Entonces rememoró su niñez. Los golpes que la vida le había dado una y otra vez sin un solo instante de sosiego; el dolor en sus pies descalzos, el honor en su pecho abierto, el calor azotando su piel curtida por el trabajo. Y no pudo evitar que un pensamiento distinto, rencoroso de todo aquello, brotara. No de su mente, sino de sus entrañas. Y viéndose inmiscuido en una sumisa multitud (sumisa por costumbre, por ausencia de ilusiones -porque también eso les habían robado-), aquel niño moreno devenido en hombre extendió su brazo, con el dedo índice apuntando hacia lo alto. “Yo sí tengo algo para decir”. Su voz resonó como un eco grave y triste, y aprovechando el súbito silencio, gritó: “¡Basta!”.
Luego se escuchó un disparo y, esa noche, la ciudad ardió.
viernes, 18 de diciembre de 2009
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