La cerveza estaba caliente. Pepe
la vació en el piso y siguió mirando a aquella morocha de vestido negro que
bailaba con sus amigas. Es una locura, pensó. Despegó el codo de la barra y caminó hacia ella.
—Oíme, Débora. Si te toco una
teta, ¿pensarías que lo hice a propósito?
—Obviamente.
—¿Por qué?
—Porque me lo estás advirtiendo.
—¿Y no se te ocurre pensar que la
advertencia obedece a causas oscuras, inconscientes, mucho más complejas de las
que vos y yo podemos llegar a imaginar?
—Bien, bien. Si yo te pego una
cachetada, ¿pensarías que lo hice a propósito?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque todavía no te toqué la
teta.
—Ya todo está escrito, Pepe.
Pepe sonrió. Estiró la mano y le
rodeó la teta derecha como si fuera un sueño cumplido. La cachetada lo hizo
retroceder dos pasos. Fue un sueño breve.
—Débora, te estaba invitando a
salir —dijo Pepe, frotándose la cara.
—Yo también —dijo Débora.
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