—El vino está muy bien —dijo ella, apoyando la copa en la
mesa.
—Pero no tanto... —sugerí.
—No seas idiota.
—Ya —rezongué—. Siempre arruinando cualquier intento romántico.
—Como el vino.
—Que está muy bien.
Nada aquí ha superado el deterioro del tiempo. Al principio, fue la inocente felicidad; luego, la herida y la desconfianza; por fin, el hastío. Acaso el olvido encienda una hoguera redentora con estas letras resecas. Las telarañas en los rincones se obstinan en fijarlo todo, para siempre.
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