Cuando terminé el plato de arroz con pan y queso, destapé la botella de vino y serví un vaso. Sabía que no era bueno, pero tenía
alcohol. Abrí la ventana y el golpe de aire fresco me reconfortó. Un rato antes había tenido que
cerrarla porque el humo de unos churrascos gritaba mi
nombre. El
pedacito de cielo que se veía entre las paredes parecía despejado. Podía haber
un huracán a cien metros destruyendo el mundo que no me enteraría hasta tenerlo
encima.
Tomé el vino despacio, imaginando el apocalipsis en la ventana hasta que sonó el timbre. Levanté el tubo del portero que funcionaba cuando tenía ganas y, en efecto, produjo el mismo sonido que un microondas desenchufado. Por las dudas avisé que bajaba y tomé el ascensor. En la vereda estaban Lucas y Rodrigo con unas bolsas verdes de supermercado, vestidos como para salir.
Tomé el vino despacio, imaginando el apocalipsis en la ventana hasta que sonó el timbre. Levanté el tubo del portero que funcionaba cuando tenía ganas y, en efecto, produjo el mismo sonido que un microondas desenchufado. Por las dudas avisé que bajaba y tomé el ascensor. En la vereda estaban Lucas y Rodrigo con unas bolsas verdes de supermercado, vestidos como para salir.
Los había cruzado en la puerta del chino. Vivían por el
barrio y eran viejos amigos a los que apenas veía por casualidad. Sugirieron
juntarnos a tomar algo y los invité a mi casa. Aunque no tenía muchas ganas de
ver a nadie y todavía me dolían los huesos, me pesaba más inventar una excusa
que emborracharme en su presencia.
Subimos en ascensor. Lucas era
exageradamente alto y lampiño, de pelo enrulado que caía como una llovizna. Rodrigo tenía cara
de hindú y barba de dos días. Siempre tenía esa sombra de barba de dos días. Quizá había nacido con barba de dos días. Era de complexión fuerte, pero destrabado. Discutían
cierto suceso del fin de semana pasado en un bar, acerca de un neonazi que no
se sabía si era o no, que había peleado con un negro o con un judío. O un negro judío. O un judío negro. O un negro y un judío.
Entramos. Metieron las cervezas en la heladera y nos
sentamos en la mesa. El sillón seguía clausurado. Un rato antes había doblado el
acolchado para ocultar la estampa del rubio. Una mancha más y lo tiraría por la
ventana.
—Resulta que el tipo —contó Lucas— estaba acodado en la barra con una mina y dijo de pronto: "Eh, vos, ¿qué mirás? No me gusta cómo estás mirando". Típico macho alfa, alardeando adelante de su chica. Y el otro le contestó que qué le importaba lo que él miraba o dejaba de mirar.
—¿Y ahí se la dieron?
—No, la chica se acercó al negro —continuó—, o al judío. Se acercó mucho. Viste como se patotea en los partidos de fútbol, sacando pecho y con la frente en la cara del otro; bueno así. Pero sin decir nada; mascaba chicle nomás. El negro seguía en su banqueta. Se fue echando para atrás, hasta que perdió el equilibrio y reaccionó metiendo mano en la espalda de la chica. Entonces la mina lo empujó, al grito de "qué me tocás", y el negro cayó al piso con banqueta y todo. Ahí el neonazi se le tiró encima.
—¿Vos viste la pelea?
—Me la perdí. Llegué al rato y me lo contó Evelyn, que estaba tomando un sex on the beach con Lara. Vieron todo desde su mesa.
—¿Por qué no se sabe si era neonazi y el otro es indefinidamente un negro o un judío?
—Así lo contó Evelyn, medio atropellada por el entusiasmo —dijo Rodrigo—. A los tipos los echaron del bar, la mina salió atrás. El negro estaba con un amigo. Parece que la siguieron un rato en la calle hasta que llegó la policía y se las picaron.
—Ah —dije. Fui a buscar otra cerveza pensando que sucedían muchas cosas en el mundo. A cada minuto, un suceso nuevo. Si cada suceso fuera contado, el mundo rebalsaría como una cerveza agitada. ¿Acaso no ocurría eso en las redes sociales?
—Hablando de todo un poco —dijo Lucas—, ¿tuviste alguna
noticia del reality ese?
Pensé que le hablaba a Rodrigo, pero se quedó mirándome. Terminé de servir el litro.
—¿Qué reality?
—Ese al que te anotaste por internet en mi departamento.
Al ver mi cara, Rodrigo y Lucas se rieron como tres minutos y medio. Cuando parecía que iban
a terminar, se miraban y arrancaban de nuevo.
—Esa vez, che, que nos juntamos en mi casa y tomamos unos vinos... —dijo Lucas, recuperando el ritmo respiratorio—. Hará dos o tres fines de semana. Vos decías
tener una sustancia “secreta” en el organismo. En un momento te sentaste en la
computadora, le diste como una hora y después anunciaste que ibas a entrar a un reality para viajar a Marte.
Confesé que no recordaba absolutamente nada
de eso.
—Es muy probable entonces que tampoco te acuerdes lo que hiciste
en el bar.
—¿Fuimos a un bar? —pregunté.
Me quedé mirándolos. Ellos me miraban. Esperaban mi
respuesta y yo buscaba un salvavidas colgado en algún estante de mi memoria. Por supuesto que no
había ninguno.
—¿Te acordás de tu primera experiencia homosexual? —preguntó
Rodrigo.
—Nunca tuve una.
—Incorrecto, ya la tuviste —agregó, y volvieron a reír.
Me sentía como un boxeador cagado a trompadas en el primer round, contando los segundos para que suene la campana. Necesitaba un respiro.
Me levanté y fui a buscar otra cerveza a la heladera. En cierto modo, cuando
dije que había dormido una siesta que duró más o menos un mes, mentí. No fue exactamente
una siesta, sino un período de inconsciencia ocasionado por algo así como el estrés, inherente a una vida alterada por el frenético ritmo de trabajo en la gran ciudad.
No sabía si seguir escuchando o mantener
todo en el olvido. En ocasiones, la memoria puede resultar demasiado pesada y debía
estar liviano de espíritu para escribir mi deuda. Respiré profundamente, regresé a mi asiento y llené los tres vasos.
—¿Te sentís bien? —me preguntó Lucas.
—Les pido, por favor —dije—, que me cuenten qué carajo hice en todo este tiempo.
—Les pido, por favor —dije—, que me cuenten qué carajo hice en todo este tiempo.
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