El viejo Zapata, emprendedor entusiasta, quería innovar en el mercado del pueblo. Compró un terreno baldío en una esquina, a pocas cuadras del centro, y montó un Parque de Aburrimientos. Lo anunció con un cartel discreto, en letras grises: "El parque de tus sueños", porque te hacía dormir. Instaló una calesita negra que no giraba; dos toboganes despintados, fijos en su posición horizontal, que servían de bancos para una mesa tablón; una escultura resquebrajada de un conejo al que le faltaba media cabeza; una cajonera metálica con diarios viejos y revistas; un fonógrafo, y un par de escupideras. Decoró los rincones con plantines de cala y crisantemos y, cuando estuvo todo listo para la inauguración, descorchó una sidra desgasificada, que no bebió.
El éxito tardó en llegar, pero se fue corriendo la bola.
Empezaron por acercarse algunos ancianos que tenían problemas de insomnio. Tomaban el té y escuchaban interminables conciertos para violoncello en tonalidades menores o unas óperas en las que el drama no quitaba la melancolía. Un tango los hubiera animado, pero Zapata era muy atento a los detalles y fiel a la impronta del lugar. Atendía a sus clientes personalmente, con un traje color marrón oscuro que había conseguido por cien pesos revolviendo cajas en una feria de ropa usada.
El Parque también se convirtió en la salida semanal para los internos del geriátrico, que aportaban al paisaje una nota especial. El boca en boca consiguió atraer abuelos de otros pueblos y el viejo Zapata fue extendiendo su imperio. La época de oro del Parque de Aburrimientos fue más bien de bronce opaco, o de cobre, pero al viejo le alcanzaba para ir tirando.
El problema surgió cuando se arrimaron los jóvenes. Al principio pasaban de largo. Apenas si miraban de reojo eso que consideraban un circo decadente. Pero la repetición de la imagen empezó a causar gracia y poco a poco el aburrimiento del lugar fue puesto en jaque. Llegaban hordas de adolescentes solo para burlarse de los viejos. Estos se incomodaron al principio, pero terminaron por reírse de los intentos de Zapata por espantar a los chicos. Y se divertían que daba gusto; pero eso trajo consecuencias nefastas para el negocio.
La primera desgracia vino de las autoridades del geriátrico, que resolvieron alejar del Parque a sus internos, considerando que semejante agitación podía ser perjudicial para su salud. Eso afectó el ánimo de Zapata. Su carácter nostálgico se tornó colérico y agresivo, al punto de defender su territorio arrojando proyectiles de todo tipo. Lo que inició con bollos de miga de pan, pasó pronto a bolitas y bolones y derivó finalmente en cascotes y ladrillazos. Un par de parroquianos de ochenta y tantos años murieron de risa mientras se narraban la vez que Zapata atacó a un flaquito con un gato negro.
La cercanía de la muerte asustó a algunos, que dejaron de frecuentar el Parque. La clientela de Zapata se redujo como un papel en el fuego.
El viejo, que ya no estaba para tanto trote, cayó en una depresión y murió de un infarto en su cama, acaso soñando que ahuyentaba a los chicos. "Pobre Zapata -dijo en el velorio el Chango Giménez, uno de sus clientes más fieles-, si hubiera tenido el ingenio para incluir a los pibes en el negocio, su economía hubiese florecido como en dos primaveras".
El terreno quedó abandonado a la espera de una sucesión y las instalaciones del Parque fueron carcomidas por las lluvias y el invierno. Desde entonces, esa tierra de nadie es dominada por la pandilla de un tal "Uvita". Pintan grafitis en las paredes, fuman porro a cualquier hora y levantan enormes esculturas con botellas y cajas de vino que nadie junta.
miércoles, 22 de junio de 2016
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