Había tres guitarras y dos
violines en el puesto del luthier. Un pequeño cartel indicaba que era José
Domínguez, de Santiago del Estero. El viejo estaba detrás, acurrucado en una
silla de plástico, como si los años lo hubieran adherido a ella. Los
instrumentos brillaban, tenían terminaciones delicadas.
—Están muy lindos —dije—. Habría
que fijarse si suenan bien...
El viejo se levantó de un salto y
se quedó mirándome desde atrás de una guitarra, con un ojo a cada lado del
mástil, sin decir nada. Me puse a estudiar los instrumentos. El viejo me acechaba
en silencio. La situación se fue tornando incómoda.
—¿Usted sabe tocar? —dije
finalmente.
—No, yo no las toco —dijo—.
Únicamente las fabrico.
—Lástima. ¿Quiere un mate?
—No, gracias. No tomo mate.
—Bueno. Así que es santiagueño...
—Señalé el cartel.
—En realidad no, pero hace mucho que vivo allá.
—Ah, ¿sí?
—...
Cebé un mate para mí y seguí mirando, especialmente las guitarras. Criollas, cuerdas de nailon... Estaban bien.
Cebé un mate para mí y seguí mirando, especialmente las guitarras. Criollas, cuerdas de nailon... Estaban bien.
—¿Qué precios tienen?
—Hay desde mil quinientos hasta
tres mil quinientos.
—Ajá...
—...
Indagar acerca de las maderas con que estaban
hechas hubiese sido una tortura. Me cebé otro mate. El viejo aún
tenía la cara detrás del mástil. Me lo figuré con un sombrero sobre los
ojos y un ombú por ahí cerca, para hacer la siesta. Era una lástima que no
supiera tocar, que no fuera una suerte de Cacho Tirao, o un
poco menos. Tantas horas fabricando esas cosas y siempre para otros. Aunque, bueno,
estaba la subsistencia. El pan sobre la mesa, che. La música quedaba para
los Artistas, sin olvidar que las guitarras tenían su propio arte. Si el viejo
fuese un gran músico probablemente no fabricaría instrumentos ni los mostraría en
una feria.
En fin, me alejé. Había
otros artesanos más allá. Cuando me detuve frente a uno que exponía cuchillos con mangos labrados
en plata, no se me ocurrió preguntar si sabía usarlos.
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