—¡Uf! —exclamo entusiasmado—. Nada me gustaría más.
Contra todo pronóstico sonríe, camina hasta la heladera y regresa con una botella de jugo finamente gasificado. Mientras llena mi vaso comprendo que está aniquilando sin compasión al problema metafísico que acababa de nacer, al cual veo sacudir vanamente sus brazos en las profundidades, ya al borde de la asfixia, pegoteado en misteriosos edulcorantes.
La comunicación es un fenómeno complejo.
Y hubiese preferido agua de la canilla.
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