viernes, 21 de noviembre de 2014

Una lluvia

Un día como hoy, en que la ciudad se tiñe de tristeza, el asfalto parece más gris y los árboles objetos deslucidos... apenas se oye el chapoteo de neumáticos que llega desde la calle y alguna moto ruidosa que  suena como tos de vieja.
Esta frío y llueve, es verdad. Pero en algún momento descubro que no se trata de eso. Que no es el cielo y tampoco la lluvia, sino que soy yo. Soy yo el que me siento encerrado, vacío y solo. Soy yo el que no encuentra una escapatoria al calabozo que fabrica la angustia y espero la muerte como un anciano en su cama polvorienta.
Porque desprecio el presente y descreo del futuro, soy un moribundo que carga una pesada cruz sobre la espalda y camina arqueado sobre sus rodillas.
No consigo ver el sol detrás de las nubes, no respiro el perfume de los tilos, no entiendo el significado de una flor.
—¡Vamos, hombre, tenés que inventar algo! —intenta gritar una parte de mí.
Jamás la escucho. Solo oigo los pensamientos más pesados.
Eso confirma que soy un sordo.
Y un necio.

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