El gato verde disimulaba su silueta entre los lúgubres tejados. El ambiente se definía como una tormentosa noche invernal. Maullidos lejanos sacudían la paz nocturna; tal vez los celos, los machos y las hembras, la disputa de siempre.
En la calle un auto pasaba sin reparos como si su objetivo último fuese nada más que pasar; alumbraba débilmente los muros, la calle, la nada. En cambio las nubes negras, estáticas en lo alto, hacían exactamente todo lo contrario y desde sus contornos amarronados expulsaban lóbregas sensaciones de desolación.
Alguna paloma cansada del predominio felino retrucó desde el aire; pero ninguno se percató de ella. Los planes no la incluían, quizá no incluían a nadie. En noches como esas, la exclusión está lejos de ser lo peor que pueda a uno pasarle.
Por su parte el viento, fresco y húmedo, se paseaba cabizbajo, como queriendo infundir lástima porque nadie daba cuenta de su existencia. A nadie le importaba su derrotero, todo el mundo buscaba lo suyo. Las noches no son para cualquiera, viejo. Es así, no hay vuelta que darle.
Las horas transcurrían tranquilas. Pero luego... luego aparecieron más gatos. De colores fosforescentes, rojos, verdes y amarillos, que intentaban esconderse detrás del oxígeno invisible. Una multitud de bigotes y pelos con patas y ojos brillantes acudió al encuentro inexistente y la atmósfera se tornó turbia e inconexa. Ellos asediaban. No sé hacia qué frentes, pero latían, amenazantes y coloridos.
Como era de esperarse, esa aglomeración estalló sigilosamente en una expansión aérea, multicolor y deforme que no puedo describir con precisión. La mancha ganaba el espacio y se acercaba hacia mí, implacable. Un incierto terror se apoderó de mi organismo entero, mi respiración se agitó al ritmo de un intenso palpitar cardíaco. Continuó el avance mientras yo retrocedía, hasta llegar al borde del abismo. No tenía más alternativas que saltar o ser devorado por algún que otro color brillante.
Sin embargo, abruptamente aquella extraña gama de colores se detuvo y todo, absolutamente todo quedó inmóvil y hermoso, como en un cuadro de Monet. Y yo, hecho humo, levantaba vuelo y me perdía en las alturas, saliendo de la chimenea del vecino como un Papá Noel pero al revés, esfumando ese colorido enjambre animal en frondosos y verdes pinos de navidad, iluminados y prácticamente inofensivos.
En la calle un auto pasaba sin reparos como si su objetivo último fuese nada más que pasar; alumbraba débilmente los muros, la calle, la nada. En cambio las nubes negras, estáticas en lo alto, hacían exactamente todo lo contrario y desde sus contornos amarronados expulsaban lóbregas sensaciones de desolación.
Alguna paloma cansada del predominio felino retrucó desde el aire; pero ninguno se percató de ella. Los planes no la incluían, quizá no incluían a nadie. En noches como esas, la exclusión está lejos de ser lo peor que pueda a uno pasarle.
Por su parte el viento, fresco y húmedo, se paseaba cabizbajo, como queriendo infundir lástima porque nadie daba cuenta de su existencia. A nadie le importaba su derrotero, todo el mundo buscaba lo suyo. Las noches no son para cualquiera, viejo. Es así, no hay vuelta que darle.
Las horas transcurrían tranquilas. Pero luego... luego aparecieron más gatos. De colores fosforescentes, rojos, verdes y amarillos, que intentaban esconderse detrás del oxígeno invisible. Una multitud de bigotes y pelos con patas y ojos brillantes acudió al encuentro inexistente y la atmósfera se tornó turbia e inconexa. Ellos asediaban. No sé hacia qué frentes, pero latían, amenazantes y coloridos.
Como era de esperarse, esa aglomeración estalló sigilosamente en una expansión aérea, multicolor y deforme que no puedo describir con precisión. La mancha ganaba el espacio y se acercaba hacia mí, implacable. Un incierto terror se apoderó de mi organismo entero, mi respiración se agitó al ritmo de un intenso palpitar cardíaco. Continuó el avance mientras yo retrocedía, hasta llegar al borde del abismo. No tenía más alternativas que saltar o ser devorado por algún que otro color brillante.
Sin embargo, abruptamente aquella extraña gama de colores se detuvo y todo, absolutamente todo quedó inmóvil y hermoso, como en un cuadro de Monet. Y yo, hecho humo, levantaba vuelo y me perdía en las alturas, saliendo de la chimenea del vecino como un Papá Noel pero al revés, esfumando ese colorido enjambre animal en frondosos y verdes pinos de navidad, iluminados y prácticamente inofensivos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario