Lavagna paseaba de noche junto al calmo río, cuando una voz grave
lo interpeló.
—Soy Dios y tengo algo que decirle.
Lavagna se sobresaltó. Miró alrededor y no vio a nadie. Se
encogió de hombros.
—Interrumpió usted mis pensamientos —gritó hacia arriba—. En
fin, hable.
—He notado que últimamente escribe mucho sobre mí. Presiento que la temática genera controversia entre los lectores y eso aumenta los
números del rating.
—Si intenta extorsionarme, sepa que no tengo un cobre.
—Atienda —se apuró a decir dios—. Usted escribía sobre otras cuestiones y no obtenía más
que indiferencia. Ahora sus relatos dan lugar a grandes debates y eso es un cambio
muy positivo.
—Por si no entendió, ando escaso de efectivo, maestro.
—Yo puedo promocionar tu obra. Tendrás miles de lectores y
ganarás millones. Iremos cincuenta y cincuenta.
—¿Cómo sé que usted no es un estafador? ¿O un editor escondido
atrás de un árbol, que se cree o hace pasar por dios? Además, yo estoy más
convencido de aquellos que de usted, sepa disculpar.
—¿Tenés algo que perder?
—¿Tengo algo que ganar?
—Serás alabado y millonario.
—Prefiero unas cuantas mujeres hermosas y cerveza fría.
—Las tendrás.
—¿Qué hay que hacer?
—Hablar bien de mí. Volverme un Dios maravilloso ante los
ojos de tanto descreído.
—Pero yo soy un detractor...
—Dirás que tuviste una iluminación. Que hablaste conmigo,
aquí, junto al río.
—Nadie lo creería. Dirán que soy un agente de Bergoglio o
que intento formar una secta.
—Habrá miles que te adorarán, sin importar las habladurías.
—Vea, señor... Aquí hay un problema de públicos. Ese no es precisamente
el público al que yo me dirijo. Estamos yendo en direcciones opuestas, sin mencionar la calidad literaria.
—No tengo tiempo que perder, Lavagna.
—¡Si vos no tenés tiempo, che...!
—¿Aceptás el trato o se lo ofrezco a Coelho?
—Ya lo suponía. Dejame pensarlo hasta mañana, a la misma
hora y en el mismo lugar.
Lavagna se esfumó y dios quedó solo junto al río.
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