—Está oscuro aquí adentro —dijo el ciego.
—Hablá más bajo, que hay gente durmiendo —rimó el mudo.
—¡Te escuché! —gritó el sordo.
—Es imposible que esto esté sucediendo realmente —pronunció correctamente
el tartamudo.
—¿Será que lo estoy soñando? —dijo un despierto.
—Yo no lo soñé —afirmó un pelado enigmático.
—Este está convencido de que no lo soñó, mientras yo apenas sé que no se nada —alardeó Sócrates.
—No te hagás el vivo —retrucó el muerto.
—Son todos unos estúpidos —escupió el más estúpido de todos.
—Uh, caí re tarde —dijo, entre risas, el retardado.
—Che, ¿ninguno va a hablar dos veces? —interrumpió el eco.
—Che, ¿ninguno va a hablar dos veces? —insistió.
—Es sólo un truco —advirtió el mago.
—Pura literatura —se quejó el crítico literario.
—Bah —suspiró el quejumbroso.
—Estos receptores parecen imposibles —agregó una aguja hipodérmica
que seguía la charla con entusiasmo.
—Bueno, terminala —ordenó el delfín.
—Tienen razón —dije.
—¿Y vos qué te metés? —gritaron todos al unísono.
—¿Me hablan a mí? —se atajó el Unísono.
—No, le decimos a aquel otro.
—¿Y yo qué tengo que ver? —se defendió, ahora, Aquel Otro.
—No intenten quitarme protagonismo —dije—. En este plano
mando yo.
—No estés tan seguro —hizo saber el paranoico asomado bajo el
mantel.
—¿Y si los liquidamos a todos? —me sugirió un verdugo.
—Sería incapaz de hacer algo así.
—Dale, es divertido —convidó Robledo Puch.
—Ah, bueno… Acá dejan entra a cualquiera —dijo un colado.
—Che, ¿falta mucho para que esto termine? —cuestionó un
ansioso.
—Es que no sé cómo terminarlo —me sinceré.
—Redondeá, pibe —sugirió el círculo íntimo de Fernando Redondo.
—Yo lo termino —se ofreció el verdugo.
—Dios es el único con el poder de acabarla —gimió una monja
sin crucifijo a la vista.
—La intervención del delfín hubiese sido un buen cierre —acotó Giancarlo Braguetta (cineasta napolitano).
—Haberlo sabido antes —lloró un nostálgico.
—Yo les garantizo una buena salida —dijo Houdini.
—Paso —se apuró a decir Juan José.
—¿No había hablado otro mago antes? —protestó un perfeccionista.
—¿Y por qué no puede haber dos? —repreguntó un siamés.
—¡Eso! —ratificó el hermano, palmeando la espalda que
compartían.
—Se puso muy rebuscada la cosa —dijo un director de
telenovela mexicana.
—¿Acaso el narrador se quedó sin recursos? —pensó en voz
alta un lector irónico.
—¡No soporto más! ¡Este es el fin! —gritó un suicida mientras
saltaba por la ventana.
—Lo echaremos de menos —se lamentó el Pinino Más.
—Estuve escuchando atentamente desde el comienzo y en este antro del patriarcado no
se otorga voz a las mujeres —rugió una feminista.
—Estas siempre quieren controlar todo —deslizó por lo bajo un
gobernado.
—Si sigue cayendo gente al baile, moriremos asfixiados —calculó
un claustrofóbico que estaba cada vez más cerca de la ventana.
—Nunca oí una mentira tan grande —confesó Pinocho.
—¡Auugch! —se retorció el flamante tuerto que estaba enfrente.
—¡Vo' callate, Pinoché...! Si so' de madera so' —agitó una muñeca de trapo.
—¿Y por qué tenían que aparecer muñecos? —se preguntó Gallardo.
—Son cosas del destino —auguró una gitana y se esfumó.
—¿Y por qué tenían que aparecer muñecos? —se preguntó Gallardo.
—Son cosas del destino —auguró una gitana y se esfumó.
—Y pensar que todo esto es producto de mi imaginación —dedujo un esquizofrénico, hamacándose agazapado en un rincón.
—Todos no —desafié, con aire de superioridad.
—¿Quién te dice? —soltó el viejo que siempre dejaba las frases
abiertas—. En una de esas…
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