jueves, 11 de diciembre de 2014

Silencio calle y estrellas

Ella está lavando los platos. Podría ser yo, pero esta vez es ella. El televisor está encendido en la cocina y alguien habla sin respiro, aunque no logro escuchar una sola palabra. No me interesa. Le doy la espalda y miro hacia ella. Tiene el pelo recogido. La espalda huesuda asoma sobre la musculosa y las piernas largas, envueltas en un jean azul, se clavan en el piso, un poco inclinada sobre la izquierda. El silencio domina al mundo y también al televisor. Ni siquiera llegan ruidos de la calle, hasta que una taza se escurre de sus manos, rueda por la mesada y se desarma en pedazos al caer. Como el amor, igual. El asa rebota y resbala hacia mí, entera. Se detiene en mi pie izquierdo. Levanto la taza invisible por el asa y bebo aire, mientras un auto pasa rápidamente por la calle. Ella no dice nada. Cierra la canilla, se aleja y regresa con una escoba. No me mira. Termina de barrer, tira los vidrios al cesto, apoya la escoba en la mesada y continúa con los platos.
Qué noche maravillosa, pienso. Hace tiempo que todas son algo por el estilo, pero qué más da. No puedo hacer nada. La vida debe ser así, me lo han dicho muchas veces. ¿Cómo se hace para llegar a esto? ¿Cómo se sale?
Una vez más estoy tratando de razonar una salida cuando ella termina la limpieza. Se seca con un repasador y gira. Por primera vez me mira, al pasar hacia el baño. La especie de mueca que pretendía ser sonrisa queda grabada en mis retinas. Yo debo haber hecho lo mismo. Inconscientemente, claro. Me rasco la barba, como si eso ayudara a la reflexión. Cuánto hace que estoy pensando estas cosas y todavía no llegué a nada. Ya no sé si soy un estúpido o si realmente los problemas domésticos no tienen solución. Cuando escucho la cadena del inodoro imagino que esa es una posible salida, pero me genera desconfianza, por su simpleza.
La puerta del baño se abre. Ella sale con la cara lavada, un aire cansado y las piernas más largas envueltas en jean. Da la vuelta a la mesa y se sienta. Yo, que todavía miro hacia la cocina, tardo un rato en enderezar la silla. Mientras tanto hago como si estuviera pensando, pero en realidad no pienso nada. Tengo la mente en blanco y el asa en la mano.
Cuando me acomodo, la veo con los codos sobre la mesa y los ojos clavados en ella, como si le pesaran y estuvieran por caerse. Suspira. El suspiro es largo. Recorre la mesa, entra por mis oídos e invade todo mi cuerpo. La vida no puede ser tan triste. Ella levanta la cabeza y balbucea algo. Noto un pequeño temblor en un costado del labio y me retrepo a la silla para entablar un diálogo en condiciones dignas.
—No podemos seguir así —dice, mirando a la mesa. 
Una corriente fría me surca la espalda en un segundo y no termino de entender por qué. Ahora levanta su cabeza, pero no me está mirando, sino a un punto que está detrás de mí. Me atraviesa como si hubiera un túnel en mi frente.
—En estos días estuve pensando —continúa— y creo que lo mejor es terminar.
Me inclino sobre el respaldo y quedo mirando al techo. Mientras ella habla para redondear la idea, pienso que habíamos rondado por lugares parecidos. Es una obviedad... ¿Y por qué nunca lo hablamos? La palabra, el diálogo, suena muy lindo, pero... ¿sirve gran cosa? Acude a mi mente el frío de la calle, agosto que me espera con sus helados brazos abiertos detrás de la puerta. Entonces la miro y sonrío, con amargura. Sí, todo es amargo, pero igual sonrío. Digo alguna cosa. No sé qué cosa. Alguna estupidez para salir del paso. La realidad está bien, la acepto estoicamente. Puedo adaptarme a cualquier circunstancia. No existen cambios que sean demasiado duros, demasiado insoportables, como para no encajar más tarde o más temprano en su sistema. El sufrimiento es un estado interesante y no está mal visitarlo de vez en cuando.
Anuncio que me voy y me levanto. Ella da la vuelta a la mesa y nos damos un abrazo gastado. El tiempo permanece inmóvil en un rincón de la casa. Se escucha una moto ruidosa, debe ser una Zanella (es el tipo de pensamientos que configura este momento). Necesito irme rápido; me separo y camino hacia la puerta. Ella me sigue. Hago un comentario para desaparecer con cierto decoro e ingreso al afuera. 
Observo el nuevo mundo con renovada agudeza. El cielo está estrellado y la luna duerme su gran siesta en la oscuridad. El frío me envuelve como agua, se adapta a mi forma. Me frotaría las manos, pero aún tengo el asa en la derecha. Mejor guardarlas en los bolsillos del pantalón. 
La puerta se cierra a mis espaldas. Sonrío. Cruzo la calle y me pierdo para siempre en la primera esquina.

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