Al anochecer, Lavagna ya estaba borracho. Había estado
bebiendo con unos amigos y de camino a su casa se había cruzado con una joven conocida que aceptó acompañarlo a tomar unas cervezas.
No habían terminado la primera botella y ya estaban enroscados
en la cama. El cansancio y la borrachera los empujaron al sueño.
Lavagna despertó a la madrugada. La chica dormía a su lado. Caminó en
pelotas hasta la heladera, dio un trago a una cerveza abierta y se asomó al patio a ver el
cielo.
—¡Te estuve esperando! —dijo una voz grave.
Lavagna dio un salto. Cubriéndose el pito con las manos, buscó al que
le hablaba hasta que recordó.
—¡Ah, sos vos! —susurró Lavagna—. Tuve unas cosas que hacer... trámites
impostergables...
—¡Claro! Pasé tres horas solo en el río, con un embole bárbaro
y vos... tipo ocupado... ¡haciendo trámites impostergables en tu cama!
—Bueno... y si sabés todo, ¿por qué me estuviste esperando?
—Soy un Dios de palabra. Pensé que cumplirías con la tuya y te la ingeniarías para llegar.
—No le demos más importancia a este asunto de la que realmente tiene. Las promesas... vos sabés. —Lavagna
se rascó un cachete. —Che, si no te molesta, tengo unas cosas que hacer. Mañana, sin falta, te veo en el río.
Y antes de que Dios pudiera protestar, le cerró la puerta en la cara. Terminó la cerveza de un sorbo y regresó a la pieza tratando de no hacer ruido.
—¿Con quién hablabas? —dijo la chica, que estaba despierta.
—Con Dioniso, dios del vino y del sexo.
—¿Dioniso era dios del sexo?
—Yo soy Dioniso —dijo Lavagna, y se arrojó a la cama.
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