viernes, 30 de mayo de 2014

La comunicación

Era de noche. Hugo y Jorge tomaban vino en la cocina. Habían discutido un largo rato sobre el sentido de la vida, del arte, del amor, y no habían alcanzado ningún acuerdo. Ahora permanecían en silencio. Jorge terminó su vaso.
—En fin, es tarde y tendría que irme —dijo.
Hugo asintió. Se levantaron de la mesa y caminaron hasta la puerta.
—A veces creo que la comunicación es imposible —insistió Jorge—. Cuando pensamos que comprendemos al otro, digo, no es más que una ilusión. 
—A ver...
—Quiero decir que todo sentimiento, en apariencia compartido, es individual. Por eso hablar es en vano y todo diálogo, en el fondo, resulta falso.
—No voy a tolerar que me trates de falso y menos en mi casa.
—Ya me iba.
—Mejor así.

sábado, 24 de mayo de 2014

Quizá nunca puedas ver el aire

Cómo ibas a saber dónde meterte si le habías dicho que lo querías, que te gustaría pasar el resto de tu vida con él, amándolo, besándolo y soñándolo a cada instante.
Eras inocente, claro. Él te dio la espalda y se fue con otra, en tu cara; por eso te arrojaste en mis brazos cuando comenzaba el invierno. No sabías que seis meses eran toda una vida y que necesitabas esa pequeña muerte para iniciar un nuevo ciclo.
Fue lindo encontrarte en sueños, pero enseguida notaste que yo era demasiado etéreo y corriste en busca de tierra firme.
Es fácil perder la inocencia, pero los miedos se impregnan en la ropa, en el pelo, en las uñas... Su perfume deja rastros por donde camines.
Por mí no te preocupes, hace años que dejé de morir. Y no hay secreto, es muy simple en realidad, pero cuesta vida darse cuenta. Y es que vos también sos aire, nena. Quizá nunca puedas verlo.

viernes, 23 de mayo de 2014

Causas oscuras

La cerveza estaba caliente. Pepe la vació en el piso y siguió mirando a aquella morocha de vestido negro que bailaba con sus amigas. Es una locura, pensó. Despegó el codo de la barra y caminó hacia ella.
—Oíme, Débora. Si te toco una teta, ¿pensarías que lo hice a propósito?
—Obviamente.
—¿Por qué?
—Porque me lo estás advirtiendo.
—¿Y no se te ocurre pensar que la advertencia obedece a causas oscuras, inconscientes, mucho más complejas de las que vos y yo podemos llegar a imaginar?
—Bien, bien. Si yo te pego una cachetada, ¿pensarías que lo hice a propósito?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque todavía no te toqué la teta.
—Ya todo está escrito, Pepe.
Pepe sonrió. Estiró la mano y le rodeó la teta derecha como si fuera un sueño cumplido. La cachetada lo hizo retroceder dos pasos. Fue un sueño breve.
—Débora, te estaba invitando a salir —dijo Pepe, frotándose la cara.
—Yo también —dijo Débora.

martes, 20 de mayo de 2014

Un Luthier

Había tres guitarras y dos violines en el puesto del luthier. Un pequeño cartel indicaba que era José Domínguez, de Santiago del Estero. El viejo estaba detrás, acurrucado en una silla de plástico, como si los años lo hubieran adherido a ella. Los instrumentos brillaban, tenían terminaciones delicadas.
—Están muy lindos —dije—. Habría que fijarse si suenan bien...
El viejo se levantó de un salto y se quedó mirándome desde atrás de una guitarra, con un ojo a cada lado del mástil, sin decir nada. Me puse a estudiar los instrumentos. El viejo me acechaba en silencio. La situación se fue tornando incómoda.
—¿Usted sabe tocar? —dije finalmente.
—No, yo no las toco —dijo—. Únicamente las fabrico.
—Lástima. ¿Quiere un mate?
—No, gracias. No tomo mate.
—Bueno. Así que es santiagueño... —Señalé el cartel.
—En realidad no, pero hace mucho que vivo allá.
—Ah, ¿sí?
—...
Cebé un mate para mí y seguí mirando, especialmente las guitarras. Criollas, cuerdas de nailon... Estaban bien.
—¿Qué precios tienen?
—Hay desde mil quinientos hasta tres mil quinientos.
—Ajá...
—...
Indagar acerca de las maderas con que estaban hechas hubiese sido una tortura. Me cebé otro mate. El viejo aún tenía la cara detrás del mástil. Me lo figuré con un sombrero sobre los ojos y un ombú por ahí cerca, para hacer la siesta. Era una lástima que no supiera tocar, que no fuera una suerte de Cacho Tirao, o un poco menos. Tantas horas fabricando esas cosas y siempre para otros. Aunque, bueno, estaba la subsistencia. El pan sobre la mesa, che. La música quedaba para los Artistas, sin olvidar que las guitarras tenían su propio arte. Si el viejo fuese un gran músico probablemente no fabricaría instrumentos ni los mostraría en una feria.
En fin, me alejé. Había otros artesanos más allá. Cuando me detuve frente a uno que exponía cuchillos con mangos labrados en plata, no se me ocurrió preguntar si sabía usarlos.

lunes, 19 de mayo de 2014

Devolución

Quise darte lo mejor de mí
y te lo dí.
Vos te rebalsaste de mí
y me lo devolviste.
Fue muy amable de tu parte
porque ya no podía ser yo
ni nadie.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Perdedor

El equipo había vuelto a perder. Llevaba una seguidilla de cinco partidos. Qué distinta se veía la vida ahora, mientras regresaba en moto a su casa, sintiendo la espalda más encorvada que antes, los párpados más pesados, el aire más frío y más denso. Por fin comprendía la vida del perdedor, todo era gris e insípido. Se preguntó si podría acostumbrarse a eso. Se preguntó muchas cosas esa noche.

lunes, 12 de mayo de 2014

Redacciones

Por la tarde vino un flaco a la redacción de la revista.
—Tengo una historia extraordinaria —me dijo— y necesito que alguien la escriba por mí. Últimamente estoy demasiado enfocado en vivir como para desperdiciar mi tiempo con eso.
—¿Y por qué creés que otro debería escribirla? —dije.
—La verdad... no sé. ¿Vos sos consciente de todo lo que motiva tus actos?
—No estoy seguro. En fin, te escucho.
El flaco contó todo con lujo de detalle, me dio la mano y se fue. Estaba loco, pero era una buena historia.
Lo primero que hice fue terminar mi crónica sobre la feria de artesanos. Después anoté esto y también me fui.

viernes, 9 de mayo de 2014

Se parecía a Charles Bukowski

Anoche estaba aburrido y fui al bar. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Al lado tenía a un viejo con su vaso de whisky. El barman me alcanzó la botella. Tomé el primer vaso de un trago y volví a servir.
Sonaba un blues tranquilo y había poca gente. El viejo de al lado se parecía a Charles Bukowski. Me froté los ojos. Volví a mirar. Era Charles Bukowski.
—Eh, Bukowski —le dije—. Veo que seguís buscando historias en los bares.
El viejo ni se mosqueó.
—Siempre el mismo hijo de puta —dije—. Sé que estás muerto, pero déjame decirte que te considero un muy buen escritor. Quizá el mejor. Tus cuentos son brutales, sacuden al lector. Me gustaría lograr algo de eso en mi escritura.
Bukowski terminó su whisky de un trago y me miró de reojo un instante, con cara de poker. No dijo una sola palabra. Su mirada se perdió otra vez detrás de la barra, entre las botellas y el espejo. Terminé mi vaso, lo llené y también llené el suyo.
—Escuchá, viejo. Leí un par de libros tuyos —dije—. Te gusta fanfarronear con las peleas sinsentido y todo eso. Más vale que dejes de ignorarme o te voy a romper el alma a patadas en el culo.
El viejo hizo una mueca, una especie de media sonrisa, pero no se movió. Lo estudié. Daba la impresión de que meditaba alguna cosa. Por fin levantó su vaso y lo acabó de un sorbo. Yo hice lo mismo.
—No vas a hablarme en toda la noche, ¿cierto?
Su respuesta fue la misma inmovilidad. Lo medí. Abandoné la banqueta y me lancé sobre él. Pasé de largo. Caí contra una mesa, a los pies de una pareja. Me miraron. Todos en el bar me miraron.
—¡Viejo de mierda! —dije.
Me levanté. El viejo se reía de mí. Se había tomado lo que quedaba en la botella. Volví a mi asiento. El barman me observaba con el ceño fruncido.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
No respondí. Me quedé viendo de reojo a ese viejo fantasma, preguntándome qué carajo estaría haciendo en aquel bar. No se me ocurrió nada, además de beber, así que hice una seña al barman y pedí otra cerveza.

jueves, 8 de mayo de 2014

Carta de presentación

Buenas tardes.
Soy un escritor anónimo que publica en un blog que nadie visita.
Hasta que un día usted se topa accidentalmente con mis textos y la curiosidad lo impulsa a leer.
Finalmente descubre que durante todo este tiempo no se ha perdido gran cosa.

Sustituciones

—Estoy harto de escribir —dijo Suárez—. Nada de lo que hago es genial.
—¿Por qué no probás con la música? ¿O con la cocina gourmet?
—Sucede que llevo años conquistando mujeres con las posibilidades de mi genio. Siempre les hablo de proyectos grandiosos. Se enamoran, se entregan por completo a noviazgos intensos. Luego, soy incapaz de realizar nada.
—¿Y qué hacen cuando te descubren?
—Se van —murmuró Suárez—, pero enseguida aparece otra y me olvido.