EF —Viste cuando escribís cosas que nada que ver...
O —Sí.
EF —Bueno, todo el tiempo. Me frustra un poco.
O —¿Por qué no cambiás los métodos?
EF —¿Métodos?
O —Sí, qué se yo. Buscar enfoques creativos.
EF —¿Por ejemplo?
O —Narrar la escena de Guillermo Tell desde la perspectiva de la manzana.
EF —¿Y eso para qué serviría?
O —¡Idiota utilitarista! Para mover la maquinaria, viejo, para qué va a ser.
EF —Creo que mejor busco trabajo en McDonals.
O —Podés escribir sobre alguien que consigue trabajo en McDonals.
EF —Y a escondidas come las sobras de hamburguesa.
O —Y al tercer día las detesta.
EF —Y al quinto quiere matar al hijo de puta del supervisor.
O —El sexto día tiene una fuerte discusión con una vieja sorda que no sabe hacer el pedido.
EF —En su segunda semana sufre una tremenda diarrea y no le permiten ir al baño.
O —Descubre que los certificados médicos carecen de validez.
EF —Tras varias horas de fruncir el culo, se caga estrepitosamente encima.
O —Con absoluta conciencia.
EF —Y ahora, aliviado, vuelve a sonreír a los clientes mientras toma pedidos y entrega tickets.
O —Por tanto sacrificio, es candidato a empleado del mes.
EF —Sí, quizá lo intente.
O —¿Al relato?
EF —No, trabajar en McDonalds.
martes, 31 de mayo de 2016
Ayuda ambulante
Juan estaba sentado en un banco de plaza, mirando los
árboles, cuando se le acercó un hombre de sobretodo gris y sombrero negro.
—Hola, vengo a ayudarte —dijo.
—¿A qué? —repuso Juan.
—Eso es decisión tuya.
—En este momento no necesito ninguna ayuda, gracias.
—Ahí está —sonrió el viejo—, el primer conflicto a superar:
admitir que necesitamos ayuda.
—Por supuesto. ¿Sería tan amable de dejarme solo?
—Aislamiento y soledad, las principales causas de depresión.
—Estaba perfectamente hasta que llegó usted.
—Típico, creer que podés con todo...
—No quiero nada...
—¡Y sin deseos!
—Nada que tenga que ver con usted —completó Juan.
—Ensimismado, incapaz de abrirse a nuevas
experiencias —insistió el viejo.
—¿Qué quiere? —preguntó resignado.
—Que asistas a una sesión. —El viejo sacó una tarjeta del bolsillo y
se la extendió al joven.
—¿Coaching? —leyó.
—Eso mismo. El precio lo podemos charlar, hay promociones...
El viejo se puso a hurgar en el interior de su sobretodo. Cuando por fin logró extraer su agenda, en el banco apenas quedaba su tarjeta junto a una cagada de paloma.
lunes, 30 de mayo de 2016
Finalidad
—He descubierto el fin de la vida —dijo Aníbal, segundos antes de morir postrado en una cama sucia de la habitación 114 de un hospital cualquiera, sin nadie que lo escuchara.
martes, 24 de mayo de 2016
viernes, 20 de mayo de 2016
Una de vampiros
"¿Qué se sentirá ser un vampiro?", se preguntó Migue, mientras miraba una película echado en el sillón. Se incorporó para darle un buen trago a la cerveza. Luego eructó y apoyó la botella en el suelo.
-¿Qué se sentirá ser un vampiro? -dijo en voz alta.
-Si no sabés vos -murmuró su novia desde la cocina.
-¿Qué? -gritó Migue.
Como no llegó ninguna respuesta, se concentró en la película. La había agarrado empezada en Cinecanal y ahora dos tipos y una rubia se armaban con estacas, biblias y ristras de ajo para ir a la guarida del Conde Drácula. Migue se preguntó si los bifes al ajo del restaurante peruano de la esquina servirían para inmunizarse. Al imaginarlo sintió algo parecido al hambre.
Los justicieros se aproximaban en carreta al imponente castillo de la montaña, cuando Migue sintió un ruido en la cocina. Le pareció el deslizamiento de la ventana hasta hacer tope. Siguieron unos pasos y algo que cayó al piso. Migue se sonó los dedos del pie contra el sillón, dio otro trago a la cerveza y bostezó.
-¿Querés que encarguemos comida en los peruanos? -dijo, como si hablara al televisor.
Desde la cocina llegó una risita, un murmullo. No hubo respuesta. Migue bajó el volumen del televisor y se sentó.
-Che, te hablé. ¿Pedimos comida?
Llegaron más risas. Crecían en intensidad. Ella reía como si sufriera un ataque de cosquillas. A Migue le pareció escuchar otra voz por lo bajo y se levantó. Caminó en puntas de pie hasta la cocina y desde la puerta los vio. Su novia, sin remera y con el pelo revuelto, abrazaba a un tipo engominado que le estaba mordisqueando las tetas. Los vidrios se habían empañado por el agua que hervía en la olla. Las verduras yacían picadas y olvidadas en la tabla; la cuchilla, en el piso. Migue carraspeó y los amantes tardaron unos segundos en interrumpirse. Se quedaron mirando, como si alguien sobrara. Migue iba a decir algo, pero vio los dos puntos de sangre en el cuello de su novia y dejó caer los brazos pesadamente. Lo demás era predecible. Hubo una explosión de humo blanco y los dos murciélagos escaparon por la ventana, hacia el cielo de luna llena. Antes de regresar al sillón, Migue levantó el cuchillo, apagó la hornalla y, por las dudas, dejó abierta la ventana.
-¿Qué se sentirá ser un vampiro? -dijo en voz alta.
-Si no sabés vos -murmuró su novia desde la cocina.
-¿Qué? -gritó Migue.
Como no llegó ninguna respuesta, se concentró en la película. La había agarrado empezada en Cinecanal y ahora dos tipos y una rubia se armaban con estacas, biblias y ristras de ajo para ir a la guarida del Conde Drácula. Migue se preguntó si los bifes al ajo del restaurante peruano de la esquina servirían para inmunizarse. Al imaginarlo sintió algo parecido al hambre.
Los justicieros se aproximaban en carreta al imponente castillo de la montaña, cuando Migue sintió un ruido en la cocina. Le pareció el deslizamiento de la ventana hasta hacer tope. Siguieron unos pasos y algo que cayó al piso. Migue se sonó los dedos del pie contra el sillón, dio otro trago a la cerveza y bostezó.
-¿Querés que encarguemos comida en los peruanos? -dijo, como si hablara al televisor.
Desde la cocina llegó una risita, un murmullo. No hubo respuesta. Migue bajó el volumen del televisor y se sentó.
-Che, te hablé. ¿Pedimos comida?
Llegaron más risas. Crecían en intensidad. Ella reía como si sufriera un ataque de cosquillas. A Migue le pareció escuchar otra voz por lo bajo y se levantó. Caminó en puntas de pie hasta la cocina y desde la puerta los vio. Su novia, sin remera y con el pelo revuelto, abrazaba a un tipo engominado que le estaba mordisqueando las tetas. Los vidrios se habían empañado por el agua que hervía en la olla. Las verduras yacían picadas y olvidadas en la tabla; la cuchilla, en el piso. Migue carraspeó y los amantes tardaron unos segundos en interrumpirse. Se quedaron mirando, como si alguien sobrara. Migue iba a decir algo, pero vio los dos puntos de sangre en el cuello de su novia y dejó caer los brazos pesadamente. Lo demás era predecible. Hubo una explosión de humo blanco y los dos murciélagos escaparon por la ventana, hacia el cielo de luna llena. Antes de regresar al sillón, Migue levantó el cuchillo, apagó la hornalla y, por las dudas, dejó abierta la ventana.
miércoles, 4 de mayo de 2016
dios es amor
Acababa de salir una formación de la línea D donde un alma anoréxica se hubiera quedado afuera. Todos disfrutamos al conseguir asientos en el siguiente tren. Podía ver las caras relajadas de los que estaban enfrente: una mujer deportista, una chica con auriculares, pero la felicidad emanaba de un par de jóvenes que llevaban bolsos y mochilas. Reían y hacían chistes del caso, hasta que se acercó una vieja hablando sola y le pidió el asiento al pibe que estaba al lado de la puerta, alegando que ahí le daba mejor el aire. Era canosa, gorda y de baja estatura, y llevaba dos bolsas de supermercado con mantas o ropa. El pibe se levantó y arrastró sus cosas hacia el pasillo.
—Hay que compartir todo —dijo la vieja mirándolo desde el asiento—, porque todo es propiedad de dios. El oro, la plata... todo es de él.
—¿Usted cree que a dios le importa el oro y la plata? —indagó el pibe.
—Todas las personas son propiedad de Dios —siguió la vieja—: Él las compró cuando vino al mundo. Las compró con sufrimiento, con todo el mal que le hicieron los judíos.
El pibe y la vieja se quedaron mirando. Ésta vestía un pullover gastado de color celeste con el logo de Tomy Hilfiger. El pelo blanco resaltaba sus ojos celestes.
—Por eso nunca hay que perder la fe —continuó—. Los ateos son malos, no quieren ni a los perros... ¿Vos seguiste yendo a la iglesia después de la comunión?
—No, señora.
—¿Y tu familia no va a la iglesia?
—Tampoco.
—¿Ni para Navidad?
—No.
—¿Y para Semana Santa tampoco?
—No, señora. Nunca.
La vieja hizo una pausa para tragar saliva. Era como si un espíritu estuviera entrando a su cuerpo.
—Conocí a un hombre —arrancó—... era ateo y lo perdió todo. Tuvo una muerte dolorosa.
—Sí, todos nos vamos a morir...
—Pero no como él. Los ateos se mueren mal, con muchísimo dolor. Nadie más muere así. Yo hace poco casi me voy. —La vieja se tocó el pecho—. Ochenta años.
—Mire usted.
—Cuatro horas estuve. Sentía como que iba en un río y que me ahogaba. ¿Sabés lo que se siente?
—No, nunca me pasó.
La vieja lo miró con disgusto.
—Pero lo habrás visto en alguna película... o te podés imaginar.
—Sí, señora. Puedo imaginar.
—Bueno —reanudó con voz quebrada—, iba como en un río y me ahogaba. Cuatro horas estuve y me revivieron los médicos. Pero no me salvaron ellos. Fue Dios el que estuvo conmigo. Dios los puso a ellos para que me salvaran. —Los ojos celestes de la vieja se abrieron como el humo—. Pero a los basura, a los basurita, a esos sí... les espera una muerte dolorosa.
—¿A quiénes se refiere cuando dice basura-basurita?
—¿A quién va a ser? ¡A los ateos!
Hubo un silencio. Todo el vagón parecía estar atento al diálogo. Algunos se esforzaban por contener la risa.
—¿Usted no podría amar a un ateo, señora? —intentó el pibe.
—¡No! Ellos no quieren a nadie. Odian a todo el mundo, hasta a los perros... los matan. Son el demonio y van a morir con dolor.
El pibe bajó en Scalabrini Ortiz. Saludó a la vieja, que le devolvió el saludo. Después siguió predicando, pero nadie le prestó atención.
—Hay que compartir todo —dijo la vieja mirándolo desde el asiento—, porque todo es propiedad de dios. El oro, la plata... todo es de él.
—¿Usted cree que a dios le importa el oro y la plata? —indagó el pibe.
—Todas las personas son propiedad de Dios —siguió la vieja—: Él las compró cuando vino al mundo. Las compró con sufrimiento, con todo el mal que le hicieron los judíos.
El pibe y la vieja se quedaron mirando. Ésta vestía un pullover gastado de color celeste con el logo de Tomy Hilfiger. El pelo blanco resaltaba sus ojos celestes.
—Por eso nunca hay que perder la fe —continuó—. Los ateos son malos, no quieren ni a los perros... ¿Vos seguiste yendo a la iglesia después de la comunión?
—No, señora.
—¿Y tu familia no va a la iglesia?
—Tampoco.
—¿Ni para Navidad?
—No.
—¿Y para Semana Santa tampoco?
—No, señora. Nunca.
La vieja hizo una pausa para tragar saliva. Era como si un espíritu estuviera entrando a su cuerpo.
—Conocí a un hombre —arrancó—... era ateo y lo perdió todo. Tuvo una muerte dolorosa.
—Sí, todos nos vamos a morir...
—Pero no como él. Los ateos se mueren mal, con muchísimo dolor. Nadie más muere así. Yo hace poco casi me voy. —La vieja se tocó el pecho—. Ochenta años.
—Mire usted.
—Cuatro horas estuve. Sentía como que iba en un río y que me ahogaba. ¿Sabés lo que se siente?
—No, nunca me pasó.
La vieja lo miró con disgusto.
—Pero lo habrás visto en alguna película... o te podés imaginar.
—Sí, señora. Puedo imaginar.
—Bueno —reanudó con voz quebrada—, iba como en un río y me ahogaba. Cuatro horas estuve y me revivieron los médicos. Pero no me salvaron ellos. Fue Dios el que estuvo conmigo. Dios los puso a ellos para que me salvaran. —Los ojos celestes de la vieja se abrieron como el humo—. Pero a los basura, a los basurita, a esos sí... les espera una muerte dolorosa.
—¿A quiénes se refiere cuando dice basura-basurita?
—¿A quién va a ser? ¡A los ateos!
Hubo un silencio. Todo el vagón parecía estar atento al diálogo. Algunos se esforzaban por contener la risa.
—¿Usted no podría amar a un ateo, señora? —intentó el pibe.
—¡No! Ellos no quieren a nadie. Odian a todo el mundo, hasta a los perros... los matan. Son el demonio y van a morir con dolor.
El pibe bajó en Scalabrini Ortiz. Saludó a la vieja, que le devolvió el saludo. Después siguió predicando, pero nadie le prestó atención.
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