en este preciso momento observa a un hombre frente un árbol. Pero quién sabe cómo los verá mañana, tanto al hombre como al árbol, que entonces deberá ser otro porque éste dejará de serlo en breve, y quizá también el hombre y el mismísimo niño.

jueves, 25 de junio de 2015

Tarde

Rodríguez despertó confundido. No había sonado el despertador y comprendió que llegaría tarde al trabajo, aunque en el último sueño lo habían echado y realizaba medidas de protesta frente a la fábrica. No sabía si el sueño remitía a la realidad o si era una pesadilla simple. En todo caso, no sería la primera vez que lo echaban, ni la primera vez que protestaba, ni el primer sueño que lo empujaba sin descanso al conflicto laboral.
"Así es la vida", suspiró Rodríguez mientras se ponía los pantalones, haciendo equilibrio entre la cama y la pared.

domingo, 7 de junio de 2015

Esa novela

Escribo historias breves debido a mi incapacidad para crear personajes fuertes. El día que desarrolle esa habilidad quedaré inmortalizado en los manuales de historia por haber escrito la mejor novela de la literatura universal.
Creo que nunca podré escribir esa novela.
Por eso escribo historias breves.

viernes, 29 de mayo de 2015

Clausurado

Por falta de originalidad y todo atisbo de brillantez en sus textos, el autor ha decidido clausurarse a sí mismo hasta el día en que sus neuronas logren conectarse con algún espíritu cósmico inspirador o, por lo menos, consigo mismas.

sábado, 9 de mayo de 2015

La oferta de Dios (parte 8)

—Te quiero.
—Yo también.
Lavagna se quedó pensando en la penumbra.
—Nos queremos —dijo—. ¿Y ahora qué?
—¿Qué de qué?
—¿Qué sigue? Todo es hermoso, pero no puedo quedarme estancado como si hubiera alcanzado mis objetivos en la vida.
—¿Cuáles son tus objetivos?
—¡Mierda, si lo supiera! Lavagna se rascó la barba. —Pero habría que renovar las formas de ser, de existir y de querer.
—De acuerdo. ¿Por qué no buscás la forma y lo intentás, en lugar de limitarte a su formulación hipotética?

—Me cuesta tanto salir de mi molde —dijo por finLa verdad... me aburro a mí mismo.
—Así aburrís a cualquiera. Abandoná esa postura de víctima y volá un poco, che. No es tan difícil.
Lavagna se incorporó sonriendo.
—¡Qué importa el mundo —gritó—, y qué importo yo! Es increíble lo fácil que olvido todo eso. Y lo peor es que vivo preocupado por mí.
—Puede que preocuparte por vos sea un primer paso necesario hacia tu despreocupación y apertura.
—Puede. Ojalá algún día me parezca a vos.
—Ojalá que no.

miércoles, 29 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 7)

Cuando salió de su casa, un viento frío le golpeó la cara. Lavagna levantó el cierre de la campera hasta la nariz, metió las manos en los bolsillos y arrancó a caminar. En la esquina dobló en dirección al parque y vio al sol anaranjado cayendo sobre los techos de las casas. La visión lo reconfortó. Sintió que el mundo podía acabarse en cualquier momento y todo estaría bien. Era como sentirse infinito, mientras viajaba hacia un sol que se extinguía.
En el parque había niños jugando a la pelota y otros hamacándose. En un banco de madera, un viejo parecía hacer la siesta. Tenía la cara cubierta con hojas de diario y unos cuantos perros se olfateaban a su alrededor. Cuando estuvo cerca el viejo se incorporó y Lavagna no tardó en reconocer al mismísimo diablo. Pero supo controlar sus emociones y continuó su marcha. El viejo lo siguió con la mirada hasta que estuvo demasiado lejos, entonces se dejó caer.
El parque quedó atrás y Lavagna enfiló por una calle que parecía alfombrada de lila por las flores de los jacarandaes. Desde una casa en construcción retumbó una voz.
—Flaco, ¿tenés hora?
Era un albañil. Le gritaba desde el primer piso.
—Las seis y cuarto —dijo Lavagna.
Por lógica, pensó que se presentaría Dios, pero no. Ya estaba a dos cuadras de su destino y aquel no había dado señales de vida. “Mejor así, tampoco pienso hablarle”, se dijo.
Siguió sin interrupciones hasta llegar a la casa.
La persiana de madera estaba cerrada y el silencio no daba indicios de que hubiera alguien. Aunque no había portero electrónico, Lavagna aclaró su garganta y tocó el timbre. Se alejó unos pasos y esperó, mirando el cielo. Empezaban a aparecer las estrellas en la parte más oscura, mientras que el horizonte se cubría con trazos de fucsia, naranja y amarillo que había pintado el sol.
Mara no estaba.
Insistió con el timbre, por las dudas.
Pero no. Mara no estaba.
“No había pensado en esta posibilidad”, sonrió Lavagna. Echó otra mirada al cielo y arrancó a caminar hacia el lado opuesto por el que había venido.

miércoles, 22 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 6)

“Qué idiota fui. Pensar que uno está fuera de la vida. Siempre se está en la vida, hasta que morimos. Entonces dejamos de ser esto, para ser lo otro. Nos volvemos parte del todo, aunque ya lo seamos ahora, pero con una forma distinta. Somos formas con una conciencia que integra la inmensidad. Quizá esa conciencia sea idéntica a la que el todo tiene de sí mismo, pero algo tiende a separarnos de ese todo. La supuesta individualidad, la subjetividad, la razón. Componentes de un anhelo: el de permanecer en la forma actual, la forma conocida.
No se está fuera de la vida, no. En todo caso se está viviendo mal. Se vive fuera de sí, pero también fuera del todo. Es decir, se vive desconectado, triste, angustiado o empantanado… por buscar definiciones.
¿Y Mara? ¿Dónde estará ahora? Lo cierto es que la extraño. Qué idiota fui...
¿Por qué privarme de compartir algo con ella?
Sí, claro, el sufrimiento… Pero si no sufría por ella, sufría por mí. Ella no es el motivo, soy yo el generador de mi propia angustia al esperar que otros hagan por mí lo que yo debería hacer por mí.
Definitivamente, tengo que visitarla...”.
Todo eso y poco más pensó Lavagna, mientras se recortaba el bigote frente al espejo.

martes, 14 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 5)

“¿Por qué perdí mi tiempo con dios y con el diablo si no creo en ellos?
Los considero invenciones del hombre para disipar algunas dudas e imponer un orden en el mundo.
¿Acaso lo inventé todo? ¿Estuve delirando?
¿Y qué hay de Mara? ¿Es real?
Ya no sé qué pensar.
Quizá ella sea lo único que me une a la vida.”

domingo, 12 de abril de 2015

La oferta de Dios (parte 4)

—Te estuve buscando —dijo Mara—. Quería hablarte.
—Yo también.
—Empezá vos…
—No, vos primero.
—Bueno… quería que sepas que… que quiero estar con vos.
—¿Qué?
—¿Cómo “qué”? ¿Es todo lo que se te ocurre decir?
—No lo esperaba.
—¿Y qué esperabas?
—Que me patearas de una vez. Quiero alejarme de vos. Olvidarte, dejar de sufrir, superar la especie de esquizo-paranoia en la que vivo. Esas cosas, viste. Creo que me están haciendo mal.
—¿De verdad me estás diciendo?
—Supongo que sí.
—¿Por qué me besaste? —dijo Lavagna.
—¿Qué sentiste?
—Un agujero. Pero no es nuevo, lo estoy criando hace tiempo. En fin... tengo que irme.

viernes, 27 de marzo de 2015

La oferta de Dios (parte 3)

Pasó el verano y Lavagna se olvidó de Dios. Estuvo distraído olfateando mujeres hasta que una de ellas lo enloqueció.
Mara era el tipo de mujer impredecible, espontánea, volátil. Harto de jugar con las otras, Lavagna empezó a correr tras ella con desastrosos resultados. Dejó de escribir, dejó de pensar, dejó de comer. Solo se emborrachaba para tratar de olvidar su ausencia.
Durante un atardecer, Lavagna se detuvo junto al río a observar el fluir de hojas secas hasta que apareció un viejo con un perro negro. Vestía un sobretodo oscuro y un sombrero que casi le tapaba los ojos. La nariz huesuda y los labios resecos evocaron en Lavagna un lejano recuerdo del cementerio.
—¿Quiere un trago, joven? —dijo el viejo, sacando una petaca de su bolsillo.
—No, gracias. Ya tuve bastante.
El viejo guardó la petaca y se quedó mirando.
—Mal de amores —susurró—, ¡qué boludo!
—¿Cómo dice?
—Con lo grande que es el mundo, andar preocupado por una mina...
—¡Ja! Viejo sabio... Eso ya lo pensé, pero es insuficiente. Aquí no se trata de pensamientos sino de pasiones.
—¡Así que sos pasional...! Quién lo hubiera dicho, Lavagna.
—¿Nos conocemos?
—Yo sí. Siempre me interesaron los personajes en situaciones como la tuya. Melancólicos, desesperados...
—Mire usted. Yo solía escribir sobre esos tipos...
—Ya no escribís —lo interrumpió—. Te convertiste en uno de ellos.
—Podría escribir igual, pero... ¿qué sentido tiene?
—Es un tema complejo. Sin embargo, hoy es tu día de suerte. Soy el Diablo y vengo a ofrecerte un... ¡Eh, regrese! ¿A dónde va?
El viejo se quedó agitando los brazos mientras Lavagna se perdía escaleras arriba. Hizo tres cuadras a toda velocidad hasta que un calambre lo redujo. Llegó a su casa rengueando y encaró la cama sin desvestirse. Estuvo largo rato mirando el techo antes de dormirse.

martes, 20 de enero de 2015

La oferta de Dios (parte 2)

Al anochecer, Lavagna ya estaba borracho. Había estado bebiendo con unos amigos y de camino a su casa se había cruzado con una joven conocida que aceptó acompañarlo a tomar unas cervezas.
No habían terminado la primera botella y ya estaban enroscados en la cama. El cansancio y la borrachera los empujaron al sueño.
Lavagna despertó a la madrugada. La chica dormía a su lado. Caminó en pelotas hasta la heladera, dio un trago a una cerveza abierta y se asomó al patio a ver el cielo.
—¡Te estuve esperando! —dijo una voz grave.
Lavagna dio un salto. Cubriéndose el pito con las manos, buscó al que le hablaba hasta que recordó.
—¡Ah, sos vos! —susurró Lavagna—. Tuve unas cosas que hacer... trámites impostergables...
—¡Claro! Pasé tres horas solo en el río, con un embole bárbaro y vos... tipo ocupado... ¡haciendo trámites impostergables en tu cama!
—Bueno... y si sabés todo, ¿por qué me estuviste esperando?
—Soy un Dios de palabra. Pensé que cumplirías con la tuya y te la ingeniarías para llegar.
—No le demos más importancia a este asunto de la que realmente tiene. Las promesas... vos sabés. —Lavagna se rascó un cachete. —Che, si no te molesta, tengo unas cosas que hacer. Mañana, sin falta, te veo en el río.
Y antes de que Dios pudiera protestar, le cerró la puerta en la cara. Terminó la cerveza de un sorbo y regresó a la pieza tratando de no hacer ruido.
—¿Con quién hablabas? —dijo la chica, que estaba despierta.
—Con Dioniso, dios del vino y del sexo.
—¿Dioniso era dios del sexo?
—Yo soy Dioniso —dijo Lavagna, y se arrojó a la cama.

lunes, 19 de enero de 2015

La oferta de Dios

Lavagna paseaba de noche junto al calmo río, cuando una voz grave lo interpeló.
—Soy Dios y tengo algo que decirle.
Lavagna se sobresaltó. Miró alrededor y no vio a nadie. Se encogió de hombros.
—Interrumpió usted mis pensamientos —gritó hacia arriba—. En fin, hable.
—He notado que últimamente escribe mucho sobre mí. Presiento que la temática genera controversia entre los lectores y eso aumenta los números del rating.
—Si intenta extorsionarme, sepa que no tengo un cobre.
—Atienda —se apuró a decir dios—. Usted escribía sobre otras cuestiones y no obtenía más que indiferencia. Ahora sus relatos dan lugar a grandes debates y eso es un cambio muy positivo.
—Por si no entendió, ando escaso de efectivo, maestro.
—Yo puedo promocionar tu obra. Tendrás miles de lectores y ganarás millones. Iremos cincuenta y cincuenta.
—¿Cómo sé que usted no es un estafador? ¿O un editor escondido atrás de un árbol, que se cree o hace pasar por dios? Además, yo estoy más convencido de aquellos que de usted, sepa disculpar.
—¿Tenés algo que perder?
—¿Tengo algo que ganar?
—Serás alabado y millonario.
—Prefiero unas cuantas mujeres hermosas y cerveza fría.
—Las tendrás.
—¿Qué hay que hacer?
—Hablar bien de mí. Volverme un Dios maravilloso ante los ojos de tanto descreído.
—Pero yo soy un detractor...
—Dirás que tuviste una iluminación. Que hablaste conmigo, aquí, junto al río.
—Nadie lo creería. Dirán que soy un agente de Bergoglio o que intento formar una secta.
—Habrá miles que te adorarán, sin importar las habladurías.
—Vea, señor... Aquí hay un problema de públicos. Ese no es precisamente el público al que yo me dirijo. Estamos yendo en direcciones opuestas, sin mencionar la calidad literaria.
—No tengo tiempo que perder, Lavagna.
—¡Si vos no tenés tiempo, che...!
—¿Aceptás el trato o se lo ofrezco a Coelho?
—Ya lo suponía. Dejame pensarlo hasta mañana, a la misma hora y en el mismo lugar.
Lavagna se esfumó y dios quedó solo junto al río.

domingo, 18 de enero de 2015

El juego

Era la tercera o la novena vez que ella hacía lo mismo y eso lo perturbaba demasiado. Hasta la había encontrado en sueños. En el boliche, ella se acercaba y lo invitaba a bailar. Simulando una inocencia que no tenía, se movía con soltura y lo rozaba, apenas, volviéndolo loco. Pero esta vez había llevado el contacto de los cuerpos a límites demasiado eróticos, cosa que a él lo motivó a insistir.
"Arranquemos", le dijo, "vayamos por ahí". Ella bailaba y reía. Hablaba de otra cosa. De la amiga que estaba sola, de la lluvia, de... cosas. ¿De la posición de los astros? ¿De tu cara de chiste? Podía ser, pero no. Reía, y esquivaba como la mejor.
En efecto, se divirtió un rato y se alejó otra vez. Como si fuera amante de las repeticiones, de ciclos eternos y de retornos lejanos, dejaba el juego en suspenso y demoraba el desenlace.
Al otro día, tomando mate en la plaza, le contó sus teorías y sentimientos a un amigo que lo escuchó en silencio. Al término, se encogió de hombros.

—No es tan complicado —repuso—, seguro que se encama con otro.

martes, 6 de enero de 2015

De lo estéril

Aunque todo parezca estéril hoy, mañana puede adquirir un sentido. El presente se enfría en el pasado, pero se acumula extraordinariamente.
Algo va a salir de todo esto. Lo sabemos, por más que lo ignoremos. Como el salmón que nada contra la corriente y es devorado por un oso. Puede pasar, pero también pudo haber pasado.