jueves, 11 de diciembre de 2014

Silencio calle y estrellas

Ella está lavando los platos. Podría ser yo, pero esta vez es ella. El televisor está encendido en la cocina y alguien habla sin respiro, aunque no logro escuchar una sola palabra. No me interesa. Le doy la espalda y miro hacia ella. Tiene el pelo recogido. La espalda huesuda asoma sobre la musculosa y las piernas largas, envueltas en un jean azul, se clavan en el piso, un poco inclinada sobre la izquierda. El silencio domina al mundo y también al televisor. Ni siquiera llegan ruidos de la calle, hasta que una taza se escurre de sus manos, rueda por la mesada y se desarma en pedazos al caer. Como el amor, igual. El asa rebota y resbala hacia mí, entera. Se detiene en mi pie izquierdo. Levanto la taza invisible por el asa y bebo aire, mientras un auto pasa rápidamente por la calle. Ella no dice nada. Cierra la canilla, se aleja y regresa con una escoba. No me mira. Termina de barrer, tira los vidrios al cesto, apoya la escoba en la mesada y continúa con los platos.
Qué noche maravillosa, pienso. Hace tiempo que todas son algo por el estilo, pero qué más da. No puedo hacer nada. La vida debe ser así, me lo han dicho muchas veces. ¿Cómo se hace para llegar a esto? ¿Cómo se sale?
Una vez más estoy tratando de razonar una salida cuando ella termina la limpieza. Se seca con un repasador y gira. Por primera vez me mira, al pasar hacia el baño. La especie de mueca que pretendía ser sonrisa queda grabada en mis retinas. Yo debo haber hecho lo mismo. Inconscientemente, claro. Me rasco la barba, como si eso ayudara a la reflexión. Cuánto hace que estoy pensando estas cosas y todavía no llegué a nada. Ya no sé si soy un estúpido o si realmente los problemas domésticos no tienen solución. Cuando escucho la cadena del inodoro imagino que esa es una posible salida, pero me genera desconfianza, por su simpleza.
La puerta del baño se abre. Ella sale con la cara lavada, un aire cansado y las piernas más largas envueltas en jean. Da la vuelta a la mesa y se sienta. Yo, que todavía miro hacia la cocina, tardo un rato en enderezar la silla. Mientras tanto hago como si estuviera pensando, pero en realidad no pienso nada. Tengo la mente en blanco y el asa en la mano.
Cuando me acomodo, la veo con los codos sobre la mesa y los ojos clavados en ella, como si le pesaran y estuvieran por caerse. Suspira. El suspiro es largo. Recorre la mesa, entra por mis oídos e invade todo mi cuerpo. La vida no puede ser tan triste. Ella levanta la cabeza y balbucea algo. Noto un pequeño temblor en un costado del labio y me retrepo a la silla para entablar un diálogo en condiciones dignas.
—No podemos seguir así —dice, mirando a la mesa. 
Una corriente fría me surca la espalda en un segundo y no termino de entender por qué. Ahora levanta su cabeza, pero no me está mirando, sino a un punto que está detrás de mí. Me atraviesa como si hubiera un túnel en mi frente.
—En estos días estuve pensando —continúa— y creo que lo mejor es terminar.
Me inclino sobre el respaldo y quedo mirando al techo. Mientras ella habla para redondear la idea, pienso que habíamos rondado por lugares parecidos. Es una obviedad... ¿Y por qué nunca lo hablamos? La palabra, el diálogo, suena muy lindo, pero... ¿sirve gran cosa? Acude a mi mente el frío de la calle, agosto que me espera con sus helados brazos abiertos detrás de la puerta. Entonces la miro y sonrío, con amargura. Sí, todo es amargo, pero igual sonrío. Digo alguna cosa. No sé qué cosa. Alguna estupidez para salir del paso. La realidad está bien, la acepto estoicamente. Puedo adaptarme a cualquier circunstancia. No existen cambios que sean demasiado duros, demasiado insoportables, como para no encajar más tarde o más temprano en su sistema. El sufrimiento es un estado interesante y no está mal visitarlo de vez en cuando.
Anuncio que me voy y me levanto. Ella da la vuelta a la mesa y nos damos un abrazo gastado. El tiempo permanece inmóvil en un rincón de la casa. Se escucha una moto ruidosa, debe ser una Zanella (es el tipo de pensamientos que configura este momento). Necesito irme rápido; me separo y camino hacia la puerta. Ella me sigue. Hago un comentario para desaparecer con cierto decoro e ingreso al afuera. 
Observo el nuevo mundo con renovada agudeza. El cielo está estrellado y la luna duerme su gran siesta en la oscuridad. El frío me envuelve como agua, se adapta a mi forma. Me frotaría las manos, pero aún tengo el asa en la derecha. Mejor guardarlas en los bolsillos del pantalón. 
La puerta se cierra a mis espaldas. Sonrío. Cruzo la calle y me pierdo para siempre en la primera esquina.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Jack

¡Ah, viejo Jack! Te veo en el mismo instante en que me siento a escribir. Lanzando flechas de papel al pecho de la vida, volando con las alas rotas, imaginando que el mundo no va a durar mucho más y que vos estás ahí, a un lado de la ruta o saltando a un tranvía en movimiento, dando de comer a un vagabundo y actuando como si fueras uno de ellos pero con suficiente dinero y comida como para vivir un mes y convidar. Sí, Jack. Yo también fui eso. También actué de vagabundo. Tenía que saber, que experimentar… porque se nos ha metido en la cabeza que debemos cambiar y correr y movernos y excitarnos como para no ser excluidos de esta gran orgía cotidiana de cerveza rock & roll marihuana bolichito plaza country fiesta gente cool. Por momentos esa rueda se detiene y en un remanso inexplicable cae una gota de estrella con algún presagio o visión o truco fácil del destino. Hubo un tiempo en que imaginé mi futuro en la calle, comiendo restos de comida de los bares, juntando sobras en la playa o tocando timbres para manguear a las familias cualquier cosa que no fueran a consumir. Sí, lo hice y aún no lo he descartado seriamente. Es que por todas partes hay algo que sobra y algo que falta, porque este mundo desperdicia demasiado tiempo y demasiada vida como para hacer lo mismo que todos y no aprovechar esa abundancia. Y lo peor es que todos lo saben y nadie es capaz de gritarlo.
Los dueños de la moral pueden decir que todo esto es egoísta y no sería una mentira, pero ¿quiénes son ellos para juzgar! ¡Que se pudran en sus cuevas de cristal, junto conmigo! Si tan solo supiéramos hacia dónde estamos yendo, algún estúpido acto de cordura podría tener sentido. Pero no es el caso. La maravillosa máquina de pasar los días y este torbellino de polvo cibernético están atrofiando el cosmos. Cada vez veo menos el sol y en realidad eso no tiene ninguna importancia. Es lo mismo vivir de noche que de día; vivir entre montañas de cemento o encerrado entre arboledas y pájaros. Pero, ¿por qué es lo mismo? Apenas resuena el eco de esa pregunta en mi cráneo y comienzo a retorcerme como una víbora ciega, picoteada por hormigas y gorriones, perseguida por un miedo invisible.
Quizá nada de esto tenga sentido pero no puedo detenerme, Jack. Necesito salir y correr hacia ninguna parte. Surcar las calles como un autómata y continuar así, sin pensar, sin pensar hasta perderme como cualquiera. Como todos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Relato breve

Hace algunas noches me esforzaba por escribir algo cuando llegó Paula. Venía de una cena con sus amigas.
—Hola amor —dijo.
—Llegaste en el momento justo. A ver si me das alguna idea para escribir un relato breve en el blog.
—¿No importa la calidad?
—Más o menos…
—Bueno, escribí sobre sexo.
—¿Por qué?
—Si escribís como en la práctica, tenés la brevedad asegurada.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una lluvia

Un día como hoy, en que la ciudad se tiñe de tristeza, el asfalto parece más gris y los árboles objetos deslucidos... apenas se oye el chapoteo de neumáticos que llega desde la calle y alguna moto ruidosa que  suena como tos de vieja.
Esta frío y llueve, es verdad. Pero en algún momento descubro que no se trata de eso. Que no es el cielo y tampoco la lluvia, sino que soy yo. Soy yo el que me siento encerrado, vacío y solo. Soy yo el que no encuentra una escapatoria al calabozo que fabrica la angustia y espero la muerte como un anciano en su cama polvorienta.
Porque desprecio el presente y descreo del futuro, soy un moribundo que carga una pesada cruz sobre la espalda y camina arqueado sobre sus rodillas.
No consigo ver el sol detrás de las nubes, no respiro el perfume de los tilos, no entiendo el significado de una flor.
—¡Vamos, hombre, tenés que inventar algo! —intenta gritar una parte de mí.
Jamás la escucho. Solo oigo los pensamientos más pesados.
Eso confirma que soy un sordo.
Y un necio.

martes, 18 de noviembre de 2014

La mirada del otro

A veces entro a este sitio y me leo.
Es como hablar solo por la calle.
Y hablar solo estupideces.
A los gritos.
Si alguien me viera, pensaría que estoy loco.
Y lo estoy.
(Aunque no tanto
como quisiera).

lunes, 10 de noviembre de 2014

Diálogo de locos

—Está oscuro aquí adentro —dijo el ciego.
—Hablá más bajo, que hay gente durmiendo —rimó el mudo.
—¡Te escuché! —gritó el sordo.
—Es imposible que esto esté sucediendo realmente —pronunció correctamente el tartamudo.
—¿Será que lo estoy soñando? —dijo un despierto.
—Yo no lo soñé —afirmó un pelado enigmático.
—Este está convencido de que no lo soñó, mientras yo apenas sé que no se nada —alardeó Sócrates.
—No te hagás el vivo —retrucó el muerto.
—Son todos unos estúpidos —escupió el más estúpido de todos.
—Uh, caí re tarde —dijo, entre risas, el retardado.
—Che, ¿ninguno va a hablar dos veces? —interrumpió el eco.
—Che, ¿ninguno va a hablar dos veces? —insistió.
—Es sólo un truco —advirtió el mago.
—Pura literatura —se quejó el crítico literario.
—Bah —suspiró el quejumbroso.
—Estos receptores parecen imposibles —agregó una aguja hipodérmica que seguía la charla con entusiasmo.
—Bueno, terminala —ordenó el delfín.
—Tienen razón —dije.
—¿Y vos qué te metés? —gritaron todos al unísono.
—¿Me hablan a mí? —se atajó el Unísono.
—No, le decimos a aquel otro.
—¿Y yo qué tengo que ver? —se defendió, ahora, Aquel Otro.
—No intenten quitarme protagonismo —dije—. En este plano mando yo.
—No estés tan seguro —hizo saber el paranoico asomado bajo el mantel.
—¿Y si los liquidamos a todos? —me sugirió un verdugo.
—Sería incapaz de hacer algo así.
—Dale, es divertido —convidó Robledo Puch.
—Ah, bueno… Acá dejan entra a cualquiera —dijo un colado.
—Che, ¿falta mucho para que esto termine? —cuestionó un ansioso.
—Es que no sé cómo terminarlo —me sinceré.
—Redondeá, pibe —sugirió el círculo íntimo de Fernando Redondo.
—Yo lo termino —se ofreció el verdugo.
—Dios es el único con el poder de acabarla —gimió una monja sin crucifijo a la vista.
—La intervención del delfín hubiese sido un buen cierre —acotó Giancarlo Braguetta (cineasta napolitano).
—Haberlo sabido antes —lloró un nostálgico.
—Yo les garantizo una buena salida —dijo Houdini.
—Paso —se apuró a decir Juan José.
—¿No había hablado otro mago antes? —protestó un perfeccionista.
—¿Y por qué no puede haber dos? —repreguntó un siamés.
—¡Eso! —ratificó el hermano, palmeando la espalda que compartían.
—Se puso muy rebuscada la cosa —dijo un director de telenovela mexicana.
—¿Acaso el narrador se quedó sin recursos? —pensó en voz alta un lector irónico.
—¡No soporto más! ¡Este es el fin! —gritó un suicida mientras saltaba por la ventana.
—Lo echaremos de menos —se lamentó el Pinino Más.
—Estuve escuchando atentamente desde el comienzo y en este antro del patriarcado no se otorga voz a las mujeres —rugió una feminista.
—Estas siempre quieren controlar todo —deslizó por lo bajo un gobernado.
—Si sigue cayendo gente al baile, moriremos asfixiados —calculó un claustrofóbico que estaba cada vez más cerca de la ventana.
—Nunca oí una mentira tan grande —confesó Pinocho.
—¡Auugch! —se retorció el flamante tuerto que estaba enfrente.
—¡Vo' callate, Pinoché...! Si so' de madera so' —agitó una muñeca de trapo.
—¿Y por qué tenían que aparecer muñecos? —se preguntó Gallardo.
—Son cosas del destino —auguró una gitana y se esfumó.
—Y pensar que todo esto es producto de mi imaginación —dedujo un esquizofrénico, hamacándose agazapado en un rincón.
—Todos no —desafié, con aire de superioridad.
—¿Quién te dice? —soltó el viejo que siempre dejaba las frases abiertas—. En una de esas…

jueves, 6 de noviembre de 2014

Ego Maslíah y una breve reflexión sobre sus personajes

En los últimos meses he dedicado tiempo a repasar mi vasta obra literaria y surgió un interrogante, de índole crítico y filosófico, cuando descubrí que todos los personajes principales, en algún aspecto o en otro, se parecían a mí.
¿Marca eso los limites de un escritor o representa, acaso, la búsqueda de la perfección?

martes, 4 de noviembre de 2014

Mensajería para la muerta

Y se había muerto nomás. Cuando recibió la noticia lo primero que se le ocurrió fue "puta, pensé que yo iba a morir primero". Tenía el facebook abierto e imaginó lo estúpido que era hablarle a una madre muerta (o a cualquier pariente o amigo ido) por ese medio.
Todo el que escribe a un muerto por internet se está dirigiendo a los lectores, no hay otra. Para levantar compasión, para hacer que el resto recuerde al difunto igual que uno. El estilo epistolar es sin duda más sensacional, tiene llegada. Pero es imposible que alguien suponga realmente que los espíritus y toda esa cosa etérea tengan wi-fi en el más allá.
Si bien es cierto que hay muchos rituales en conmemoración de los muertos, todos ellos se hacen para los vivos. Desde los bailes y funerales africanos, hasta... qué se yo. Son una forma de memoria, apenas, que registra el paso del tiempo, la certeza de la muerte y la continuidad de la vida. Le van avisando a los nuevos, a los críos, que desde que llegamos al mundo todos nos estamos yendo.
La vieja se había muerto, era un hecho.
¿Y para quién eran sus reflexiones?, se preguntó. Y se dijo que para sí mismo. Para esquivar la trampa de los lugares comunes en que la sociedad teje una y otra vez la misma tela de la rutina. Uno le habla al muerto por internet y todos le hablan a sus muertos a su debido tiempo.
Bueno, no todos. También hay gente decente.
El caso es que la muerta se murió y el mundo sigue. "Yo sigo y nosotros seguimos... claro, por ahora", se dijo.
Entonces miró el reloj en la pared y no pudo contener la risa. Había calculado que en tres horas estaría llegando a la casa velatoria, donde el olor a café, los abrazos, las lágrimas y pobre vieja.

viernes, 31 de octubre de 2014

Ego Maslíah, el narrador y la realidad

Desperté sobresaltado. Había soñado que Luis, mi amigo de toda la vida, moría atropellado por un elefante. Yo estaba en un banco de plaza, intentando seducir a una hermosa mujer, cuando el siniestro aconteció entre los árboles, a pocos metros. Los dos nos levantamos de un salto y corrimos. Había olor a nafta y el elefante se prendió fuego. El árabe que lo piloteaba, a los gritos, con su turbante en llamas y una espada en la mano, se arrojó hacia un costado. Rodó y se puso en guardia. Desde su lugar amenazaba a todo el que intentara acercarse. Y el pobre Luis yacía sobre una hilera de pensamientos amarillos. Apenas si se movía, hasta que el elefante explotó. La llamarada fue enorme y se llevó la imagen.
Retorné a la oscuridad y al silencio de la pieza. Por las hendijas de la persiana entraba la luz flaca y anaranjada de la calle. Perdí a la mujer del sueño y Luis debe estar quién sabe dónde. Por un instante se me ocurrió llamarlo, pero... mejor no. Mejor me doy vuelta y sigo durmiendo.
¿Por qué tuvo que terminar así? Ni siquiera pude saber su nombre. Quizás...

jueves, 30 de octubre de 2014

Ego Maslíah, el observador sin tiempo

No eran una pareja feliz, claro, pero habían pasado setenta y cuatro años juntos. "¿Quién es feliz?", decía el viejo. "Tengo noventa y dos pirulos, ¿me voy a separar ahora?"
¿Qué habrá ocurrido en todo ese tiempo? ¿Qué habrán vivido y reflexionado esos dos muchachos que ahora se arrugan en la vereda, con sus reposeras y el mate al atardecer?
Ah... qué locura pensarlo, ¿no? Más vale detenerse en este punto y dedicarse a vivir. No sea cosa que el tiempo nos sorprenda de un día para el otro ahí sentados, respirando apenas, y viendo a la gente que pasa, como la vida, por delante de nuestras narices y alejándose cada vez más.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Una aproximación al lenguaje

—¡Jaaaaaaaaa jaaraajajaaa jajaaaja!
—¿De qué te reís?
—No me estaba riendo.
—¿Y entonces qué eran esos gritos?
—Estoy inventando un idioma.
—Vos estás loco.
Pasaron un instante en silencio.
—¡Jaaaaaaa jaaararajaja jajjjrarajaa!
—A ver... ¿y eso qué significaría?
—Que sos un pelotudo que se cree todo lo que le dicen.

viernes, 24 de octubre de 2014

Ego Maslíah, el narrador etnocéntrico

Estaban los extraterrestres Chimi y Changa, sentados mirando la enorme luna.(Y nótese que digo "extraterrestres", porque el punto de vista del narrador es de un terrestre y, para los terrestres, los extraterrestres son entes más bien apátridas, desarraigados, sin identidad ni buenas costumbres. De lo contrario serían señores marcianos, plutonianos, solanos, o cualquier otro ano que se les ocurra).
Y bueno, en definitiva no pasó nada con Chimi y Changa. Eran una excusa para hablar un poco del narrador, es decir, de mí. Quizá fueron felices, o pudieron ser exterminados por la humanidad en una expedición cualquiera. Saludos, terrícolas.

jueves, 23 de octubre de 2014

Sexo

—Maestro, ¿por qué cree que los escritores modernos abordan tanto la temática del sexo?
—Porque no se les para.
—¿Y cómo explica el caso de las escritoras?
—Es evidente, nunca se les paró.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Medicina futurista

¡Doctor, doctor! Tengo una duda, no sé si soy hombre o mujer.
—No se preocupe, engendro. Es lo más normal.

jueves, 2 de octubre de 2014

La ventana

La luz amarilla caía directamente sobre el cuerpo de la mujer, que yacía junto a la cama, boca abajo, salpicada de vidrios espejados. Había una pistola en su mano derecha y un charco de sangre en torno a su cabeza. Tenía puesto un vestido negro y medias oscuras que le cubrían hasta los muslos. Al pie de la cama, donde las cortinas ondulaban como fantasmas, relucía un par de zapatos de taco alto dispuestos con absurda prolijidad. Por la ventana se colaba el invierno y una humareda que olía a pollo asado con chimichurri.


viernes, 26 de septiembre de 2014

La abeja negra

El síndrome de la hoja en blanco o algo así, le dicen. ¿Vale también para la escritura en computadora? De cualquier modo la pregunta no tiene sentido. Porque a nadie le importa.
En efecto, la nula cantidad de lectores de este sitio ha alcanzado un techo, al igual que la calidad literaria de su escritor (o sea yo, si es que "yo" existe) y su especie de voluntad para dejar testimonio de cuanto sucede en el mundo actual o en otros.
A veces me maravillo de mí mismo. Tanta creatividad, tanta cultura, tanto heroísmo despilfarrado en este rincón oscuro. Vendría a ser algo así como un Quijote consciente. Aunque, acaso, ¿el ser consciente no invalida la definición? ¡Bah, qué importan las definiciones!
Sucede que la humanidad se está perdiendo algo demasiado valioso. No lo saben, pobres. Se están perdiendo todo mi aburrimiento. Sí, eso mismo.¡ Montones de aburrimiento! ¡Toneladas, containers de aburrimiento! Tan valiosos en una época en que el entretenimiento chorrea desde las orejas sordas de la gente cuyos ojos pegoteados en infinitas y reiterativas pantallas se regocijan empachados. Como abejas rebalsadas de miel.
¿Qué estoy diciendo? Ya ni sé. En fin, por hoy es suficiente. La hoja que no es hoja ya está sucia y no puede afirmarse que exista el síndrome. Aunque eso no quita mi aburrimiento frente a esta estúpida pantalla. ¿Qué hacer con todo esto? Quizá juegue al pacman toda la noche hasta que mi nariz aterrice sobre el teclado. O tal vez vaya a los chinos a comprar una docena de facturas para empalagarme con su espeso dulce de leche. De última, puedo encender el televisor y pegotearme a él como una abeja más. Pero no es tan fácil: yo sería una abeja negra. Bien negra, como bolita de un ojo frente a la pantalla.

jueves, 7 de agosto de 2014

Red

Como si lo estuviese soñando otro
surge de las sombras
una red de luz
que se agranda
se aproxima
envuelve mis ojos
como estrellas
y se los lleva de mí.
Ya no veo más que un intenso resplandor.
Trastabillo ciego hasta aferrarme a algo
Lo que encuentro es una idea
de paraíso
de muerte celeste.
Parece bella
al principio.
Su peso es infinito.
Me desmorono sobre algo que no es de aire
aterrizo
tiemblo de un frío que corta las venas.
Duelen
Hormigas en mi cerebro
en los brazos
en las piernas.
Ahora intento aferrarme a algo concreto
y encuentro la nada.
Se abre un vacío de tiempo
humo atravesando la noche
las grietas de la pared
se prolongan en mí.
Qué ocurre si el camino termina en este punto.
O si alguien leyó mi última página y cerró el libro
para siempre.
¿Y si nadie nunca leyó un carajo y ese libro no existe?
Se despliegan las distintas formas poéticas
de la inutilidad.
Mientras pienso, sigo
desintegrándome.
Y no se trata de un sueño
si no consigo despertar.
Ya vendrá el viento que arrase con todo
o no vendrá.

lunes, 28 de julio de 2014

Fin de la búsqueda

—¿Ya te enteraste, Marta?
—¿El qué?
—Apareció Ricardo.
—¿El de esa casa tan bonita de la vuelta?
—Sí, que falta al barrio como hace dos años.
—No me digás, Elvira. Ya me había olvidado. Pensé que no volvía más.
—Si era por él no volvía más. Lo encontraron.
—¿Cómo?
—Salió en los diarios.
—Leí El Popular y no me enteré de nada...
—No, no. En los diarios de Brasil. Estaba en Río de Janeiro.
—Tomá mate.
—¡Tomá caipiriña, Marta! Dice que fue un escándalo. Lo encontraron unos periodistas tirado en la playa, borracho y desnudo.
—Ay, pobre su señora.
—Eso no es nada. En la cabaña donde se hospedaba había dos brasileras. También desnudas y alcoholizadas. El lugar estaba lleno de cosas... sexuales... aparatos, ¿viste? Dice que estuvieron como una semana, dale que va, antes de terminar así.
—...
—¿Y, qué decís?
—...
—Salió la noticia en todos lados. La familia ya lo contactó y parece que se viene. Estaba de ilegal allá.
—Bueno, es importante que haya aparecido... y que esté sano.
—Se dice que lo mantenían las mujeres.
—¿Mantenido! No te puedo creer... ¿Estaría bien ese hombre?
—Mejor imposible, Marta.

viernes, 25 de julio de 2014

Una noche de verano cualquiera

Martín caminaba por la calle con las manos en los bolsillos. Era una noche estrellada y cálida. Al pasar por la plaza se detuvo junto a un árbol.
—¿Cómo anda, amigo mío?
Hubo un silencio. Finalmente el árbol lo miró.
—Te estuve extrañando, che —insistió Martín.
—Otra vez sopa —dijo el árbol. Ya te dije que los árboles no hablamos... ¿qué tomaste ahora?
—Me convidaron unos hongos, son geniales.
—Supongo que sí. ¿Te quedó alguno?
—No, mis amigos tienen. Si querés te consigo...
El árbol se encogió de hombros, miró al piso.
—Estaría bueno —asintió.
—Aguantáme, no tardo.
Martín regresó al trote por donde había venido. Las estrellas bailaban sobre su cabeza y le hacían guiños. Al doblar en una esquina casi fue embestido por un toro de ojos rojos, brillantes, que iba silbando un blues rabioso. A mitad de cuadra encontró la casa, tocó timbre, salió Gastón.
—¿Qué hacés, Tincho?
—¿No te quedó algún honguito? Es para convidarle a un árbol de la plaza. Es amigo.
Se escuchó un gorgoteo y Gastón se perdió en el interior. Regresó con una servilleta doblada. 
—Tené cuidado. Si te pasás de rosca, no la contás. 
—Sí, señor. Gracias. Te debo una.
Martín se guardó la servilleta en el bolsillo y dio media vuelta. En la esquina enfiló hacia la plaza. Había aparecido una banana en el cielo y la estaba comiendo un pez globo. A Martín le gustó el pescado y lo saludó con la mano. 
Al bajar la vista, notó que los autos, los postes y los frentes de las casas se movían como si estuvieran bajo agua, y no tardó en sentir los pies húmedos. Ahora la calle era un arroyo que subía rápidamente y entorpecía sus movimientos. En pocos segundos el nivel del agua alcanzó la altura del pecho y Martín comenzó a bracear, con una suave corriente a su favor. Debió esquivar unas bolsas de basura y a una especie de perro que flotaba por ahí, pero iba ganando velocidad y ya distinguía la plaza en la otra cuadra.
En algún momento logró llegar, pero no pudo identificar a su amigo. Estaba agitado. Quiso afirmarse y descansar, pero no hizo pie. Se mantuvo un rato a flote, nadando estilo perrito y buscando como una foca. Luego tomó aire y se sumergió. Todo se veía muy extraño ahí abajo, como a través de una botella de vidrio. Quizá el árbol se había ido.
Balbuceó un llamado acuoso, con la misma esperanza de quien arroja sus últimos cinco pesos al veintinueve en la ruleta y subió a respirar. Tenía una molestia en el pecho. 
—¿Nadie vio a mi amigo? gritó.
Los árboles no contestaron.
—¿Lo habrá arrastrado la crecida?
Oyó su voz como si resonara dentro de sus pulmones, sin salida. Pronunció unas palabras más, únicamente para escucharse. 
Se sentía cansado y empezaba a tener frío cuando el pez globo acabó de comer la banana galáctica y se sumergió en la ciudad inundada. Martín intuyó que era una señal, que debía olvidar a su amigo y regresar a casa. Y comenzó a nadar, braceando pesadamente en la misma dirección que el pez.

martes, 22 de julio de 2014

De sobremesa

Los abuelos y el nene están de sobremesa, mirando una película romántica cuando el actor se precipita sobre la muchacha que se recuesta en el sillón, junto al hogar encendido. Se acarician y se frotan y comienzan a desvestirse
Los ojos del nene se agrandan. El sexo es inminente. Irma se siente incómoda y resuelve cubrir los ojos del nene.
Desde el televisor brotan los gemidos, cada vez más intensos, que se expanden por toda la casa.
Ya es demasiado tarde cuando la abuela Irma mira al nene y advierte que hubiera sido preferible sostenerle las manos sobre la mesa.

viernes, 11 de julio de 2014

Idea fría

Se sentó frente a la computadora y dio un trago a la cerveza. No estaba fría, como sí lo estaba la casa y ni hablar de las calles. Era una noche helada. De algo así tuvo que surgir la literatura, pensó. De las ganas de quedarse dentro.
Dio otro trago. La última vez que había escrito había sido incitado por una inspiración cervecera. Ahora quedaba el último vaso y tenía una idea, bastante vaga, pero idea al fin. Entonces lo que daba inicio a la literatura debía ser el frío o la cerveza.
Se disponía a averiguarlo. Sus personajes lo ayudarían a desentrañar el misterio. Empezó a escribir.
No había terminado el primer párrafo cuando sonó el timbre. Tecleó un punto y caminó hasta la puerta de la calle, pensando que el timbre, el teléfono y el despertador imponían el final en la mayoría de los relatos.

miércoles, 2 de julio de 2014

Escuela Zen

—¿Qué es esa horrible protuberancia, maestro, en el centro de su frente? ¿Es acaso eso que mis compañeros llaman pornoco?
—Por el momento, pequeño Tim, diremos que es el nacimiento de un tercer ojo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Un tipo que sabía intimidar

"Pedazo de estúpido, más vale que dejes de hacerte el vivo con mi novia porque te cago a trompadas".
Sí, pensó Alejandro, así está bien dicho. Apretó el Enter y esperó, frente al monitor, a ver si el otro respondía.

sábado, 7 de junio de 2014

Todo es una idea tuya

En una mesa contra la pared, al fondo del bar, estaba la parejita. Rondarían los dieciocho. Habían comido pizza. Él tomaba cerveza y ella gaseosa. La iluminación era tenue, sonaba música romántica en inglés, y ella hablaba. Como toda la noche. Ella había estado hablando y él escuchando, algo disperso. De vez en cuando acotaba.
—Agustina, tengo que decirte algo —dijo el chico.
Ella dejó de hablar. Lo miró a los ojos.
—Esto no va más.
—¿Qué cosa? —dijo ella, con voz quebrada.
—Lo nuestro... Se terminó.
Agustina bajó la vista hacia el plato, que tenía migas y queso pegoteado. Se le cayeron un par de lágrimas y se secó con la manga del saco.
—Ayer dijiste que me amabas y que estaba todo bien.
—Son palabras, se las lleva el viento.
—Entonces, ¿me mentiste todo este tiempo?
—No. Todo lo pasado sucedió, por eso fue verdadero. Lo que pude haber dicho acompañaba los hechos, pero el viento arrastra todo. Las palabras y los hechos.
—Y qué vas a decir de las tardes que pasamos juntos, de las veces que dormimos abrazados, de los planes que hicimos para el futuro. Eso no se olvida así nomás.
—Todo es pasado, incluso lo que hablamos del futuro. El único tiempo que cuenta es el presente —dijo el chico, arqueando las cejas. Recogió la botella de cerveza, llenó su vaso, tomó un trago y continuó: —Y hoy lo nuestro se terminó. No lo quiero más.
Ella volvió a llorar. Tenía el maquillaje corrido y ya no se secaba la cara.
—Sé que me amás... Seguro estás confundido por algo. No sé qué es, pero en realidad me amás.
—No. En realidad, no te amo. Es una idea tuya, basada en la imagen de mí que te hiciste en todo este tiempo.
—Pero... Pero, Fran...
—Basta de peros. Y basta de Fran. No soy más Fran, eso también es una idea antigua. Andá acostumbrándote. A partir de ahora seré un desconocido.
El desconocido terminó la cerveza de un trago y miró hacia la barra.
—Mozo, la cuenta. 

lunes, 2 de junio de 2014

La patrulla soñada

Ramírez bajó la persiana de la calle y corrió al teléfono.
—Novecientos once, ¿diga?
—Señor, frente a mi casa hay un joven delincuente pintando la cara del subversivo Guevara.
—¿Cuál es su dirección?
—Arredondo ocho dieciséis.
—Bien, enseguida enviamos un móvil.
Ramírez esperó detrás de la puerta. Cinco minutos más tarde llegaron dos agentes en un Fiat 600. El que iba de acompañante gritaba "uiu-uiu-uiu" por la ventanilla. Cuando abrió la puerta, dijo:
—Wiuuuuuuu.
Eran policías con pantalones de jean y pelo largo. Ramírez asomó a la calle.
—¡Es aquel, señores! ¡Se escapa! —Señaló al muchacho que corría hacia la esquina.
Los agentes lo vieron alejarse. Se encogieron de hombros.
—No vinimos por el pibe —dijo el conductor—. Vinimos por usted.
—¿Cómo dice?
—Sí, sí. Escuchó bien, Ramírez. Debería cambiar ese discurso, empezar a ver la vida de otra forma.
—Además quedó muy buena la pintura —acotó el acompañante.
—Venimos a advertirle que se relaje —siguió el conductor—. O no tendremos otra alternativa que arrestarlo.
—Si no cometí ningún delito.
—Y el pibe tampoco, Ramírez. Es un artista callejero.
—Para el arte hay galerías y museos, ¡esto es vandalismo!
—No sea botón —dijo el acompañante.
—Y deje de mirar a Mariano Grondona —agregó el conductor—. Descubrirá que la vida es más linda de lo que había imaginado.
—Para empezar tómese un te con vainillas —sugirió el acompañante.
—Es muy triste que en el dos mil catorce todavía se escuchen estas cosas. Esperemos que no vuelva a repetirse.
El conductor le dio a Ramírez dos palmadas en el hombro y regresó al auto. El acompañante dijo "Wiuuuuu" y subió. Dieron arranque, pero el motor falló.
—¡Vamos, Ramírez —gritaron desde el auto—, ayude a empujar!
Ramírez y el acompañante empujaron el Fiat, que logró arrancar. El acompañante lo abordó a la carrera y Ramírez quedó en el medio de la calle, agitado, viendo cómo se alejaban los oficiales.

viernes, 30 de mayo de 2014

La comunicación

Era de noche. Hugo y Jorge tomaban vino en la cocina. Habían discutido un largo rato sobre el sentido de la vida, del arte, del amor, y no habían alcanzado ningún acuerdo. Ahora permanecían en silencio. Jorge terminó su vaso.
—En fin, es tarde y tendría que irme —dijo.
Hugo asintió. Se levantaron de la mesa y caminaron hasta la puerta.
—A veces creo que la comunicación es imposible —insistió Jorge—. Cuando pensamos que comprendemos al otro, digo, no es más que una ilusión. 
—A ver...
—Quiero decir que todo sentimiento, en apariencia compartido, es individual. Por eso hablar es en vano y todo diálogo, en el fondo, resulta falso.
—No voy a tolerar que me trates de falso y menos en mi casa.
—Ya me iba.
—Mejor así.

sábado, 24 de mayo de 2014

Quizá nunca puedas ver el aire

Cómo ibas a saber dónde meterte si le habías dicho que lo querías, que te gustaría pasar el resto de tu vida con él, amándolo, besándolo y soñándolo a cada instante.
Eras inocente, claro. Él te dio la espalda y se fue con otra, en tu cara; por eso te arrojaste en mis brazos cuando comenzaba el invierno. No sabías que seis meses eran toda una vida y que necesitabas esa pequeña muerte para iniciar un nuevo ciclo.
Fue lindo encontrarte en sueños, pero enseguida notaste que yo era demasiado etéreo y corriste en busca de tierra firme.
Es fácil perder la inocencia, pero los miedos se impregnan en la ropa, en el pelo, en las uñas... Su perfume deja rastros por donde camines.
Por mí no te preocupes, hace años que dejé de morir. Y no hay secreto, es muy simple en realidad, pero cuesta vida darse cuenta. Y es que vos también sos aire, nena. Quizá nunca puedas verlo.

viernes, 23 de mayo de 2014

Causas oscuras

La cerveza estaba caliente. Pepe la vació en el piso y siguió mirando a aquella morocha de vestido negro que bailaba con sus amigas. Es una locura, pensó. Despegó el codo de la barra y caminó hacia ella.
—Oíme, Débora. Si te toco una teta, ¿pensarías que lo hice a propósito?
—Obviamente.
—¿Por qué?
—Porque me lo estás advirtiendo.
—¿Y no se te ocurre pensar que la advertencia obedece a causas oscuras, inconscientes, mucho más complejas de las que vos y yo podemos llegar a imaginar?
—Bien, bien. Si yo te pego una cachetada, ¿pensarías que lo hice a propósito?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque todavía no te toqué la teta.
—Ya todo está escrito, Pepe.
Pepe sonrió. Estiró la mano y le rodeó la teta derecha como si fuera un sueño cumplido. La cachetada lo hizo retroceder dos pasos. Fue un sueño breve.
—Débora, te estaba invitando a salir —dijo Pepe, frotándose la cara.
—Yo también —dijo Débora.

martes, 20 de mayo de 2014

Un Luthier

Había tres guitarras y dos violines en el puesto del luthier. Un pequeño cartel indicaba que era José Domínguez, de Santiago del Estero. El viejo estaba detrás, acurrucado en una silla de plástico, como si los años lo hubieran adherido a ella. Los instrumentos brillaban, tenían terminaciones delicadas.
—Están muy lindos —dije—. Habría que fijarse si suenan bien...
El viejo se levantó de un salto y se quedó mirándome desde atrás de una guitarra, con un ojo a cada lado del mástil, sin decir nada. Me puse a estudiar los instrumentos. El viejo me acechaba en silencio. La situación se fue tornando incómoda.
—¿Usted sabe tocar? —dije finalmente.
—No, yo no las toco —dijo—. Únicamente las fabrico.
—Lástima. ¿Quiere un mate?
—No, gracias. No tomo mate.
—Bueno. Así que es santiagueño... —Señalé el cartel.
—En realidad no, pero hace mucho que vivo allá.
—Ah, ¿sí?
—...
Cebé un mate para mí y seguí mirando, especialmente las guitarras. Criollas, cuerdas de nailon... Estaban bien.
—¿Qué precios tienen?
—Hay desde mil quinientos hasta tres mil quinientos.
—Ajá...
—...
Indagar acerca de las maderas con que estaban hechas hubiese sido una tortura. Me cebé otro mate. El viejo aún tenía la cara detrás del mástil. Me lo figuré con un sombrero sobre los ojos y un ombú por ahí cerca, para hacer la siesta. Era una lástima que no supiera tocar, que no fuera una suerte de Cacho Tirao, o un poco menos. Tantas horas fabricando esas cosas y siempre para otros. Aunque, bueno, estaba la subsistencia. El pan sobre la mesa, che. La música quedaba para los Artistas, sin olvidar que las guitarras tenían su propio arte. Si el viejo fuese un gran músico probablemente no fabricaría instrumentos ni los mostraría en una feria.
En fin, me alejé. Había otros artesanos más allá. Cuando me detuve frente a uno que exponía cuchillos con mangos labrados en plata, no se me ocurrió preguntar si sabía usarlos.

lunes, 19 de mayo de 2014

Devolución

Quise darte lo mejor de mí
y te lo dí.
Vos te rebalsaste de mí
y me lo devolviste.
Fue muy amable de tu parte
porque ya no podía ser yo
ni nadie.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Perdedor

El equipo había vuelto a perder. Llevaba una seguidilla de cinco partidos. Qué distinta se veía la vida ahora, mientras regresaba en moto a su casa, sintiendo la espalda más encorvada que antes, los párpados más pesados, el aire más frío y más denso. Por fin comprendía la vida del perdedor, todo era gris e insípido. Se preguntó si podría acostumbrarse a eso. Se preguntó muchas cosas esa noche.

lunes, 12 de mayo de 2014

Redacciones

Por la tarde vino un flaco a la redacción de la revista.
—Tengo una historia extraordinaria —me dijo— y necesito que alguien la escriba por mí. Últimamente estoy demasiado enfocado en vivir como para desperdiciar mi tiempo con eso.
—¿Y por qué creés que otro debería escribirla? —dije.
—La verdad... no sé. ¿Vos sos consciente de todo lo que motiva tus actos?
—No estoy seguro. En fin, te escucho.
El flaco contó todo con lujo de detalle, me dio la mano y se fue. Estaba loco, pero era una buena historia.
Lo primero que hice fue terminar mi crónica sobre la feria de artesanos. Después anoté esto y también me fui.

viernes, 9 de mayo de 2014

Se parecía a Charles Bukowski

Anoche estaba aburrido y fui al bar. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Al lado tenía a un viejo con su vaso de whisky. El barman me alcanzó la botella. Tomé el primer vaso de un trago y volví a servir.
Sonaba un blues tranquilo y había poca gente. El viejo de al lado se parecía a Charles Bukowski. Me froté los ojos. Volví a mirar. Era Charles Bukowski.
—Eh, Bukowski —le dije—. Veo que seguís buscando historias en los bares.
El viejo ni se mosqueó.
—Siempre el mismo hijo de puta —dije—. Sé que estás muerto, pero déjame decirte que te considero un muy buen escritor. Quizá el mejor. Tus cuentos son brutales, sacuden al lector. Me gustaría lograr algo de eso en mi escritura.
Bukowski terminó su whisky de un trago y me miró de reojo un instante, con cara de poker. No dijo una sola palabra. Su mirada se perdió otra vez detrás de la barra, entre las botellas y el espejo. Terminé mi vaso, lo llené y también llené el suyo.
—Escuchá, viejo. Leí un par de libros tuyos —dije—. Te gusta fanfarronear con las peleas sinsentido y todo eso. Más vale que dejes de ignorarme o te voy a romper el alma a patadas en el culo.
El viejo hizo una mueca, una especie de media sonrisa, pero no se movió. Lo estudié. Daba la impresión de que meditaba alguna cosa. Por fin levantó su vaso y lo acabó de un sorbo. Yo hice lo mismo.
—No vas a hablarme en toda la noche, ¿cierto?
Su respuesta fue la misma inmovilidad. Lo medí. Abandoné la banqueta y me lancé sobre él. Pasé de largo. Caí contra una mesa, a los pies de una pareja. Me miraron. Todos en el bar me miraron.
—¡Viejo de mierda! —dije.
Me levanté. El viejo se reía de mí. Se había tomado lo que quedaba en la botella. Volví a mi asiento. El barman me observaba con el ceño fruncido.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
No respondí. Me quedé viendo de reojo a ese viejo fantasma, preguntándome qué carajo estaría haciendo en aquel bar. No se me ocurrió nada, además de beber, así que hice una seña al barman y pedí otra cerveza.

jueves, 8 de mayo de 2014

Carta de presentación

Buenas tardes.
Soy un escritor anónimo que publica en un blog que nadie visita.
Hasta que un día usted se topa accidentalmente con mis textos y la curiosidad lo impulsa a leer.
Finalmente descubre que durante todo este tiempo no se ha perdido gran cosa.

Sustituciones

—Estoy harto de escribir —dijo Suárez—. Nada de lo que hago es genial.
—¿Por qué no probás con la música? ¿O con la cocina gourmet?
—Sucede que llevo años conquistando mujeres con las posibilidades de mi genio. Siempre les hablo de proyectos grandiosos. Se enamoran, se entregan por completo a noviazgos intensos. Luego, soy incapaz de realizar nada.
—¿Y qué hacen cuando te descubren?
—Se van —murmuró Suárez—, pero enseguida aparece otra y me olvido.

miércoles, 30 de abril de 2014

Cruce

—Cuánto tiempo ha pasado, Dante.
—Cierto. Pensar que nos amamos tanto y ahora...
Se hizo un silencio. Dante se rascó la cabeza.
—Pero estuvo bien que así sea —dijo ella—, fue un buen final.
—Los finales nunca son buenos. Lo bueno es lo que comienza luego.