martes, 20 de mayo de 2014

Un Luthier

Había tres guitarras y dos violines en el puesto del luthier. Un pequeño cartel indicaba que era José Domínguez, de Santiago del Estero. El viejo estaba detrás, acurrucado en una silla de plástico, como si los años lo hubieran adherido a ella. Los instrumentos brillaban, tenían terminaciones delicadas.
—Están muy lindos —dije—. Habría que fijarse si suenan bien...
El viejo se levantó de un salto y se quedó mirándome desde atrás de una guitarra, con un ojo a cada lado del mástil, sin decir nada. Me puse a estudiar los instrumentos. El viejo me acechaba en silencio. La situación se fue tornando incómoda.
—¿Usted sabe tocar? —dije finalmente.
—No, yo no las toco —dijo—. Únicamente las fabrico.
—Lástima. ¿Quiere un mate?
—No, gracias. No tomo mate.
—Bueno. Así que es santiagueño... —Señalé el cartel.
—En realidad no, pero hace mucho que vivo allá.
—Ah, ¿sí?
—...
Cebé un mate para mí y seguí mirando, especialmente las guitarras. Criollas, cuerdas de nailon... Estaban bien.
—¿Qué precios tienen?
—Hay desde mil quinientos hasta tres mil quinientos.
—Ajá...
—...
Indagar acerca de las maderas con que estaban hechas hubiese sido una tortura. Me cebé otro mate. El viejo aún tenía la cara detrás del mástil. Me lo figuré con un sombrero sobre los ojos y un ombú por ahí cerca, para hacer la siesta. Era una lástima que no supiera tocar, que no fuera una suerte de Cacho Tirao, o un poco menos. Tantas horas fabricando esas cosas y siempre para otros. Aunque, bueno, estaba la subsistencia. El pan sobre la mesa, che. La música quedaba para los Artistas, sin olvidar que las guitarras tenían su propio arte. Si el viejo fuese un gran músico probablemente no fabricaría instrumentos ni los mostraría en una feria.
En fin, me alejé. Había otros artesanos más allá. Cuando me detuve frente a uno que exponía cuchillos con mangos labrados en plata, no se me ocurrió preguntar si sabía usarlos.

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