viernes, 8 de julio de 2016

El apogeo de los aparentes

El sentido se acabó al agotarse el stock. Los beneficios quedaron en pocas manos y los dioses fueron subastados. No había guerrero ni mujer que el oro no pudiera comprar. Bueno, había excepciones. Pero el honor se terminó cuando se inventó la pólvora. Matar de lejos no es matar, decían los valientes que corrían con sus espadas y caían al piso como trapos. Siempre habían odiado a los arqueros, como los niños a los gordos en los potreros, pero ahora era peor. Sin embargo el odio se disipó cuando murió el último valiente. Predominaron los astutos, los mentirosos, los grandes estrategas. Fue el apogeo de los aparentes. ¿Cómo enfrentar a un tirano defendido por medio mundo? ¿Consiguiendo el apoyo de la otra mitad? Tal vez. Pero especialmente quitándole sus pilares fundamentales: negociando con los líderes que estuvieran bajo su influencia y que, por algún motivo, fueran capaces de depositar su poder en nuestra causa.
La figura del traidor emerge así de las sombras, como una sonrisa de dientes amarillos. El traidor es sumamente útil, pero no es de fiar. Alcanzado el objetivo de destronar al tirano (o a quien fuera), el traidor debe ser ejecutado. O, por lo menos, rodeado por gente de confianza para desactivar su capacidad de traición.
Mantener el poder será un arte. La política, pondrá en juego muchas artes. El arte del engaño, en la imagen y en el discurso; el arte de los negocios, la confianza y la desconfianza; el arte de la justicia, abierta a sus posibilidades e interpretaciones; el arte de la muerte, aplicado a aquellos sectores que no sirven al poder.

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