viernes, 26 de septiembre de 2014

La abeja negra

El síndrome de la hoja en blanco o algo así, le dicen. ¿Vale también para la escritura en computadora? De cualquier modo la pregunta no tiene sentido. Porque a nadie le importa.
En efecto, la nula cantidad de lectores de este sitio ha alcanzado un techo, al igual que la calidad literaria de su escritor (o sea yo, si es que "yo" existe) y su especie de voluntad para dejar testimonio de cuanto sucede en el mundo actual o en otros.
A veces me maravillo de mí mismo. Tanta creatividad, tanta cultura, tanto heroísmo despilfarrado en este rincón oscuro. Vendría a ser algo así como un Quijote consciente. Aunque, acaso, ¿el ser consciente no invalida la definición? ¡Bah, qué importan las definiciones!
Sucede que la humanidad se está perdiendo algo demasiado valioso. No lo saben, pobres. Se están perdiendo todo mi aburrimiento. Sí, eso mismo.¡ Montones de aburrimiento! ¡Toneladas, containers de aburrimiento! Tan valiosos en una época en que el entretenimiento chorrea desde las orejas sordas de la gente cuyos ojos pegoteados en infinitas y reiterativas pantallas se regocijan empachados. Como abejas rebalsadas de miel.
¿Qué estoy diciendo? Ya ni sé. En fin, por hoy es suficiente. La hoja que no es hoja ya está sucia y no puede afirmarse que exista el síndrome. Aunque eso no quita mi aburrimiento frente a esta estúpida pantalla. ¿Qué hacer con todo esto? Quizá juegue al pacman toda la noche hasta que mi nariz aterrice sobre el teclado. O tal vez vaya a los chinos a comprar una docena de facturas para empalagarme con su espeso dulce de leche. De última, puedo encender el televisor y pegotearme a él como una abeja más. Pero no es tan fácil: yo sería una abeja negra. Bien negra, como bolita de un ojo frente a la pantalla.

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