lunes, 2 de junio de 2014

La patrulla soñada

Ramírez bajó la persiana de la calle y corrió al teléfono.
—Novecientos once, ¿diga?
—Señor, frente a mi casa hay un joven delincuente pintando la cara del subversivo Guevara.
—¿Cuál es su dirección?
—Arredondo ocho dieciséis.
—Bien, enseguida enviamos un móvil.
Ramírez esperó detrás de la puerta. Cinco minutos más tarde llegaron dos agentes en un Fiat 600. El que iba de acompañante gritaba "uiu-uiu-uiu" por la ventanilla. Cuando abrió la puerta, dijo:
—Wiuuuuuuu.
Eran policías con pantalones de jean y pelo largo. Ramírez asomó a la calle.
—¡Es aquel, señores! ¡Se escapa! —Señaló al muchacho que corría hacia la esquina.
Los agentes lo vieron alejarse. Se encogieron de hombros.
—No vinimos por el pibe —dijo el conductor—. Vinimos por usted.
—¿Cómo dice?
—Sí, sí. Escuchó bien, Ramírez. Debería cambiar ese discurso, empezar a ver la vida de otra forma.
—Además quedó muy buena la pintura —acotó el acompañante.
—Venimos a advertirle que se relaje —siguió el conductor—. O no tendremos otra alternativa que arrestarlo.
—Si no cometí ningún delito.
—Y el pibe tampoco, Ramírez. Es un artista callejero.
—Para el arte hay galerías y museos, ¡esto es vandalismo!
—No sea botón —dijo el acompañante.
—Y deje de mirar a Mariano Grondona —agregó el conductor—. Descubrirá que la vida es más linda de lo que había imaginado.
—Para empezar tómese un te con vainillas —sugirió el acompañante.
—Es muy triste que en el dos mil catorce todavía se escuchen estas cosas. Esperemos que no vuelva a repetirse.
El conductor le dio a Ramírez dos palmadas en el hombro y regresó al auto. El acompañante dijo "Wiuuuuu" y subió. Dieron arranque, pero el motor falló.
—¡Vamos, Ramírez —gritaron desde el auto—, ayude a empujar!
Ramírez y el acompañante empujaron el Fiat, que logró arrancar. El acompañante lo abordó a la carrera y Ramírez quedó en el medio de la calle, agitado, viendo cómo se alejaban los oficiales.

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