Juan estaba sentado en un banco de plaza, mirando los
árboles, cuando se le acercó un hombre de sobretodo gris y sombrero negro.
—Hola, vengo a ayudarte —dijo.
—¿A qué? —repuso Juan.
—Eso es decisión tuya.
—En este momento no necesito ninguna ayuda, gracias.
—Ahí está —sonrió el viejo—, el primer conflicto a superar:
admitir que necesitamos ayuda.
—Por supuesto. ¿Sería tan amable de dejarme solo?
—Aislamiento y soledad, las principales causas de depresión.
—Estaba perfectamente hasta que llegó usted.
—Típico, creer que podés con todo...
—No quiero nada...
—¡Y sin deseos!
—Nada que tenga que ver con usted —completó Juan.
—Ensimismado, incapaz de abrirse a nuevas
experiencias —insistió el viejo.
—¿Qué quiere? —preguntó resignado.
—Que asistas a una sesión. —El viejo sacó una tarjeta del bolsillo y
se la extendió al joven.
—¿Coaching? —leyó.
—Eso mismo. El precio lo podemos charlar, hay promociones...
El viejo se puso a hurgar en el interior de su sobretodo. Cuando por fin logró extraer su agenda, en el banco apenas quedaba su tarjeta junto a una cagada de paloma.
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