miércoles, 30 de noviembre de 2016

Los visitantes (Cap III)

Me frené en seco a un metro de la puerta. ¿Los extraterrestres habrían olvidado algo? ¿Serían, esta vez, los matones? También podía ser cualquiera. No comprendía bien por qué tenía la idea fija de los matones. Es cierto que Gil, el empresario de espectáculos que me adelantó los cinco mil pesos por la novela inexistente, tenía fama de riguroso. Una noche en el bar Vietnam escuché decir al colorado Müller, poeta escatológico, que los matones de Gil le habían cortado los dos meñiques a Valentino Iturralde por una deuda impaga.
Nunca conocí personalmente a Iturralde y tampoco supe si su historia pasaba de un mito urbano. Supongo que me habrá generado cierta impresión a un nivel inconsciente. Tenía que ir al chino y estaba atrapado, no solo en mi departamento, sino también en una dicotomía. Si no me mataban los matones, moriría de hambre. Golpearon de nuevo, con más énfasis.
—¡Sabemos que estás ahí, Demetrio! —dijo una voz grave, aludiendo a mi nombre artístico.
Permanecí inmóvil, en el más absoluto silencio.
—Te estoy viendo por la cerradura, pelotudo —insistió la voz.
Mierda. Estaba por abrir y me detuve. Tenía el sillón lleno de vómito y no dejaría que cualquier malandra chusmeara lo que sucedía en mi casa.
—¡Ya voy! —grité, corriendo hacia la pieza. Cubrí el sillón con el acolchado blanco y abrí. Dos tipos se me vinieron encima.
—Bienvenidos, adelante —dije, refugiado atrás de la puerta mientras pasaban.
Se detuvieron junto al sillón y se quedaron mirándome. El más temerario era un gordo feo, pelado, con una remera negra que le ajustaba el enorme tórax . Tenía un pitbull tatuado en el bíceps izquierdo. El otro era un rubio de ojos celestes, con una camisa hawaiana, bermuda beige y mocasines a tono.
—Esperaba otra cosa —dijo el rubio, con su voz grave—. Cuando a uno le mencionan a un “escritor” no imagina encontrarse con semejante sabandija.
—Eso no hace más que evidenciar su profundo desconocimiento y precaria imaginación. Tampoco yo esperaba encontrarme con Guido Süller y su orangután.
El gordo se adelantó como para apoyar su puño en mi cara. El rubio lo detuvo, levantando un dedo. El gordo bufaba como un toro que ve rojo. Le sonreí.
—No creas que vas salir tan feliz de esta —se apuró a decir el rubio—. Ya imaginarás quién nos manda y por qué motivo. Llevás una semana de retraso, ¿dónde está lo que escribiste?
De un vistazo le señalé la mesa. El rubio levantó el cuaderno babeado, pasó un par de hojas y lo tiró con desdén. El cuaderno resbaló sobre el largo de la mesa y cayó por el otro lado.
—Es un asco —dijo, con una mueca— y no se entiende. Es increíble que el jefe siga invirtiendo tiempo y dinero en estos mamarrachos. ¿Se te ocurre alguna explicación, Migue?
El gordo negó con la cabeza.
—¿El primate no sabe hablar? —pregunté.
—No te impacientes, ya lo vas a escuchar.
El rubio se sentó en el sillón. Lamenté haberlo cubierto con el acolchado.
—Por cierto —siguió—, no vas a invitarnos con algo de tomar.
—¿Le apetece al señor agua de la canilla?
El gordo gruñó. Seguía parado como un ropero que gruñe en el medio del living.
—No, gracias —estaba diciendo el rubio cuando descubrió algo. Narigueteó un par de veces. —¿Qué es ese olor?
—Perfume paraguayo, me lo regaló mi ex novia.
—Huele a perro muerto —dijo. En un instante se puso pálido, se arqueó hacia un costado y el hijo de puta vomitó el acolchado. Me agarré la cabeza mientras el gordo corría a asistirlo. Se sentó al lado para acariciarle suavemente la nuca y la espalda con su mano de veinte kilos.
—Son muy tiernos.
El gordo me miró como miraba el pitbull del brazo.
—Traé agua, infeliz —ordenó. Tenía semejante voz de flauta que largué una carcajada. Fui a la cocina retorciéndome de risa y volví con el vaso lleno, salpicando. El gordo me lo arrancó de la mano y se lo dio al rubio. Al rato, lo ayudó a incorporarse. Fueron hasta la puerta. El rubio seguía pálido, con la frente transpirada y los ojos húmedos.
—Tenés una semana de gracia para saldar tu deuda —balbuceó—. Vendremos a visitarte. Si no hay progreso, habrá consecuencias.
Antes de salir, el rubio escupió el piso y le dio el vaso al gordo. Más o menos pude imaginar lo que seguía, pero no tanto. El gordo me acercó el vaso con su brazo derecho y lo dejó caer adelante mío. Instintivamente, miré hacia abajo para ver el estallido de los vidrios y, en esa distracción, el puño izquierdo me entró por la zona del hígado y desacomodó todo lo que tenía adentro. Me doblé como una bufanda y caí al piso. Oí su risita alejándose; después, el portazo. Y ahí me quedé. Ese bruto podía demoler un edificio a trompadas. 
Mientras me esforzaba por meter oxígeno en los pulmones, recordé que debía ir al chino. Fue imposible levantarme. El dolor se había ramificado por la espalda y las piernas. Consideré oportuno permanecer otro rato en posición fetal. Las compras podían esperar. Incluso se me había pasado el hambre.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Los visitantes (Cap. II).

Así que ahí estaba, con dos extraterrestres dormidos en su propio vómito sobre mi propio sillón vomitado. Me pregunté con qué intensiones habrían venido y no se me ocurrió nada. Apenas entraron y encararon la heladera, ¿dónde se habían educado esos salvajes?
Recordé la soga de cuatro metros que había comprado el año pasado para suicidarme. Revolví algo de ropa en el placard de la pieza y la encontré, enrollada entre una campera de invierno y la tanga roja que se había olvidado mi anteúltima ex novia. Regresé y até a los extraterrestres con la tanga. Después les di varias vueltas de soga. Mis manos se empaparon con la repugnante viscosidad de sus cuerpos. Me pareció que no respiraban, ¿estarían muertos? Me sequé las manos con un repasador. Abrí la heladera y no encontré nada que no estuviera podrido. Tomé otro poco de agua y me invadieron las ganas de mear. Cuando salí del baño, en el sillón no había más que la tanga, la soga y el vómito. Escuché ese balbuceo. Me pareció que estaban escondidos atrás del respaldo. Caminé en puntas de pie, rodeando la mesa. Podía sentir que estaban ahí, faltaban unos pasos. Mi corazón daba saltos como un conejo gordo y también yo salté hacia ellos. Me vieron venir. Alcancé a observar sus rápidas contorsiones tipo derrame cerebral y sus cuerpos se transformaron en un charco que se escurrió por abajo del sillón. Del asombro, olvidé poner las manos y aterricé con la cara. Resbalé un par de metros con la mandíbula y frené contra la pared. Cuando logré darme vuelta, estaban mirándome. Uno de ellos se escarbó el abdomen con su brazo del medio y sacó un aparato minúsculo y reluciente.
—Bilibili-bli-bli-zé —dijo con su voz aguda.
—Bilibili-bli-bli-zé —dijo el otro, con la voz más aguda.
Entonces el aparatito disparó un rayo láser azul y no recuerdo más nada.
Desperté sin dolor y sin resaca en el mismo lugar en que había caído. Los extraterrestres ya no estaban. Fui a la cocina, abrí la heladera y no encontré nada que no estuviera podrido. Se desmoronó la extraña ilusión de que los extraterrestres hubieran preparado la cena antes de irse. Tendría que ir al chino de la vuelta. Me serví un vaso con agua y regresé al living. En el respaldo del sillón me habían dejado una nota escrita con vómito que decía: “elejido”. Así, con jota. Elejido, ¿para qué?
Entonces descubrí que tenía más hambre que los participantes de cuestión de peso. Mi estómago se contorsionaba como una lombriz arrancada de su tierra de confort. Conté veintisiete pesos en la billetera. Me calcé las zapatillas, tomé el agua que quedaba en el vaso y me disponía a salir cuando golpearon la puerta.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Los visitantes

Desperté de una siesta que duró más o menos un mes, sentado en una silla, con la cara sobre la mesa. Sentía una especie de resaca y no hizo falta mucho tiempo para comprender que el cuaderno babeado que usé como almohada era la novela que debía entregar la semana pasada. Serían unas treinta páginas escritas, pero el contenido estaba ilegible. La tinta se había corrido, chupado, absorbido. Creí recordar que el protagonista era un tipo que experimentaba alucinaciones al tomar agua. Tenía sed. Fui hasta la cocina, llené un vaso con agua de la canilla y lo tomé de un trago. Golpearon la puerta.
—¿Quién es? —grité.
Se oían cuchicheos inentendibles. Imaginé a unos matones que venían a cobrarme una deuda. Tomé aire, abrí la puerta de un tirón y sorprendí a dos bichos horribles que no podían ser de este planeta. Cada uno era un metro de viscosidad blanco verdosa, con tres brazos flexibles que salían de sus alargadas cabezas sin ojos.
—Bilibili-bli-bli-zá —dijo uno en registro de soprano.
—Bilibili-bli-bli-zá —dijo el otro, más agudo todavía.
Sus caras se contraían como si fuera a darles un derrame cerebral. Por lo menos no eran matones. Me hice a un costado para invitarlos a pasar y entraron, deslizándose como fantasmas. Les seguí el paso. Revisaron mi heladera. Se comieron un sándwich de milanesa con huevo que llevaba allí dos meses y bebieron de un saché de leche más viejo aún. Luego fueron al sillón a vomitar. El tapizado gris quedó cubierto de manchas amarillentas.
Los observé retorciéndose un rato. Me lamenté de que no fueran matones.