Acababa de salir una formación de la línea D donde un alma anoréxica se hubiera quedado afuera. Todos disfrutamos al conseguir asientos en el siguiente tren. Podía ver las caras relajadas de los que estaban enfrente: una mujer deportista, una chica con auriculares, pero la felicidad emanaba de un par de jóvenes que llevaban bolsos y mochilas. Reían y hacían chistes del caso, hasta que se acercó una vieja hablando sola y le pidió el asiento al pibe que estaba al lado de la puerta, alegando que ahí le daba mejor el aire. Era canosa, gorda y de baja estatura, y llevaba dos bolsas de supermercado con mantas o ropa. El pibe se levantó y arrastró sus cosas hacia el pasillo.
—Hay que compartir todo —dijo la vieja mirándolo desde el asiento—, porque todo es propiedad de dios. El oro, la plata... todo es de él.
—¿Usted cree que a dios le importa el oro y la plata? —indagó el pibe.
—Todas las personas son propiedad de Dios —siguió la vieja—: Él las compró cuando vino al mundo. Las compró con sufrimiento, con todo el mal que le hicieron los judíos.
El pibe y la vieja se quedaron mirando. Ésta vestía un pullover gastado de color celeste con el logo de Tomy Hilfiger. El pelo blanco resaltaba sus ojos celestes.
—Por eso nunca hay que perder la fe —continuó—. Los ateos son malos, no quieren ni a los perros... ¿Vos seguiste yendo a la iglesia después de la comunión?
—No, señora.
—¿Y tu familia no va a la iglesia?
—Tampoco.
—¿Ni para Navidad?
—No.
—¿Y para Semana Santa tampoco?
—No, señora. Nunca.
La vieja hizo una pausa para tragar saliva. Era como si un espíritu estuviera entrando a su cuerpo.
—Conocí a un hombre —arrancó—... era ateo y lo perdió todo. Tuvo una muerte dolorosa.
—Sí, todos nos vamos a morir...
—Pero no como él. Los ateos se mueren mal, con muchísimo dolor. Nadie más muere así. Yo hace poco casi me voy. —La vieja se tocó el pecho—. Ochenta años.
—Mire usted.
—Cuatro horas estuve. Sentía como que iba en un río y que me ahogaba. ¿Sabés lo que se siente?
—No, nunca me pasó.
La vieja lo miró con disgusto.
—Pero lo habrás visto en alguna película... o te podés imaginar.
—Sí, señora. Puedo imaginar.
—Bueno —reanudó con voz quebrada—, iba como en un río y me ahogaba. Cuatro horas estuve y me revivieron los médicos. Pero no me salvaron ellos. Fue Dios el que estuvo conmigo. Dios los puso a ellos para que me salvaran. —Los ojos celestes de la vieja se abrieron como el humo—. Pero a los basura, a los basurita, a esos sí... les espera una muerte dolorosa.
—¿A quiénes se refiere cuando dice basura-basurita?
—¿A quién va a ser? ¡A los ateos!
Hubo un silencio. Todo el vagón parecía estar atento al diálogo. Algunos se esforzaban por contener la risa.
—¿Usted no podría amar a un ateo, señora? —intentó el pibe.
—¡No! Ellos no quieren a nadie. Odian a todo el mundo, hasta a los perros... los matan. Son el demonio y van a morir con dolor.
El pibe bajó en Scalabrini Ortiz. Saludó a la vieja, que le devolvió el saludo. Después siguió predicando, pero nadie le prestó atención.
miércoles, 4 de mayo de 2016
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