miércoles, 16 de marzo de 2011

Piedrita

¡Qué curiosa es la vida! Yo, una sombra solitaria y vagabunda, parsimoniosa, casi invisible detrás de los árboles; un día arrojo una piedrita sin demasiados pretextos, sin esperanza ni objetivo alguno.



La piedrita se desliza por una rayuela de tiza entre las baldosas gastadas de gris, salta y baila ante mi desinteresada mirada y extraordinariamente se acuesta a dormir en el cielo.



Me deja estupefacto. El cielo de esa rayuela se vuelve ojos, y 'yo-sombra' me convierto en letras, en símbolo, en alegría. El cielo me observa como si me leyera -sospecho que me lee-, y mi sueño lo convierte a él en colores, en belleza, en poesía.



Qué locas alas tiene esta vida-mariposa; revolotea solitaria en la oscuridad de la noche y, de pronto, es sorprendida por el brillo del amanecer. La opacidad se fuga por un laberinto multicolor donde mis ojos se extravían, se maravillan y vuelan de mí.



A veces quisiera que todo esto fuese siempre; pero es sólo un momento, o unos ratos. Así como aparece, el espejismo se esfuma en las arenas infinitas de mi desierto inquisitivo. Y sin embargo no puedo negar la certidumbre de ese estado. La fantasía que brota de ese instante es incansablemente más real que aquel paquete de monotonía que acostumbra a refugiarse en un hoyito, en un hueco profundo que se abre en mi interior (vaya a saber cómo y por qué), y entonces encierra todo allí. Todo pensamiento, todo fulgor de espontaneidad, toda semilla portadora de vida, van a parar a ese recinto frío y húmedo donde automáticamente se captura al devenir en envoltorios de papel, como atisbos de regalos que no se entregan jamás. Y eso, ese reflejo inútil producto de una silenciosa ‘involuntad’, construye oscuridades encima de otras y engaña sutilmente a los débiles ojos de quien se encuentra hundido en sus propios abismos.



En cambio, cuando se descuida, aquella confusa sensación se aplasta contra sí misma, se repliega y, miserable, se esconde en el más oscuro rincón de alguna verdad porosa. A través de esos intersticios se filtran tibios rayos de luz que nunca dejan de ser toboganes hacia esporádicas vivencias.



Siempre habrá piedritas que acaricien a las aves en su vuelo, aunque sea en el cielo de una rayuela inesperada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"La fantasía que brota de ese instante es incansablemente más real que aquel paquete de monotonía que acostumbra a refugiarse en un hoyito, en un hueco profundo que se abre en mi interior..."
¡Qué lindo estás escribiendo corazón!
Me alegra haberte conocido y que aún, de vez en cuando, caminemos por París =)