lunes, 5 de diciembre de 2016

Los visitantes (Cap IV)

Cuando terminé el plato de arroz con pan y queso, destapé la botella de vino y serví un vaso. Sabía que no era bueno, pero tenía alcohol. Abrí la ventana y el golpe de aire fresco me reconfortó. Un rato antes había tenido que cerrarla porque el humo de unos churrascos gritaba mi nombre. El pedacito de cielo que se veía entre las paredes parecía despejado. Podía haber un huracán a cien metros destruyendo el mundo que no me enteraría hasta tenerlo encima.
Tomé el vino despacio, imaginando el apocalipsis en la ventana hasta que sonó el timbre. Levanté el tubo del portero que funcionaba cuando tenía ganas y, en efecto, produjo el mismo sonido que un microondas desenchufado. Por las dudas avisé que bajaba y tomé el ascensor. En la vereda estaban Lucas y Rodrigo con unas bolsas verdes de supermercado, vestidos como para salir.
Los había cruzado en la puerta del chino. Vivían por el barrio y eran viejos amigos a los que apenas veía por casualidad. Sugirieron juntarnos a tomar algo y los invité a mi casa. Aunque no tenía muchas ganas de ver a nadie y todavía me dolían los huesos, me pesaba más inventar una excusa que emborracharme en su presencia.
Subimos en ascensor. Lucas era exageradamente alto y lampiño, de pelo enrulado que caía como una llovizna. Rodrigo tenía cara de hindú y barba de dos días. Siempre tenía esa sombra de barba de dos días. Quizá había nacido con barba de dos días. Era de complexión fuerte, pero destrabado. Discutían cierto suceso del fin de semana pasado en un bar, acerca de un neonazi que no se sabía si era o no, que había peleado con un negro o con un judío. O un negro judío. O un judío negro. O un negro y un judío.
Entramos. Metieron las cervezas en la heladera y nos sentamos en la mesa. El sillón seguía clausurado. Un rato antes había doblado el acolchado para ocultar la estampa del rubio. Una mancha más y lo tiraría por la ventana.
—Resulta que el tipo —contó Lucas— estaba acodado en la barra con una mina y dijo de pronto: "Eh, vos, ¿qué mirás? No me gusta cómo estás mirando". Típico macho alfa, alardeando adelante de su chica. Y el otro le contestó que qué le importaba lo que él miraba o dejaba de mirar.
—¿Y ahí se la dieron?
—No, la chica se acercó al negro —continuó—, o al judío. Se acercó mucho. Viste como se patotea en los partidos de fútbol, sacando pecho y con la frente en la cara del otro; bueno así. Pero sin decir nada; mascaba chicle nomás. El negro seguía en su banqueta. Se fue echando para atrás, hasta que perdió el equilibrio y reaccionó metiendo mano en la espalda de la chica. Entonces la mina lo empujó, al grito de "qué me tocás", y el negro cayó al piso con banqueta y todo. Ahí el neonazi se le tiró encima.
—¿Vos viste la pelea?
—Me la perdí. Llegué al rato y me lo contó Evelyn, que estaba tomando un sex on the beach con Lara. Vieron todo desde su mesa.
—¿Por qué no se sabe si era neonazi y el otro es indefinidamente un negro o un judío?
—Así lo contó Evelyn, medio atropellada por el entusiasmo —dijo Rodrigo—. A los tipos los echaron del bar, la mina salió atrás. El negro estaba con un amigo. Parece que la siguieron un rato en la calle hasta que llegó la policía y se las picaron.
—Ah —dije. Fui a buscar otra cerveza pensando que sucedían muchas cosas en el mundo. A cada minuto, un suceso nuevo. Si cada suceso fuera contado, el mundo rebalsaría como una cerveza agitada. ¿Acaso no ocurría eso en las redes sociales? 
—Hablando de todo un poco —dijo Lucas—, ¿tuviste alguna noticia del reality ese?
Pensé que le hablaba a Rodrigo, pero se quedó mirándome. Terminé de servir el litro.
—¿Qué reality?
—Ese al que te anotaste por internet en mi departamento.
Al ver mi cara, Rodrigo y Lucas se rieron como tres minutos y medio. Cuando parecía que iban a terminar, se miraban y arrancaban de nuevo.
—Esa vez, che, que nos juntamos en mi casa y tomamos unos vinos... —dijo Lucas, recuperando el ritmo respiratorio—. Hará dos o tres fines de semana. Vos decías tener una sustancia “secreta” en el organismo. En un momento te sentaste en la computadora, le diste como una hora y después anunciaste que ibas a entrar a un reality para viajar a Marte.
Confesé que no recordaba absolutamente nada de eso.
—Es muy probable entonces que tampoco te acuerdes lo que hiciste en el bar.
—¿Fuimos a un bar? —pregunté.
Me quedé mirándolos. Ellos me miraban. Esperaban mi respuesta y yo buscaba un salvavidas colgado en algún estante de mi memoria. Por supuesto que no había ninguno.
—¿Te acordás de tu primera experiencia homosexual? —preguntó Rodrigo.
—Nunca tuve una.
—Incorrecto, ya la tuviste —agregó, y volvieron a reír.
Me sentía como un boxeador cagado a trompadas en el primer round, contando los segundos para que suene la campana. Necesitaba un respiro. Me levanté y fui a buscar otra cerveza a la heladera. En cierto modo, cuando dije que había dormido una siesta que duró más o menos un mes, mentí. No fue exactamente una siesta, sino un período de inconsciencia ocasionado por algo así como el estrés, inherente a una vida alterada por el frenético ritmo de trabajo en la gran ciudad.
No sabía si seguir escuchando o mantener todo en el olvido. En ocasiones, la memoria puede resultar demasiado pesada y debía estar liviano de espíritu para escribir mi deuda. Respiré profundamente, regresé a mi asiento y llené los tres vasos.
—¿Te sentís bien? —me preguntó Lucas.
—Les pido, por favor —dije—, que me cuenten qué carajo hice en todo este tiempo.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Los visitantes (Cap III)

Me frené en seco a un metro de la puerta. ¿Los extraterrestres habrían olvidado algo? ¿Serían, esta vez, los matones? También podía ser cualquiera. No comprendía bien por qué tenía la idea fija de los matones. Es cierto que Gil, el empresario de espectáculos que me adelantó los cinco mil pesos por la novela inexistente, tenía fama de riguroso. Una noche en el bar Vietnam escuché decir al colorado Müller, poeta escatológico, que los matones de Gil le habían cortado los dos meñiques a Valentino Iturralde por una deuda impaga.
Nunca conocí personalmente a Iturralde y tampoco supe si su historia pasaba de un mito urbano. Supongo que me habrá generado cierta impresión a un nivel inconsciente. Tenía que ir al chino y estaba atrapado, no solo en mi departamento, sino también en una dicotomía. Si no me mataban los matones, moriría de hambre. Golpearon de nuevo, con más énfasis.
—¡Sabemos que estás ahí, Demetrio! —dijo una voz grave, aludiendo a mi nombre artístico.
Permanecí inmóvil, en el más absoluto silencio.
—Te estoy viendo por la cerradura, pelotudo —insistió la voz.
Mierda. Estaba por abrir y me detuve. Tenía el sillón lleno de vómito y no dejaría que cualquier malandra chusmeara lo que sucedía en mi casa.
—¡Ya voy! —grité, corriendo hacia la pieza. Cubrí el sillón con el acolchado blanco y abrí. Dos tipos se me vinieron encima.
—Bienvenidos, adelante —dije, refugiado atrás de la puerta mientras pasaban.
Se detuvieron junto al sillón y se quedaron mirándome. El más temerario era un gordo feo, pelado, con una remera negra que le ajustaba el enorme tórax . Tenía un pitbull tatuado en el bíceps izquierdo. El otro era un rubio de ojos celestes, con una camisa hawaiana, bermuda beige y mocasines a tono.
—Esperaba otra cosa —dijo el rubio, con su voz grave—. Cuando a uno le mencionan a un “escritor” no imagina encontrarse con semejante sabandija.
—Eso no hace más que evidenciar su profundo desconocimiento y precaria imaginación. Tampoco yo esperaba encontrarme con Guido Süller y su orangután.
El gordo se adelantó como para apoyar su puño en mi cara. El rubio lo detuvo, levantando un dedo. El gordo bufaba como un toro que ve rojo. Le sonreí.
—No creas que vas salir tan feliz de esta —se apuró a decir el rubio—. Ya imaginarás quién nos manda y por qué motivo. Llevás una semana de retraso, ¿dónde está lo que escribiste?
De un vistazo le señalé la mesa. El rubio levantó el cuaderno babeado, pasó un par de hojas y lo tiró con desdén. El cuaderno resbaló sobre el largo de la mesa y cayó por el otro lado.
—Es un asco —dijo, con una mueca— y no se entiende. Es increíble que el jefe siga invirtiendo tiempo y dinero en estos mamarrachos. ¿Se te ocurre alguna explicación, Migue?
El gordo negó con la cabeza.
—¿El primate no sabe hablar? —pregunté.
—No te impacientes, ya lo vas a escuchar.
El rubio se sentó en el sillón. Lamenté haberlo cubierto con el acolchado.
—Por cierto —siguió—, no vas a invitarnos con algo de tomar.
—¿Le apetece al señor agua de la canilla?
El gordo gruñó. Seguía parado como un ropero que gruñe en el medio del living.
—No, gracias —estaba diciendo el rubio cuando descubrió algo. Narigueteó un par de veces. —¿Qué es ese olor?
—Perfume paraguayo, me lo regaló mi ex novia.
—Huele a perro muerto —dijo. En un instante se puso pálido, se arqueó hacia un costado y el hijo de puta vomitó el acolchado. Me agarré la cabeza mientras el gordo corría a asistirlo. Se sentó al lado para acariciarle suavemente la nuca y la espalda con su mano de veinte kilos.
—Son muy tiernos.
El gordo me miró como miraba el pitbull del brazo.
—Traé agua, infeliz —ordenó. Tenía semejante voz de flauta que largué una carcajada. Fui a la cocina retorciéndome de risa y volví con el vaso lleno, salpicando. El gordo me lo arrancó de la mano y se lo dio al rubio. Al rato, lo ayudó a incorporarse. Fueron hasta la puerta. El rubio seguía pálido, con la frente transpirada y los ojos húmedos.
—Tenés una semana de gracia para saldar tu deuda —balbuceó—. Vendremos a visitarte. Si no hay progreso, habrá consecuencias.
Antes de salir, el rubio escupió el piso y le dio el vaso al gordo. Más o menos pude imaginar lo que seguía, pero no tanto. El gordo me acercó el vaso con su brazo derecho y lo dejó caer adelante mío. Instintivamente, miré hacia abajo para ver el estallido de los vidrios y, en esa distracción, el puño izquierdo me entró por la zona del hígado y desacomodó todo lo que tenía adentro. Me doblé como una bufanda y caí al piso. Oí su risita alejándose; después, el portazo. Y ahí me quedé. Ese bruto podía demoler un edificio a trompadas. 
Mientras me esforzaba por meter oxígeno en los pulmones, recordé que debía ir al chino. Fue imposible levantarme. El dolor se había ramificado por la espalda y las piernas. Consideré oportuno permanecer otro rato en posición fetal. Las compras podían esperar. Incluso se me había pasado el hambre.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Los visitantes (Cap. II).

Así que ahí estaba, con dos extraterrestres dormidos en su propio vómito sobre mi propio sillón vomitado. Me pregunté con qué intensiones habrían venido y no se me ocurrió nada. Apenas entraron y encararon la heladera, ¿dónde se habían educado esos salvajes?
Recordé la soga de cuatro metros que había comprado el año pasado para suicidarme. Revolví algo de ropa en el placard de la pieza y la encontré, enrollada entre una campera de invierno y la tanga roja que se había olvidado mi anteúltima ex novia. Regresé y até a los extraterrestres con la tanga. Después les di varias vueltas de soga. Mis manos se empaparon con la repugnante viscosidad de sus cuerpos. Me pareció que no respiraban, ¿estarían muertos? Me sequé las manos con un repasador. Abrí la heladera y no encontré nada que no estuviera podrido. Tomé otro poco de agua y me invadieron las ganas de mear. Cuando salí del baño, en el sillón no había más que la tanga, la soga y el vómito. Escuché ese balbuceo. Me pareció que estaban escondidos atrás del respaldo. Caminé en puntas de pie, rodeando la mesa. Podía sentir que estaban ahí, faltaban unos pasos. Mi corazón daba saltos como un conejo gordo y también yo salté hacia ellos. Me vieron venir. Alcancé a observar sus rápidas contorsiones tipo derrame cerebral y sus cuerpos se transformaron en un charco que se escurrió por abajo del sillón. Del asombro, olvidé poner las manos y aterricé con la cara. Resbalé un par de metros con la mandíbula y frené contra la pared. Cuando logré darme vuelta, estaban mirándome. Uno de ellos se escarbó el abdomen con su brazo del medio y sacó un aparato minúsculo y reluciente.
—Bilibili-bli-bli-zé —dijo con su voz aguda.
—Bilibili-bli-bli-zé —dijo el otro, con la voz más aguda.
Entonces el aparatito disparó un rayo láser azul y no recuerdo más nada.
Desperté sin dolor y sin resaca en el mismo lugar en que había caído. Los extraterrestres ya no estaban. Fui a la cocina, abrí la heladera y no encontré nada que no estuviera podrido. Se desmoronó la extraña ilusión de que los extraterrestres hubieran preparado la cena antes de irse. Tendría que ir al chino de la vuelta. Me serví un vaso con agua y regresé al living. En el respaldo del sillón me habían dejado una nota escrita con vómito que decía: “elejido”. Así, con jota. Elejido, ¿para qué?
Entonces descubrí que tenía más hambre que los participantes de cuestión de peso. Mi estómago se contorsionaba como una lombriz arrancada de su tierra de confort. Conté veintisiete pesos en la billetera. Me calcé las zapatillas, tomé el agua que quedaba en el vaso y me disponía a salir cuando golpearon la puerta.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Los visitantes

Desperté de una siesta que duró más o menos un mes, sentado en una silla, con la cara sobre la mesa. Sentía una especie de resaca y no hizo falta mucho tiempo para comprender que el cuaderno babeado que usé como almohada era la novela que debía entregar la semana pasada. Serían unas treinta páginas escritas, pero el contenido estaba ilegible. La tinta se había corrido, chupado, absorbido. Creí recordar que el protagonista era un tipo que experimentaba alucinaciones al tomar agua. Tenía sed. Fui hasta la cocina, llené un vaso con agua de la canilla y lo tomé de un trago. Golpearon la puerta.
—¿Quién es? —grité.
Se oían cuchicheos inentendibles. Imaginé a unos matones que venían a cobrarme una deuda. Tomé aire, abrí la puerta de un tirón y sorprendí a dos bichos horribles que no podían ser de este planeta. Cada uno era un metro de viscosidad blanco verdosa, con tres brazos flexibles que salían de sus alargadas cabezas sin ojos.
—Bilibili-bli-bli-zá —dijo uno en registro de soprano.
—Bilibili-bli-bli-zá —dijo el otro, más agudo todavía.
Sus caras se contraían como si fuera a darles un derrame cerebral. Por lo menos no eran matones. Me hice a un costado para invitarlos a pasar y entraron, deslizándose como fantasmas. Les seguí el paso. Revisaron mi heladera. Se comieron un sándwich de milanesa con huevo que llevaba allí dos meses y bebieron de un saché de leche más viejo aún. Luego fueron al sillón a vomitar. El tapizado gris quedó cubierto de manchas amarillentas.
Los observé retorciéndose un rato. Me lamenté de que no fueran matones.

lunes, 3 de octubre de 2016

Sobre gustos

En la puerta del baño había un cartel que decía "deje este lugar como le gustaría encontrarlo". Cuando Juan terminó de mear, sacó de la mochila un póster de Los Ramones y lo pegó en la pared, arriba de los mingitorios. Después se lavó las manos, las puso bajo el secador de aire caliente, y salió.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Escribir como un gil

Qué triste escribir como un gil y no darse cuenta.
Supongo que la condición necesaria excede al hecho literario y se basa en ser lo suficientemente estúpido en la vida cotidiana como para no enterarse de nada.
Por ejemplo, hacer un poema del tipo...

temblabas de frío
y te estreché en mis brazos
los cuerpos se fundieron
los ángeles estuvieron ahí
como la luz de la luna
en la ventana
etc

Hay un tanto de gil y quizá otro tanto de inocente optimismo, como si el sujeto en cuestión tuviera cierta esperanza o fe en la humanidad, como si creyera sinceramente en que abstracciones como el amor y el enamoramiento, o un simple acto sexual o de cualquier otra índole, colmaran de sentido la existencia.

Al mismo tiempo, la crítica del gil da un aire de rudeza e inteligencia al crítico. Pero en el fondo, este tipo de imbécil probablemente sea más triste y patético que el anterior.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Genio

—Hola María, soy Guido. ¿Te acordás de aquella vez que yo estaba tocando la guitarra y me interrumpiste porque querías dormir?
—No.
—Éramos novios, estábamos en tu departamento de la calle Viamonte y alguien, no sé si Tato o Fabián, había dejado una guitarra.
—Hace como diez años que me fui de ese departamento, ¿por qué?
—Aquella vez, en ese acto egoísta, arruinaste la carrera de un genio. No tenés ni idea de todo lo que la humanidad se está perdiendo por tu culpa.
—¿Qué?
—¿Te imaginás lo que sería el mundo si no existiera la novena sinfonía de Beethoven porque la novia quería dormir la siesta?
—Pero, Guido…
—¿O que su madre lo hubiese obligado a pasear al caniche? ¡O a cambiarle los pañales al abuelo con alzheimer?
—¡Guido!
—¿Qué?
—¿Llamaste para decirme eso?
—Sí, y también para preguntarte si estás sola y te gustaría que nos encontremos una noche de estas a ver si revivimos un poco de…   ¿Hooola? María, ¿estás?
—...
—¿Hooolaaaaa? (Me parece que cortó).

martes, 16 de agosto de 2016

El gran juego

Yo no lo tengo. Lo niego, me resisto, pero no lo tengo y es una mierda. Es solo un juego, un miserable juego y, por más que lo piense y lo diga ahora, siempre lo olvido. Lo tomo demasiado en serio y esto no funciona así. Se vuelve una pérdida de tiempo para todo el mundo y yo soy el más perjudicado. Si alguien más pierde, en realidad importa un carajo. Es su derrota. Que se jodan. El mundo está jodido y puede joderse infinitamente y que intente salvarlo quienquiera. Vos, si tenés ganas, podés; pero no cuentes conmigo.
Se trata de un juego y hay que aprender a jugarlo. Para eso hace falta un mínimo de valor, cierta inteligencia y otro tanto de perseverancia. Aunque la perseverancia sin la inteligencia sería como cabecear una montaña y pretender abrirse paso. ¿Para qué estropearse el cráneo y los sesos si probablemente existen mejores formas (y más fáciles) de superar el obstáculo?
Así que acá estamos. Vos, yo, todo el mundo... todos intentando vivir de algo, intentando ser algo, para no ser o tener que hacer algo peor. Simplemente intentándolo, mientras vamos por la vida cruzando a otros que ya lo tienen. No lo que nosotros queremos, sino lo que ellos quieren. Y continuamos deseando ese mágico lugar donde nuestro deseo se concreta y nos llena de regocijo. Por lo general resulta inalcanzable, pero en caso de acercarnos siempre debemos ir por más para evitar la muerte. Dicen que un ser sin deseo es como un círculo cerrado: está acabado. ¡Ya no hay adónde ir! ¡Nada nuevo para hacer! Es estancamiento, solo repetir, como dicen que vivían los campesinos hace cientos o miles de años (¿Sería así realmente? ¿O se trata de un argumento simplista y tendencioso a favor de la idea de "progreso"?).
Deseo, deseo, deseo.
Sí, puedo intentarlo.
Quizá lo intente.
Mañana.
O pasado, mejor.

lunes, 15 de agosto de 2016

Cruzar la calle

Estaba de pie en la esquina, mirando a todos los semáforos, a los autos y colectivos que pasaban y también a las personas de la vereda de enfrente. Cada tanto giraba el cuello para no perder a los que caminaban por su misma vereda y doblaban en la esquina o cruzaban, y a los que empezaban a amontonarse a su lado y lo impacientaban cada vez más. Registraba todo. Todo era incesante y movedizo, y él bajaba un pie a la calle y volvía a subirlo. Hacía dos pasos y regresaba ante los autos que pasaban zumbando. Se oían bocinazos y unas sirenas lejanas, las voces perdidas de conversaciones perdidas y la mano del cachetón ese que revolvía el paquete de papas fritas, y él no sabía si esperar o cruzar corriendo. Aguardaba su oportunidad, pero la avenida era un picadero de carne, una muerte segura y dolorosa. Se secó el sudor de las sienes con la manga del buzo. Se sonó los dedos. Primero todos juntos, entrelazados. Después uno por uno, para rematarlos. Cuando terminó con el índice izquierdo, levantó la vista. Suspiró largo.
Y el semáforo cambió. Cambió y apareció el tipito verde que cruza, y él se lanzó a la calle con paso firme, agobiado pero satisfecho, con la cara de tarea cumplida mientras el sol calentaba los edificios desde el cielo claro y sucedían un montón de cosas insignificantes.

lunes, 8 de agosto de 2016

El banquete

En una amplia habitación, debajo de una araña de ciento cincuenta focos encendidos, están Rot y Jer sentados a una larga mesa, cubierta con un mantel blanco y una vajilla resplandeciente. Por la puerta de la izquierda ingresa un sirviente raquítico y a medias calvo. Avanza con paso vacilante, cargando una bandeja del tamaño de un jabalí. Por fin la apoya sobre la mesa y la destapa. Rot y Jer estiran sus cuellos para observar cómo el mayordomo corta unas rebanadas de tiempo y les sirve.
Rot y Jer cruzan miradas antes de probarlo.
—¡Qué delicia! —dice Rot.
—¿Por qué nunca comimos esto antes? —pregunta Jer, buscando al sirviente, que ya se ha retirado.
—Lo ordenaremos más seguido, mi querida —sugiere Rot.
Continúan comiendo en silencio. Rot es el primero en terminar su plato y acerca su mano a la campanilla, pero se arrepiente. Corta para sí un enorme trozo de tiempo. Jer lo ve comer vorazmente y mira de reojo la bandeja, donde aún hay tiempo de sobra. Al terminar su porción, se sirve un pedazo tan grande como el de Rot, o un poco más, y come apurada.
En las paredes se van dibujando unas grietas. La pintura empieza a descascararse y cae como una lluvia de nieve. Los focos de la araña van estallando de a uno. Ninguno parece notarlo, empeñados en devorar el tiempo. Pero sus manos tiemblan exageradamente. A Rot se le caen los cubiertos bajo la mesa. Se olvida de ellos y sigue comiendo con la mano; la cara embadurnada y satisfecha. Jer trepa a la mesa para comer directamente de la bandeja. Su plato cae al piso y se desarma como un imperio en decadencia. La habitación entera parece sacudida por un terremoto. La luz disminuye cada vez más. Apenas quedan cinco focos encendidos cuando Rot se lleva la bandeja a un rincón de la habitación. Jer salta de la mesa y desde atrás lo golpea hasta que logra hacerse lugar. Ambos comen arrodillados mientras las últimas bombillas explotan. Todo queda a oscuras. Durante un rato se oye únicamente el ruido de las bocas llenas, masticando enormes pedazos de tiempo. 
Un estrépito sacude todo y la pared del fondo se derrumba. Una luz blanca y cegadora, de sol o de nada, inunda la habitación. Rot y Jer intentan cubrirse los ojos, se tambalean en su rincón. Al recobrar la vista, descubren que les queda poco tiempo. Se golpean, se rasguñan, se arrancan las ropas. El vestido de Jer, todo engrasado, queda en el suelo como un trapo. El elegante traje negro de Rot ahora es inmundo y harapiento. Jer captura el último pedazo de tiempo y corre hacia la luz. Rot permanece un instante lamiendo la bandeja. Luego se levanta y corre tras Jer gritando como una bestia. Los cuerpos se pierden a lo lejos.
El ambiente se sumerge en una calma aparente. La luz blanca se torna oscilante, disminuye y vuelve a intensificarse a intervalos regulares, hasta que se torna roja y pesada. Una lluvia de huesos pelados cae sobre la mesa de madera. Se escuchan llantos lejanos. 
La luz muere por fin y en la sala no queda nadie que aplauda.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Pedacito de mundo digital

A veces me siento frente a la computadora y me obligo a escribir. Es una prueba contrarreloj. Nunca hay demasiada paciencia para ello. Tiene que ser ahora. Ya mismo debe ocurrir algo ingenioso, descender como un pájaro herido desde los cielos de mi ser, o desde fuera de él. No importa. Anhelo una idea breve y profunda sobre cualquier tema posible e imposible.
Por lo general, no funciona. Todo el mundo puede comprobarlo con apenas revisar el archivo.
Incluso yo mismo he verificado el carácter amputado del proyecto, el desperdicio de tiempo que significa este sitio. Y no hay argumento más convincente que ese para sustentar su invalidez.
Pero, ¿quién dice que soy yo el que escribe este blog?
...que soy yo quien se pregunta?
...que son ustedes quienes invierten su tiempo leyendo en silencio?
¿Quién asegura que nosotros estamos viviendo esta vida?
Un mundo virtual posibilita la existencia de seres virtuales.
¿Quién garantiza que soy yo, y no una máquina, el que escribe estas letras?
¿Quién asegura que estoy hecho de carne, huesos y dudas, y no de un conjunto de variables y probabilidades matemáticas?
Donde encuentres una pantalla, estarás ante un espejo. 
Solo verás tu propia imagen.

lunes, 1 de agosto de 2016

Objetivos de la vida

Para vivir una vida plena
debemos

Tener un libro
Plantar un niño
Escribir un árbol

tallando en la corteza
por ejemplo:
                     Yeni
                    te amo

y un corazón
y una flecha.

miércoles, 27 de julio de 2016

Salida de amigos

—¡Mi vida no tiene sentido!
—La vida, en general, es una mierda.
—¡Es inhumano sufrir tanto!
—Cierto. ¿Por qué no nos matamos?
—¡Ay, cuánto dolor!
—Tengo un revólver, era de mi abuelo. Todavía sirve.
—¡Ay!
—Dejá de llorar. ¿Nos matamos?
—Por favor.
...
..

Fin.

martes, 26 de julio de 2016

Versos que no quieren decir nada

Explotan los circuitos de mi sangre
se eleva el repique de tambor
se incendian las ideas polvorientas
se entierran los poemas de salón
amanece mi sentido cósmico
mis pieles se funden con el sol
abandono este violento mundo
hago la guerra al imbécil que lo armó

¿Para qué
          habría armas
                       en marte,
si no existen
             conciencias
                       que amputar?
Aquí las máscaras
mentiras y ficciones...
del gran teatro
la supervivencia.

jueves, 21 de julio de 2016

Escriba

Estoy cansado de desnudarme.
Hablaré de otros.

miércoles, 20 de julio de 2016

Más sobre mí que sobre las palabras

Las palabras solo tienen sentido cuando son pronunciadas ante alguien que necesita escucharlas, porque las estaba buscando.

martes, 19 de julio de 2016

Problema barrial

—Se lo juro oficial, yo no quería. Pero no pude aguantarme, ¡ella me provocó!
—Llévenselo.
Dos agentes salieron con el tipo a rastras hacia el patrullero. Un tercero se quedó pensativo.
—Jefe, ¿y con la vieja qué hacemos?
—Traela.
El agente caminó hasta una casa con techo de chapa, golpeó la puerta y regresó con la vieja.
—Señora —dijo el jefe—, hicimos lo que pudimos, detuvimos al sospechoso, pero no pudimos evitar que su gallina formase parte del puchero familiar. Si desea un resarcimiento, tiene derecho a poner abogados.

lunes, 18 de julio de 2016

Adivinanza

¿Qué tienen en común
los dragones
los fantasmas
y el amor?

domingo, 17 de julio de 2016

Palabras

Las palabras sirven para llenar un vacío
También para agrandarlo

sábado, 16 de julio de 2016

Fragmento de una Sentencia

El perdón es olvido,
también el amor.

viernes, 15 de julio de 2016

Haiku despedida

Junté mi cuerpo,
el mate y unos libros.
Dejé tu vida.

miércoles, 13 de julio de 2016

Haiku del yo

Dejé mi nombre.
Al regresar del bosque,
logré ser muchos.

martes, 12 de julio de 2016

Haiku de tiempo

Pocas palabras
pintar un mundo nuevo
morir y nacer

lunes, 11 de julio de 2016

Haiku de un Invierno

Vida tranquila
oscuridad del sueño
sol efímero

domingo, 10 de julio de 2016

Haiku de polvo

Sexos calientes
remanso de la noche
olor a guasca

viernes, 8 de julio de 2016

El apogeo de los aparentes

El sentido se acabó al agotarse el stock. Los beneficios quedaron en pocas manos y los dioses fueron subastados. No había guerrero ni mujer que el oro no pudiera comprar. Bueno, había excepciones. Pero el honor se terminó cuando se inventó la pólvora. Matar de lejos no es matar, decían los valientes que corrían con sus espadas y caían al piso como trapos. Siempre habían odiado a los arqueros, como los niños a los gordos en los potreros, pero ahora era peor. Sin embargo el odio se disipó cuando murió el último valiente. Predominaron los astutos, los mentirosos, los grandes estrategas. Fue el apogeo de los aparentes. ¿Cómo enfrentar a un tirano defendido por medio mundo? ¿Consiguiendo el apoyo de la otra mitad? Tal vez. Pero especialmente quitándole sus pilares fundamentales: negociando con los líderes que estuvieran bajo su influencia y que, por algún motivo, fueran capaces de depositar su poder en nuestra causa.
La figura del traidor emerge así de las sombras, como una sonrisa de dientes amarillos. El traidor es sumamente útil, pero no es de fiar. Alcanzado el objetivo de destronar al tirano (o a quien fuera), el traidor debe ser ejecutado. O, por lo menos, rodeado por gente de confianza para desactivar su capacidad de traición.
Mantener el poder será un arte. La política, pondrá en juego muchas artes. El arte del engaño, en la imagen y en el discurso; el arte de los negocios, la confianza y la desconfianza; el arte de la justicia, abierta a sus posibilidades e interpretaciones; el arte de la muerte, aplicado a aquellos sectores que no sirven al poder.

miércoles, 22 de junio de 2016

El Parque de Aburrimientos del viejo Zapata

El viejo Zapata, emprendedor entusiasta, quería innovar en el mercado del pueblo. Compró un terreno baldío en una esquina, a pocas cuadras del centro, y montó un Parque de Aburrimientos. Lo anunció con un cartel discreto, en letras grises: "El parque de tus sueños", porque te hacía dormir. Instaló una calesita negra que no giraba; dos toboganes despintados, fijos en su posición horizontal, que servían de bancos para una mesa tablón; una escultura resquebrajada de un conejo al que le faltaba media cabeza; una cajonera metálica con diarios viejos y revistas; un fonógrafo, y un par de escupideras. Decoró los rincones con plantines de cala y crisantemos y, cuando estuvo todo listo para la inauguración, descorchó una sidra desgasificada, que no bebió.
El éxito tardó en llegar, pero se fue corriendo la bola.
Empezaron por acercarse algunos ancianos que tenían problemas de insomnio. Tomaban el té y escuchaban interminables conciertos para violoncello en tonalidades menores o unas óperas en las que el drama no quitaba la melancolía. Un tango los hubiera animado, pero Zapata era muy atento a los detalles y fiel a la impronta del lugar. Atendía a sus clientes personalmente, con un traje color marrón oscuro que había conseguido por cien pesos revolviendo cajas en una feria de ropa usada.
El Parque también se convirtió en la salida semanal para los internos del geriátrico, que aportaban al paisaje una nota especial. El boca en boca consiguió atraer abuelos de otros pueblos y el viejo Zapata fue extendiendo su imperio. La época de oro del Parque de Aburrimientos fue más bien de bronce opaco, o de cobre, pero al viejo le alcanzaba para ir tirando.
El problema surgió cuando se arrimaron los jóvenes. Al principio pasaban de largo. Apenas si miraban de reojo eso que consideraban un circo decadente. Pero la repetición de la imagen empezó a causar gracia y poco a poco el aburrimiento del lugar fue puesto en jaque. Llegaban hordas de adolescentes solo para burlarse de los viejos. Estos se incomodaron al principio, pero terminaron por reírse de los intentos de Zapata por espantar a los chicos. Y se divertían que daba gusto; pero eso trajo consecuencias nefastas para el negocio.
La primera desgracia vino de las autoridades del geriátrico, que resolvieron alejar del Parque a sus internos, considerando que semejante agitación podía ser perjudicial para su salud. Eso afectó el ánimo de Zapata. Su carácter nostálgico se tornó colérico y agresivo, al punto de defender su territorio arrojando proyectiles de todo tipo. Lo que inició con bollos de miga de pan, pasó pronto a bolitas y bolones y derivó finalmente en cascotes y ladrillazos. Un par de parroquianos de ochenta y tantos años murieron de risa mientras se narraban la vez que Zapata atacó a un flaquito con un gato negro.
La cercanía de la muerte asustó a algunos, que dejaron de frecuentar el Parque. La clientela de Zapata se redujo como un papel en el fuego.
El viejo, que ya no estaba para tanto trote, cayó en una depresión y murió de un infarto en su cama, acaso soñando que ahuyentaba a los chicos. "Pobre Zapata -dijo en el velorio el Chango Giménez, uno de sus clientes más fieles-, si hubiera tenido el ingenio para incluir a los pibes en el negocio, su economía hubiese florecido como en dos primaveras".
El terreno quedó abandonado a la espera de una sucesión y las instalaciones del Parque fueron carcomidas por las lluvias y el invierno. Desde entonces, esa tierra de nadie es dominada por la pandilla de un tal "Uvita". Pintan grafitis en las paredes, fuman porro a cualquier hora y levantan enormes esculturas con botellas y cajas de vino que nadie junta.

jueves, 9 de junio de 2016

Vino y rosas

—El vino está muy bien —dijo ella, apoyando la copa en la mesa.
—Pero no tanto... —sugerí.
—No seas idiota.
—Ya —rezongué—. Siempre arruinando cualquier intento romántico.
—Como el vino.
—Que está muy bien.

domingo, 5 de junio de 2016

El género en personajes

Estaba pensando que pocas veces utilizo a una mujer como protagonista, así que inventaré a Alicia. Alicia es rubia, delgada, hermosa. Está vistiéndose delante del espejo porque en quince minutos tiene turno en la depiladora. Quiere estar espléndida para celebrar el primer aniversario con su novio. Su ropa se renueva todos los meses gracias a los aportes monetarios de sus padres. Ella compra en los negocios del centro, donde tienen las últimas novedades de la moda.
Horrible. Muy pelotudo. ¿Y si Alicia fuera un varón? Se llamaría Alicio. Es rubio, delgado y hermoso. Está vistiéndose delante del espejo porque en quince minutos tiene turno en el depilador (es posible que haya un varón depilando, ¿no?). Quiere estar espléndido para celebrar el primer aniversario con su novia. Compra ropa nueva todos los fines de semana, con la plata que le dan sus padres. También le dan para alquilar un departamento, para comer, para salir, e incluso para depilarse. Cuando por fin siente que está listo, sale a la calle y se va en el Chevrolet de su mamá.
Mientras tanto Sofía, la novia de Alicio, está jugando al fútbol con sus amigas. Cuando terminan, se sientan a tomar una cerveza. Sofía es morocha, de pelo corto y está acalorada. Se saca la remera transpirada y la tira al piso. También se descalza. Se queda con un corpiño deportivo y un short negro. Le asoman algunos pelos en las axilas, y en las piernas tiene otros tantos. Le chupa un huevo (o mejor un ovario) la costumbre estúpida de depilarse. Lo considera una pérdida de tiempo y un padecimiento innecesario. No importa qué estudia, ni de qué trabaja, pero hace las dos cosas y le queda tiempo para vivir y para amar, aunque no pueda decirse que deje de vivir ni de amar mientras está estudiando o trabajando. Por su parte no es apasionada del fútbol, por una cuestión de principios, pero juega para joder con sus amigas. Cuando vuelve a la casa, se ducha, se viste en cinco minutos y se tira en un sillón a leer Así habló Zarathustra. Por la noche irá a cenar con su...
¡Un momento! Si bien este personaje, Sofía, hasta aquí es perfectamente verosímil, se pone en duda cuando se lo empareja con Alicio. Es imposible que Sofía esté con Alicio. Nunca, nunca le daría pelota, ¿cierto? Y también es posible que a Alicio no le guste Sofía.
Ahora bien, si el rol de Sofía fuese ocupado por un varón, y Alicio volviera a ser Alicia, sería perfectamente verosímil que hubiera un noviazgo. ¿Por qué, por qué, por qué?
Configuraciones de un mundo psicológico-social que quizá algún día podamos ir entendiendo (y superando).

viernes, 3 de junio de 2016

Vida

—¡Mamá, mamá!
—¿Qué?
—Hay extraterrestres en el patio.
—Deciles que vuelvan a su planeta.

martes, 31 de mayo de 2016

Diálogo entre un escritor frustrado y otro que no se sabe bien qué hace

EF —Viste cuando escribís cosas que nada que ver...
O —Sí.
EF —Bueno, todo el tiempo. Me frustra un poco.
O —¿Por qué no cambiás los métodos?
EF —¿Métodos?
O —Sí, qué se yo. Buscar enfoques creativos.
EF —¿Por ejemplo?
O —Narrar la escena de Guillermo Tell desde la perspectiva de la manzana.
EF —¿Y eso para qué serviría?
O —¡Idiota utilitarista! Para mover la maquinaria, viejo, para qué va a ser.
EF —Creo que mejor busco trabajo en McDonals.
O —Podés escribir sobre alguien que consigue trabajo en McDonals.
EF —Y a escondidas come las sobras de hamburguesa.
O —Y al tercer día las detesta.
EF —Y al quinto quiere matar al hijo de puta del supervisor.
O —El sexto día tiene una fuerte discusión con una vieja sorda que no sabe hacer el pedido.
EF —En su segunda semana sufre una tremenda diarrea y no le permiten ir al baño.
O —Descubre que los certificados médicos carecen de validez.
EF —Tras varias horas de fruncir el culo, se caga estrepitosamente encima.
O —Con absoluta conciencia.
EF —Y ahora, aliviado, vuelve a sonreír a los clientes mientras toma pedidos y entrega tickets.
O —Por tanto sacrificio, es candidato a empleado del mes.
EF —Sí, quizá lo intente.
O —¿Al relato?
EF —No, trabajar en McDonalds.

Ayuda ambulante

Juan estaba sentado en un banco de plaza, mirando los árboles, cuando se le acercó un hombre de sobretodo gris y sombrero negro.
—Hola, vengo a ayudarte —dijo.
—¿A qué? —repuso Juan.
—Eso es decisión tuya.
—En este momento no necesito ninguna ayuda, gracias.
—Ahí está —sonrió el viejo—, el primer conflicto a superar: admitir que necesitamos ayuda.
—Por supuesto. ¿Sería tan amable de dejarme solo?
—Aislamiento y soledad, las principales causas de depresión.
—Estaba perfectamente hasta que llegó usted.
—Típico, creer que podés con todo...
—No quiero nada...
—¡Y sin deseos!
—Nada que tenga que ver con usted —completó Juan.
—Ensimismado, incapaz de abrirse a nuevas experiencias —insistió el viejo.
—¿Qué quiere? —preguntó resignado.
—Que asistas a una sesión. —El viejo sacó una tarjeta del bolsillo y se la extendió al joven.
—¿Coaching? —leyó.
—Eso mismo. El precio lo podemos charlar, hay promociones...
El viejo se puso a hurgar en el interior de su sobretodo. Cuando por fin logró extraer su agenda, en el banco apenas quedaba su tarjeta junto a una cagada de paloma.

lunes, 30 de mayo de 2016

Finalidad

—He descubierto el fin de la vida —dijo Aníbal, segundos antes de morir postrado en una cama sucia de la habitación 114 de un hospital cualquiera, sin nadie que lo escuchara.

martes, 24 de mayo de 2016

Osvaldo

Pobre Osvaldo, le llevó toda la vida comprender que un amor no dura toda la vida.

viernes, 20 de mayo de 2016

Una de vampiros

"¿Qué se sentirá ser un vampiro?", se preguntó Migue, mientras miraba una película echado en el sillón. Se incorporó para darle un buen trago a la cerveza. Luego eructó y apoyó la botella en el suelo.
-¿Qué se sentirá ser un vampiro? -dijo en voz alta.
-Si no sabés vos -murmuró su novia desde la cocina.
-¿Qué? -gritó Migue.
Como no llegó ninguna respuesta, se concentró en la película. La había agarrado empezada en Cinecanal y ahora dos tipos y una rubia se armaban con estacas, biblias y ristras de ajo para ir a la guarida del Conde Drácula. Migue se preguntó si los bifes al ajo del restaurante peruano de la esquina servirían para inmunizarse. Al imaginarlo sintió algo parecido al hambre.
Los justicieros se aproximaban en carreta al imponente castillo de la montaña, cuando Migue sintió un ruido en la cocina. Le pareció el deslizamiento de la ventana hasta hacer tope. Siguieron unos pasos y algo que cayó al piso. Migue se sonó los dedos del pie contra el sillón, dio otro trago a la cerveza y bostezó.
-¿Querés que encarguemos comida en los peruanos? -dijo, como si hablara al televisor.
Desde la cocina llegó una risita, un murmullo. No hubo respuesta. Migue bajó el volumen del televisor y se sentó.
-Che, te hablé. ¿Pedimos comida?
Llegaron más risas. Crecían en intensidad. Ella reía como si sufriera un ataque de cosquillas. A Migue le pareció escuchar otra voz por lo bajo y se levantó. Caminó en puntas de pie hasta la cocina y desde la puerta los vio. Su novia, sin remera y con el pelo revuelto, abrazaba a un tipo engominado que le estaba mordisqueando las tetas. Los vidrios se habían empañado por el agua que hervía en la olla. Las verduras yacían picadas y olvidadas en la tabla; la cuchilla, en el piso. Migue carraspeó y los amantes tardaron unos segundos en interrumpirse. Se quedaron mirando, como si alguien sobrara. Migue iba a decir algo, pero vio los dos puntos de sangre en el cuello de su novia y dejó caer los brazos pesadamente. Lo demás era predecible. Hubo una explosión de humo blanco y los dos murciélagos escaparon por la ventana, hacia el cielo de luna llena. Antes de regresar al sillón, Migue levantó el cuchillo, apagó la hornalla y, por las dudas, dejó abierta la ventana.

miércoles, 4 de mayo de 2016

dios es amor

Acababa de salir una formación de la línea D donde un alma anoréxica se hubiera quedado afuera. Todos disfrutamos al conseguir asientos en el siguiente tren. Podía ver las caras relajadas de los que estaban enfrente: una mujer deportista, una chica con auriculares, pero la felicidad emanaba de un par de jóvenes que llevaban bolsos y mochilas. Reían y hacían chistes del caso, hasta que se acercó una vieja hablando sola y le pidió el asiento al pibe que estaba al lado de la puerta, alegando que ahí le daba mejor el aire. Era canosa, gorda y de baja estatura, y llevaba dos bolsas de supermercado con mantas o ropa. El pibe se levantó y arrastró sus cosas hacia el pasillo.
—Hay que compartir todo —dijo la vieja mirándolo desde el asiento—, porque todo es propiedad de dios. El oro, la plata... todo es de él.
—¿Usted cree que a dios le importa el oro y la plata? —indagó el pibe.
—Todas las personas son propiedad de Dios —siguió la vieja—: Él las compró cuando vino al mundo. Las compró con sufrimiento, con todo el mal que le hicieron los judíos.
El pibe y la vieja se quedaron mirando. Ésta vestía un pullover gastado de color celeste con el logo de Tomy Hilfiger. El pelo blanco resaltaba sus ojos celestes.
—Por eso nunca hay que perder la fe —continuó—. Los ateos son malos, no quieren ni a los perros... ¿Vos seguiste yendo a la iglesia después de la comunión?
—No, señora.
—¿Y tu familia no va a la iglesia?
—Tampoco.
—¿Ni para Navidad?
—No.
—¿Y para Semana Santa tampoco?
—No, señora. Nunca.
La vieja hizo una pausa para tragar saliva. Era como si un espíritu estuviera entrando a su cuerpo.
—Conocí a un hombre —arrancó—... era ateo y lo perdió todo. Tuvo una muerte dolorosa.
—Sí, todos nos vamos a morir...
—Pero no como él. Los ateos se mueren mal, con muchísimo dolor. Nadie más muere así. Yo hace poco casi me voy. —La vieja se tocó el pecho—. Ochenta años.
—Mire usted.
—Cuatro horas estuve. Sentía como que iba en un río y que me ahogaba. ¿Sabés lo que se siente?
—No, nunca me pasó.
La vieja lo miró con disgusto.
—Pero lo habrás visto en alguna película... o te podés imaginar.
—Sí, señora. Puedo imaginar.
—Bueno —reanudó con voz quebrada—, iba como en un río y me ahogaba. Cuatro horas estuve y me revivieron los médicos. Pero no me salvaron ellos. Fue Dios el que estuvo conmigo. Dios los puso a ellos para que me salvaran. —Los ojos celestes de la vieja se abrieron como el humo—. Pero a los basura, a los basurita, a esos sí... les espera una muerte dolorosa.
—¿A quiénes se refiere cuando dice basura-basurita?
—¿A quién va a ser? ¡A los ateos!
Hubo un silencio. Todo el vagón parecía estar atento al diálogo. Algunos se esforzaban por contener la risa.
—¿Usted no podría amar a un ateo, señora? —intentó el pibe.
—¡No! Ellos no quieren a nadie. Odian a todo el mundo, hasta a los perros... los matan. Son el demonio y van a morir con dolor.
El pibe bajó en Scalabrini Ortiz. Saludó a la vieja, que le devolvió el saludo. Después siguió predicando, pero nadie le prestó atención.

martes, 19 de abril de 2016

Reloj de arena

Estoy sentado frente a un enorme reloj de arena. Es tan grande que parece infinito. Sería absurdo prestarle atención, ya que nada va a ocurrir. Ni siquiera el final, cuyo rumor sería un alivio, es conjeturable. Solo la monotonía de esos granos que caen silenciosamente y se apilan en la parte inferior.
Podría aguzar los sentidos y descifrar las distintas formas en que se va acomodando la arena, los matices en su gama de colores, el ínfimo crecimiento de la Montaña. Acaso este aburrimiento sea una condena. Acaso la condena tenga una enseñanza. Y acaso el aprendizaje sea subjetivo, de modo tal que posibilite cortar esa oxidada cadena de asociaciones depresivas para correr hacia la libertad.
El aburrimiento, entonces, ¿es una elección?
Y la libertad, ¿es una meta o un camino?