Desperté sobresaltado. Había soñado que Luis, mi amigo de toda la vida, moría atropellado por un elefante. Yo estaba en un banco de plaza, intentando seducir a una hermosa mujer, cuando el siniestro aconteció entre los árboles, a pocos metros. Los dos nos levantamos de un salto y corrimos. Había olor a nafta y el elefante se prendió fuego. El árabe que lo piloteaba, a los gritos, con su turbante en llamas y una espada en la mano, se arrojó hacia un costado. Rodó y se puso en guardia. Desde su lugar amenazaba a todo el que intentara acercarse. Y el pobre Luis yacía sobre una hilera de pensamientos amarillos. Apenas si se movía, hasta que el elefante explotó. La llamarada fue enorme y se llevó la imagen.
Retorné a la oscuridad y al silencio de la pieza. Por las hendijas de la persiana entraba la luz flaca y anaranjada de la calle. Perdí a la mujer del sueño y Luis debe estar quién sabe dónde. Por un instante se me ocurrió llamarlo, pero... mejor no. Mejor me doy vuelta y sigo durmiendo.
¿Por qué tuvo que terminar así? Ni siquiera pude saber su nombre. Quizás...
viernes, 31 de octubre de 2014
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