En una mesa contra la pared, al
fondo del bar, estaba la parejita. Rondarían los dieciocho. Habían comido
pizza. Él tomaba cerveza y ella gaseosa. La iluminación era tenue, sonaba música
romántica en inglés, y ella hablaba. Como toda la noche. Ella había estado hablando
y él escuchando, algo disperso. De vez en cuando acotaba.
—Agustina, tengo que decirte algo
—dijo el chico.
Ella dejó de hablar. Lo miró a
los ojos.
—Esto no va más.
—¿Qué cosa? —dijo ella, con voz
quebrada.
—Lo nuestro... Se terminó.
Agustina bajó la vista hacia el
plato, que tenía migas y queso pegoteado. Se le cayeron un par de lágrimas y se
secó con la manga del saco.
—Ayer dijiste que me
amabas y que estaba todo bien.
—Son palabras, se las lleva el
viento.
—Entonces, ¿me mentiste todo este
tiempo?
—No. Todo lo pasado sucedió, por eso fue verdadero. Lo que pude haber dicho acompañaba los hechos, pero el
viento arrastra todo. Las palabras y los hechos.
—Y qué vas a decir de las tardes
que pasamos juntos, de las veces que dormimos abrazados, de los planes que
hicimos para el futuro. Eso no se olvida así nomás.
—Todo es pasado, incluso lo que hablamos
del futuro. El único tiempo que cuenta es el presente —dijo el chico, arqueando
las cejas. Recogió la botella de cerveza, llenó su vaso, tomó un trago y
continuó: —Y hoy lo nuestro se terminó. No lo quiero más.
Ella volvió a llorar. Tenía el maquillaje corrido y ya no se
secaba la cara.
—Sé que me amás... Seguro estás
confundido por algo. No sé qué es, pero en realidad me amás.
—No. En realidad, no te amo. Es
una idea tuya, basada en la imagen de mí que te hiciste en todo este tiempo.
—Pero... Pero, Fran...
—Basta de peros. Y basta de Fran.
No soy más Fran, eso también es una idea antigua. Andá acostumbrándote. A partir de
ahora seré un desconocido.
El desconocido terminó la cerveza
de un trago y miró hacia la barra.
—Mozo, la cuenta.
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