Esta nota, que hoy escribo por una necesidad y que permanecerá oculta por tiempo indefinido, algún día saldrá a la luz y servirá tanto para justificar mis actos como para aclarar algunos puntos oscuros de nuestra historia familiar (si es que a alguien le importa).
Yo nunca fui consumista. Tampoco digo haber sido comunista, que se escribe parecido pero sería casi lo contrario. Admito que tuve cámaras digitales, televisores enormes con pantalla plana, un par de notebooks y un auto cero kilómetro reformado a mi antojo (lo que se dice ‘tuneado’ en la jerga de los jóvenes). Fui poseedor de tres hermosas motos y dos cuatriciclos, siempre usé ropa de las marcas más reconocidas a nivel mundial, y no sigo para evitar el fastidioso y extenso trabajo de mencionar todos mis bienes del pasado. Al fin y al cabo, elementos fundamentales para la vida de cualquier persona.
Una amarga nostalgia me obliga a mencionar mis preferidos. Amaba la Play Station, una avioneta a control remoto y el pescado que canta. Sí, ese que se publicitaba por televisión. Aunque el bicho era bastante estúpido, reconozco que me divirtió mucho durante la infancia.
¡Ay, mi infancia!
Sin embargo, lo reitero: no soy consumista. ¡No lo soy! Un hecho fundamental me permite afirmar lo que digo. Eso es el destino.
El destino me hizo nacer en una familia -si es que puedo llamarla así- muy adinerada. ¡DE-MA-SIA-DO ADINERADA!
Mis padres, tan capitalistas, me obsequiaban todo sin que tuviera que pedirles nada. Y digo ‘capitalistas’, pero quizá el término suene demasiado frío. Si constantemente me hacían regalos era porque me querían y deseaban lo mejor para mí. ¿O, acaso, alguien se atrevería a negar eso? ¿Cuántos padres son capaces de dar tanto a sus hijos? Imaginen lo afortunado que fui.
Mis amados padres se sacrificaron mucho para brindarme su afecto. Se la pasaban viajando por cuestiones de negocios, pero siempre que regresaban me traían algún recuerdo de aquellos extravagantes sitios. Una vez me dieron un cráneo pequeño, producto de una tribu de reducidores de cabeza que habitaba no sé qué país de África Central. Otra vez, me trajeron un pedazo del Muro de Berlín. De su paso por Egipto, conservo un colorido ataúd con faraón incluido y, en otra ocasión, recibí un elefante asiático para tener como mascota y jugar en el patio.
Y Tito, el elefante, fue por lejos el regalo más hermoso, muy por encima de todo lo enumerado anteriormente. Significó mucho más que eso: fue el mejor amigo -si no el único- que tuve. Juntos vivimos muchas tardes alegres, de aventuras imaginarias y alguna que otra real. Como aquella vez que robamos el limonero del vecino.
Recuerdo que, con su trompa, Tito me levantó sobre el tapial que separaba los patios. Conmigo llevaba un hacha y con mucha dificultad logré hacer unos tajos al árbol. Cuando lo debilité lo suficiente, mi querido amigo lo terminó de quebrar con su trompa y lo pasó conmigo y todo para el otro lado. Así nos adueñamos de los limones, que usamos luego como proyectiles para romper los vidrios del vecindario. ¡Fue toda una acción de guerra, con una excelente ejecución! ¡Y debieron haber visto con qué puntería tirábamos a las ventanas!
Es cierto que pasé momentos divertidos en mi infancia, pero no sé si llamarla feliz. Mientras mis padres se ausentaban yo vivía con la mucama y el cocinero. Me atendían muy bien, eran buenas personas, muy amables. Además podía entretenerme con los montones de juguetes y adornos exóticos que a cada instante me recordaban el lejano amor de mis padres.
Así me fui acostumbrando a la vida sin ellos. Los veía cuarenta o cincuenta días al año. Cuando estaban en casa, su presencia me resultaba extraña. No sabía qué hacer, ni qué decir. Pero a su modo, ellos me querían y yo a ellos. Éramos una familia normal, con un hogar hermoso, y disfrutábamos cada instante juntos. Curiosamente he olvidado las vivencias que tuve junto a mi padre. Pese a que él las relata cada vez que nos vemos, mi memoria no es capaz de evocarlas. No recuerdo siquiera una de sus historias y, aún hoy, llego incluso a desconfiar de que sean ciertas.
En fin, esa ha sido mi vida, mi infancia. Y repito: no soy consumista. Si no alcanzó con lo antes expuesto, quedará demostrado en breve. No dudo que sabrán comprender las razones de por qué fui como fui y por qué soy lo que soy. Estoy convencido de que mis argumentos son válidos.
Ahora soy adulto y me independicé. Estoy alejado de esas cuestiones familiares. Vivo solo en un departamento, lejos de mis padres, de sus viajes, de sus negocios, de todo. He dedicado mucho tiempo a la lectura, buscando cultivar mi mente y mi alma. Sigo fiel a un enorme deseo de no trabajar y resulta difícil arreglárselas de ese modo. Mi rebeldía contra aquel pasado impide que mis padres me ayuden económicamente. Me desligué por completo de ellos. Pero en este momento estoy ejecutando un brillante plan para garantizarme un futuro acorde a mis expectativas.
Durante los últimos meses estuve amaestrando a Tito, que aún vive en casa de mis padres porque en mi departamento... el ascensor... en fin. Aproveché sus largos períodos de ausencia para enseñarle El arte de comer personas, a partir de un libro de Antropología Caníbal que me regalaron hace mucho (y que ya tuve la precaución de quemar). Mis padres están por llegar de su último vuelo procedente de Roma y la bestia está preparada. ¿Qué regalo traerán esta vez? ¿Será un Papa embalsamado? De todas formas no importa. En unos instantes ingresarán en su mansión y terminará todo. Mi elefante los devorará, no quedará ni un rastro de sus cuerpos y el único heredero de su fortuna soy yo.
Todo está bien planificado, parecerá un accidente. ¿Quién podría culparme? ¿Cómo puedo ser responsable del hambre de un elefante que ni siquiera vive conmigo? Imagino a Tito abriendo su boca mientras mis padres abren la puerta e ingresan al oscuro pasillo donde, quizá demasiado tarde, descubrirán que se trata de la gigantesca garganta de mi mascota.
Me pregunto a quién se comerá primero. Sólo por regocijo, en realidad es lo mismo. Son dos pájaros de la misma especie y serán ejecutados de un sólo bocado. También yo lo estoy saboreando. ¡Qué dulce es el sabor de la venganza!
Imbéciles. Van a perderlo todo.
Corrijo. Lo perdieron hace tiempo.
Yo nunca fui consumista. Tampoco digo haber sido comunista, que se escribe parecido pero sería casi lo contrario. Admito que tuve cámaras digitales, televisores enormes con pantalla plana, un par de notebooks y un auto cero kilómetro reformado a mi antojo (lo que se dice ‘tuneado’ en la jerga de los jóvenes). Fui poseedor de tres hermosas motos y dos cuatriciclos, siempre usé ropa de las marcas más reconocidas a nivel mundial, y no sigo para evitar el fastidioso y extenso trabajo de mencionar todos mis bienes del pasado. Al fin y al cabo, elementos fundamentales para la vida de cualquier persona.
Una amarga nostalgia me obliga a mencionar mis preferidos. Amaba la Play Station, una avioneta a control remoto y el pescado que canta. Sí, ese que se publicitaba por televisión. Aunque el bicho era bastante estúpido, reconozco que me divirtió mucho durante la infancia.
¡Ay, mi infancia!
Sin embargo, lo reitero: no soy consumista. ¡No lo soy! Un hecho fundamental me permite afirmar lo que digo. Eso es el destino.
El destino me hizo nacer en una familia -si es que puedo llamarla así- muy adinerada. ¡DE-MA-SIA-DO ADINERADA!
Mis padres, tan capitalistas, me obsequiaban todo sin que tuviera que pedirles nada. Y digo ‘capitalistas’, pero quizá el término suene demasiado frío. Si constantemente me hacían regalos era porque me querían y deseaban lo mejor para mí. ¿O, acaso, alguien se atrevería a negar eso? ¿Cuántos padres son capaces de dar tanto a sus hijos? Imaginen lo afortunado que fui.
Mis amados padres se sacrificaron mucho para brindarme su afecto. Se la pasaban viajando por cuestiones de negocios, pero siempre que regresaban me traían algún recuerdo de aquellos extravagantes sitios. Una vez me dieron un cráneo pequeño, producto de una tribu de reducidores de cabeza que habitaba no sé qué país de África Central. Otra vez, me trajeron un pedazo del Muro de Berlín. De su paso por Egipto, conservo un colorido ataúd con faraón incluido y, en otra ocasión, recibí un elefante asiático para tener como mascota y jugar en el patio.
Y Tito, el elefante, fue por lejos el regalo más hermoso, muy por encima de todo lo enumerado anteriormente. Significó mucho más que eso: fue el mejor amigo -si no el único- que tuve. Juntos vivimos muchas tardes alegres, de aventuras imaginarias y alguna que otra real. Como aquella vez que robamos el limonero del vecino.
Recuerdo que, con su trompa, Tito me levantó sobre el tapial que separaba los patios. Conmigo llevaba un hacha y con mucha dificultad logré hacer unos tajos al árbol. Cuando lo debilité lo suficiente, mi querido amigo lo terminó de quebrar con su trompa y lo pasó conmigo y todo para el otro lado. Así nos adueñamos de los limones, que usamos luego como proyectiles para romper los vidrios del vecindario. ¡Fue toda una acción de guerra, con una excelente ejecución! ¡Y debieron haber visto con qué puntería tirábamos a las ventanas!
Es cierto que pasé momentos divertidos en mi infancia, pero no sé si llamarla feliz. Mientras mis padres se ausentaban yo vivía con la mucama y el cocinero. Me atendían muy bien, eran buenas personas, muy amables. Además podía entretenerme con los montones de juguetes y adornos exóticos que a cada instante me recordaban el lejano amor de mis padres.
Así me fui acostumbrando a la vida sin ellos. Los veía cuarenta o cincuenta días al año. Cuando estaban en casa, su presencia me resultaba extraña. No sabía qué hacer, ni qué decir. Pero a su modo, ellos me querían y yo a ellos. Éramos una familia normal, con un hogar hermoso, y disfrutábamos cada instante juntos. Curiosamente he olvidado las vivencias que tuve junto a mi padre. Pese a que él las relata cada vez que nos vemos, mi memoria no es capaz de evocarlas. No recuerdo siquiera una de sus historias y, aún hoy, llego incluso a desconfiar de que sean ciertas.
En fin, esa ha sido mi vida, mi infancia. Y repito: no soy consumista. Si no alcanzó con lo antes expuesto, quedará demostrado en breve. No dudo que sabrán comprender las razones de por qué fui como fui y por qué soy lo que soy. Estoy convencido de que mis argumentos son válidos.
Ahora soy adulto y me independicé. Estoy alejado de esas cuestiones familiares. Vivo solo en un departamento, lejos de mis padres, de sus viajes, de sus negocios, de todo. He dedicado mucho tiempo a la lectura, buscando cultivar mi mente y mi alma. Sigo fiel a un enorme deseo de no trabajar y resulta difícil arreglárselas de ese modo. Mi rebeldía contra aquel pasado impide que mis padres me ayuden económicamente. Me desligué por completo de ellos. Pero en este momento estoy ejecutando un brillante plan para garantizarme un futuro acorde a mis expectativas.
Durante los últimos meses estuve amaestrando a Tito, que aún vive en casa de mis padres porque en mi departamento... el ascensor... en fin. Aproveché sus largos períodos de ausencia para enseñarle El arte de comer personas, a partir de un libro de Antropología Caníbal que me regalaron hace mucho (y que ya tuve la precaución de quemar). Mis padres están por llegar de su último vuelo procedente de Roma y la bestia está preparada. ¿Qué regalo traerán esta vez? ¿Será un Papa embalsamado? De todas formas no importa. En unos instantes ingresarán en su mansión y terminará todo. Mi elefante los devorará, no quedará ni un rastro de sus cuerpos y el único heredero de su fortuna soy yo.
Todo está bien planificado, parecerá un accidente. ¿Quién podría culparme? ¿Cómo puedo ser responsable del hambre de un elefante que ni siquiera vive conmigo? Imagino a Tito abriendo su boca mientras mis padres abren la puerta e ingresan al oscuro pasillo donde, quizá demasiado tarde, descubrirán que se trata de la gigantesca garganta de mi mascota.
Me pregunto a quién se comerá primero. Sólo por regocijo, en realidad es lo mismo. Son dos pájaros de la misma especie y serán ejecutados de un sólo bocado. También yo lo estoy saboreando. ¡Qué dulce es el sabor de la venganza!
Imbéciles. Van a perderlo todo.
Corrijo. Lo perdieron hace tiempo.
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