Mara era el tipo de mujer impredecible, espontánea, volátil. Harto de jugar con las otras, Lavagna empezó a correr tras ella con desastrosos resultados. Dejó de escribir, dejó de pensar, dejó de comer. Solo se emborrachaba para tratar de olvidar su ausencia.
Durante un atardecer, Lavagna se detuvo junto al río a observar el fluir de hojas secas hasta que apareció un viejo con un perro negro. Vestía un sobretodo oscuro y un sombrero que casi le tapaba los ojos. La nariz huesuda y los labios resecos evocaron en Lavagna un lejano recuerdo del cementerio.
—¿Quiere un trago, joven? —dijo el viejo, sacando una petaca de su bolsillo.
—No, gracias. Ya tuve bastante.
El viejo guardó la petaca y se quedó mirando.
—Mal de amores —susurró—, ¡qué boludo!
—¿Cómo dice?
—Con lo grande que es el mundo, andar preocupado por una mina...
—¡Ja! Viejo sabio... Eso ya lo pensé, pero es insuficiente. Aquí no se trata de pensamientos sino de pasiones.
—¡Así que sos pasional...! Quién lo hubiera dicho, Lavagna.
—¿Nos conocemos?
—Yo sí. Siempre me interesaron los personajes en situaciones como la tuya. Melancólicos, desesperados...
—Mire usted. Yo solía escribir sobre esos tipos...
—Ya no escribís —lo interrumpió—. Te convertiste en uno de ellos.
—Podría escribir igual, pero... ¿qué sentido tiene?
—Es un tema complejo. Sin embargo, hoy es tu día de suerte. Soy el Diablo y vengo a ofrecerte un... ¡Eh, regrese! ¿A dónde va?
El viejo se quedó agitando los brazos mientras Lavagna se perdía escaleras arriba. Hizo tres cuadras a toda velocidad hasta que un calambre lo redujo. Llegó a su casa rengueando y encaró la cama sin desvestirse. Estuvo largo rato mirando el techo antes de dormirse.
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