lunes, 15 de agosto de 2016

Cruzar la calle

Estaba de pie en la esquina, mirando a todos los semáforos, a los autos y colectivos que pasaban y también a las personas de la vereda de enfrente. Cada tanto giraba el cuello para no perder a los que caminaban por su misma vereda y doblaban en la esquina o cruzaban, y a los que empezaban a amontonarse a su lado y lo impacientaban cada vez más. Registraba todo. Todo era incesante y movedizo, y él bajaba un pie a la calle y volvía a subirlo. Hacía dos pasos y regresaba ante los autos que pasaban zumbando. Se oían bocinazos y unas sirenas lejanas, las voces perdidas de conversaciones perdidas y la mano del cachetón ese que revolvía el paquete de papas fritas, y él no sabía si esperar o cruzar corriendo. Aguardaba su oportunidad, pero la avenida era un picadero de carne, una muerte segura y dolorosa. Se secó el sudor de las sienes con la manga del buzo. Se sonó los dedos. Primero todos juntos, entrelazados. Después uno por uno, para rematarlos. Cuando terminó con el índice izquierdo, levantó la vista. Suspiró largo.
Y el semáforo cambió. Cambió y apareció el tipito verde que cruza, y él se lanzó a la calle con paso firme, agobiado pero satisfecho, con la cara de tarea cumplida mientras el sol calentaba los edificios desde el cielo claro y sucedían un montón de cosas insignificantes.

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