Y se había muerto nomás. Cuando recibió la noticia lo primero que se le ocurrió fue "puta, pensé que yo iba a morir primero". Tenía el facebook abierto e imaginó lo estúpido que era hablarle a una madre muerta (o a cualquier pariente o amigo ido) por ese medio.
Todo el que escribe a un muerto por internet se está dirigiendo a los lectores, no hay otra. Para levantar compasión, para hacer que el resto recuerde al difunto igual que uno. El estilo epistolar es sin duda más sensacional, tiene llegada. Pero es imposible que alguien suponga realmente que los espíritus y toda esa cosa etérea tengan wi-fi en el más allá.
Si bien es cierto que hay muchos rituales en conmemoración de los muertos, todos ellos se hacen para los vivos. Desde los bailes y funerales africanos, hasta... qué se yo. Son una forma de memoria, apenas, que registra el paso del tiempo, la certeza de la muerte y la continuidad de la vida. Le van avisando a los nuevos, a los críos, que desde que llegamos al mundo todos nos estamos yendo.
La vieja se había muerto, era un hecho.
¿Y para quién eran sus reflexiones?, se preguntó. Y se dijo que para sí mismo. Para esquivar la trampa de los lugares comunes en que la sociedad teje una y otra vez la misma tela de la rutina. Uno le habla al muerto por internet y todos le hablan a sus muertos a su debido tiempo.
Bueno, no todos. También hay gente decente.
El caso es que la muerta se murió y el mundo sigue. "Yo sigo y nosotros seguimos... claro, por ahora", se dijo.
Entonces miró el reloj en la pared y no pudo contener la risa. Había calculado que en tres horas estaría llegando a la casa velatoria, donde el olor a café, los abrazos, las lágrimas y pobre vieja.
martes, 4 de noviembre de 2014
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario