Así que ahí estaba, con dos extraterrestres dormidos en su propio vómito sobre mi propio sillón vomitado. Me pregunté con qué intensiones habrían venido y no se me
ocurrió nada. Apenas entraron y encararon la heladera, ¿dónde se habían
educado esos salvajes?
Recordé la soga de cuatro metros que había comprado el año pasado para
suicidarme. Revolví algo de ropa en el placard de la pieza y la encontré, enrollada entre una campera de invierno y la tanga roja que se había olvidado mi
anteúltima ex novia. Regresé y até a los extraterrestres con la tanga.
Después les di varias vueltas de soga. Mis manos se empaparon con la repugnante viscosidad de sus cuerpos. Me pareció que no respiraban, ¿estarían muertos? Me sequé las manos con un repasador. Abrí la heladera y no encontré nada que
no estuviera podrido. Tomé otro poco de agua y me invadieron las ganas de mear. Cuando salí del baño, en el
sillón no había más que la tanga, la soga y el vómito. Escuché ese balbuceo. Me
pareció que estaban escondidos atrás del respaldo. Caminé en puntas de pie,
rodeando la mesa. Podía sentir que estaban ahí, faltaban unos pasos. Mi corazón daba saltos como un conejo gordo y también yo salté hacia ellos. Me
vieron venir. Alcancé a observar sus rápidas contorsiones tipo derrame cerebral
y sus cuerpos se transformaron en un charco que se escurrió por abajo del sillón.
Del asombro, olvidé poner las manos y aterricé con la cara. Resbalé un par de metros
con la mandíbula y frené contra la pared. Cuando logré darme vuelta, estaban mirándome.
Uno de ellos se escarbó el abdomen con su brazo del medio y sacó un aparato minúsculo
y reluciente.
—Bilibili-bli-bli-zé —dijo con su voz aguda.
—Bilibili-bli-bli-zé —dijo el otro, con la voz más aguda.
Entonces el aparatito disparó un rayo láser azul y no
recuerdo más nada.
Desperté sin dolor y sin resaca en el mismo lugar en que había
caído. Los extraterrestres ya no estaban. Fui a la cocina, abrí la heladera y
no encontré nada que no estuviera podrido. Se desmoronó la extraña ilusión de que los extraterrestres hubieran preparado la cena antes de irse. Tendría que ir al chino de la
vuelta. Me serví un vaso con agua y regresé al living. En el respaldo del sillón
me habían dejado una nota escrita con vómito que decía: “elejido”. Así, con jota. Elejido, ¿para qué?
Entonces descubrí que tenía más hambre que los participantes de cuestión de peso. Mi estómago se contorsionaba como una lombriz arrancada de su tierra de confort. Conté veintisiete pesos en la billetera. Me calcé las zapatillas, tomé el agua que
quedaba en el vaso y me disponía a salir cuando golpearon la puerta.
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