Desperté de una siesta que duró más o menos un mes, sentado en una silla, con la cara sobre la mesa. Sentía una especie de
resaca y no hizo falta mucho tiempo para comprender que el cuaderno babeado que usé como almohada era la novela que debía entregar la semana pasada. Serían unas treinta páginas escritas, pero el contenido estaba ilegible. La tinta se había corrido, chupado, absorbido. Creí recordar que
el protagonista era un tipo que experimentaba alucinaciones al tomar agua. Tenía sed. Fui
hasta la cocina, llené un vaso con agua de la canilla y lo tomé de un trago. Golpearon la puerta.
—¿Quién es? —grité.
Se oían cuchicheos inentendibles.
Imaginé a unos matones que venían a cobrarme una deuda. Tomé aire, abrí la puerta de
un tirón y sorprendí a dos bichos horribles que no podían ser de este planeta. Cada
uno era un metro de viscosidad blanco verdosa, con tres brazos flexibles que
salían de sus alargadas cabezas sin ojos.
—Bilibili-bli-bli-zá —dijo uno en registro de soprano.
—Bilibili-bli-bli-zá —dijo el otro, más agudo todavía.
Sus caras se contraían como si fuera a darles un derrame
cerebral. Por lo menos no eran matones. Me hice a un costado para invitarlos a pasar y entraron, deslizándose como fantasmas. Les seguí el paso. Revisaron mi heladera. Se comieron un sándwich de milanesa con huevo que llevaba
allí dos meses y bebieron de un saché de leche más viejo aún. Luego fueron al sillón a vomitar. El tapizado gris quedó cubierto de manchas amarillentas.
Los observé retorciéndose un rato. Me lamenté de que no fueran matones.
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