sábado, 9 de mayo de 2015

La oferta de Dios (parte 8)

—Te quiero.
—Yo también.
Lavagna se quedó pensando en la penumbra.
—Nos queremos —dijo—. ¿Y ahora qué?
—¿Qué de qué?
—¿Qué sigue? Todo es hermoso, pero no puedo quedarme estancado como si hubiera alcanzado mis objetivos en la vida.
—¿Cuáles son tus objetivos?
—¡Mierda, si lo supiera! Lavagna se rascó la barba. —Pero habría que renovar las formas de ser, de existir y de querer.
—De acuerdo. ¿Por qué no buscás la forma y lo intentás, en lugar de limitarte a su formulación hipotética?

—Me cuesta tanto salir de mi molde —dijo por finLa verdad... me aburro a mí mismo.
—Así aburrís a cualquiera. Abandoná esa postura de víctima y volá un poco, che. No es tan difícil.
Lavagna se incorporó sonriendo.
—¡Qué importa el mundo —gritó—, y qué importo yo! Es increíble lo fácil que olvido todo eso. Y lo peor es que vivo preocupado por mí.
—Puede que preocuparte por vos sea un primer paso necesario hacia tu despreocupación y apertura.
—Puede. Ojalá algún día me parezca a vos.
—Ojalá que no.

No hay comentarios: