viernes, 25 de julio de 2014

Una noche de verano cualquiera

Martín caminaba por la calle con las manos en los bolsillos. Era una noche estrellada y cálida. Al pasar por la plaza se detuvo junto a un árbol.
—¿Cómo anda, amigo mío?
Hubo un silencio. Finalmente el árbol lo miró.
—Te estuve extrañando, che —insistió Martín.
—Otra vez sopa —dijo el árbol. Ya te dije que los árboles no hablamos... ¿qué tomaste ahora?
—Me convidaron unos hongos, son geniales.
—Supongo que sí. ¿Te quedó alguno?
—No, mis amigos tienen. Si querés te consigo...
El árbol se encogió de hombros, miró al piso.
—Estaría bueno —asintió.
—Aguantáme, no tardo.
Martín regresó al trote por donde había venido. Las estrellas bailaban sobre su cabeza y le hacían guiños. Al doblar en una esquina casi fue embestido por un toro de ojos rojos, brillantes, que iba silbando un blues rabioso. A mitad de cuadra encontró la casa, tocó timbre, salió Gastón.
—¿Qué hacés, Tincho?
—¿No te quedó algún honguito? Es para convidarle a un árbol de la plaza. Es amigo.
Se escuchó un gorgoteo y Gastón se perdió en el interior. Regresó con una servilleta doblada. 
—Tené cuidado. Si te pasás de rosca, no la contás. 
—Sí, señor. Gracias. Te debo una.
Martín se guardó la servilleta en el bolsillo y dio media vuelta. En la esquina enfiló hacia la plaza. Había aparecido una banana en el cielo y la estaba comiendo un pez globo. A Martín le gustó el pescado y lo saludó con la mano. 
Al bajar la vista, notó que los autos, los postes y los frentes de las casas se movían como si estuvieran bajo agua, y no tardó en sentir los pies húmedos. Ahora la calle era un arroyo que subía rápidamente y entorpecía sus movimientos. En pocos segundos el nivel del agua alcanzó la altura del pecho y Martín comenzó a bracear, con una suave corriente a su favor. Debió esquivar unas bolsas de basura y a una especie de perro que flotaba por ahí, pero iba ganando velocidad y ya distinguía la plaza en la otra cuadra.
En algún momento logró llegar, pero no pudo identificar a su amigo. Estaba agitado. Quiso afirmarse y descansar, pero no hizo pie. Se mantuvo un rato a flote, nadando estilo perrito y buscando como una foca. Luego tomó aire y se sumergió. Todo se veía muy extraño ahí abajo, como a través de una botella de vidrio. Quizá el árbol se había ido.
Balbuceó un llamado acuoso, con la misma esperanza de quien arroja sus últimos cinco pesos al veintinueve en la ruleta y subió a respirar. Tenía una molestia en el pecho. 
—¿Nadie vio a mi amigo? gritó.
Los árboles no contestaron.
—¿Lo habrá arrastrado la crecida?
Oyó su voz como si resonara dentro de sus pulmones, sin salida. Pronunció unas palabras más, únicamente para escucharse. 
Se sentía cansado y empezaba a tener frío cuando el pez globo acabó de comer la banana galáctica y se sumergió en la ciudad inundada. Martín intuyó que era una señal, que debía olvidar a su amigo y regresar a casa. Y comenzó a nadar, braceando pesadamente en la misma dirección que el pez.

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