lunes, 13 de junio de 2011

Payada número cincuenta y tres

A continuación se reproducen los versos pronunciados por Segismundo Gutiérrez en la competencia entrerriana: “La vida está en el campo”.

Como hace mucho que no escribo
Aquí unos versos me improviso
Mas al desprevenido aviso
Que no encontrará gran cosa,
Letra que asome por mi boca
Construirá ideas sin piso.

Lo primero que yo anuncio
(no necesito que me lo pidan):
No hay verda´ pa vivir la vida
Y a ese refrán no renuncio,
Pasan años pa´ comprenderlo
Hasta que uno se aviva.

Al que me diga lo contrario
No le opongo resistencia
En cuestiones de la creencia
Es más bien complicado.
Las razones de vida o muerte
Las dejo pa´ los soldados.

Para no dejarse engañar
Hay que estar bien despierto
Es muy fácil ir muerto
Ante un buen charlatán.
Escupen muchas palabras
Mas nunca están en lo cierto.

Y así me voy despidiendo
Supongo que ya es momento
De que otro cuente su cuento
Para todos los presentes.
Este humilde servidor
Ya quiere llenar su diente.

Ahorita me voy pa´dentro
porque al viento me le asemejo
Procuro soplar parejo
Sin pretenderme en el centro,
Fugaz y firme de pensamiento
Es un soplido lo que les dejo.

Como habrán sospechado
No aporté soluciones
Las respuestas no las he hallado
Yo solo escribo canciones.
Más valen las cien volando
Cuando hablamos de ilusiones.

Los presentes se observaron algo confundidos. Al oír que alguno aplaudía, estallaron en aplausos como de costumbre. Pasado el alborozo, se preguntaron quién era ese tal Segismundo Gutiérrez, desconocido por aquellas zonas, y nadie pudo aportar datos precisos. Se dijo que Gutiérrez era tucumano, o salteño, o quizás uruguayo; pero semejante imprecisión no conformó a la multitud. Entonces comenzaron las suspicacias.
Primero cuestionaron la actuación de Gutiérrez. Criticaron su rima, la heterodoxia en el manejo de la guitarra y la vaguedad de sus ideas. Alguno deslizó que Gutiérrez había comprado el poncho en una feria paraguaya. Desde entonces se puso en tela de juicio su carácter de gaucho y se llegó a denunciar que era un porteño encubierto, enviado por el gobierno nacional.
Finalmente, se rumoreó que Gutiérrez era un fantasma y que nada de lo ocurrido era cierto, incluso la vida misma.
Ante semejante desconcierto, la multitud fue abrazando una suerte de paranoia que desembocó en cólera generalizada contra el payador, aunque no sin cierto temor por tratarse de un espectro. Algunos gauchos tomaron coraje, se levantaron de sus asientos y en procesión pachorrienta salieron a buscarlo. Atravesaron la exposición de maquinarias y se dirigieron hacia la enorme carpa ubicada en el centro de la hacienda, donde se exhibían algunos animales, mates artesanales, ponchos y demás utensilios gauchescos.
Ingresaron de modo casi violento, desplazando gentes y observando en todas direcciones. El grupo decidió separarse para ganar tiempo e incluso intentaron trotar para no dar lugar al escapismo.
Al reencontrarse en el fondo, los perseguidores se llevaron una sorpresa horrible. Encontraron a Gutiérrez tomando unos amargos con su señora.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Piedrita

¡Qué curiosa es la vida! Yo, una sombra solitaria y vagabunda, parsimoniosa, casi invisible detrás de los árboles; un día arrojo una piedrita sin demasiados pretextos, sin esperanza ni objetivo alguno.



La piedrita se desliza por una rayuela de tiza entre las baldosas gastadas de gris, salta y baila ante mi desinteresada mirada y extraordinariamente se acuesta a dormir en el cielo.



Me deja estupefacto. El cielo de esa rayuela se vuelve ojos, y 'yo-sombra' me convierto en letras, en símbolo, en alegría. El cielo me observa como si me leyera -sospecho que me lee-, y mi sueño lo convierte a él en colores, en belleza, en poesía.



Qué locas alas tiene esta vida-mariposa; revolotea solitaria en la oscuridad de la noche y, de pronto, es sorprendida por el brillo del amanecer. La opacidad se fuga por un laberinto multicolor donde mis ojos se extravían, se maravillan y vuelan de mí.



A veces quisiera que todo esto fuese siempre; pero es sólo un momento, o unos ratos. Así como aparece, el espejismo se esfuma en las arenas infinitas de mi desierto inquisitivo. Y sin embargo no puedo negar la certidumbre de ese estado. La fantasía que brota de ese instante es incansablemente más real que aquel paquete de monotonía que acostumbra a refugiarse en un hoyito, en un hueco profundo que se abre en mi interior (vaya a saber cómo y por qué), y entonces encierra todo allí. Todo pensamiento, todo fulgor de espontaneidad, toda semilla portadora de vida, van a parar a ese recinto frío y húmedo donde automáticamente se captura al devenir en envoltorios de papel, como atisbos de regalos que no se entregan jamás. Y eso, ese reflejo inútil producto de una silenciosa ‘involuntad’, construye oscuridades encima de otras y engaña sutilmente a los débiles ojos de quien se encuentra hundido en sus propios abismos.



En cambio, cuando se descuida, aquella confusa sensación se aplasta contra sí misma, se repliega y, miserable, se esconde en el más oscuro rincón de alguna verdad porosa. A través de esos intersticios se filtran tibios rayos de luz que nunca dejan de ser toboganes hacia esporádicas vivencias.



Siempre habrá piedritas que acaricien a las aves en su vuelo, aunque sea en el cielo de una rayuela inesperada.