Era de noche y lloviznaba. El abogado Félix Santana ingresó el auto en la cochera de su casa. Tenía un Peugeot 206 gris, que había comprado hacía cinco meses. Al descender, caminó tres pasos hasta el portón de madera, volvió la vista hacia el auto para asegurarse de que no olvidaba nada y procedió a cerrar. Mientras desplazaba aquella puerta corrediza le pareció escuchar un ruido y pensó que podían ser pasos. De todos modos continuó su tarea, atento, pero sin darle mayor importancia al supuesto peatón. No imaginaba que ese sonido era el indicio que pudo haber evitado lo que acontecería.
Santana estaba terminando de cerrar, cuando el portón se trabó; sólo faltaban unos pocos centímetros. “Se debe haber juntado mugre”, pensó. Entonces caminó agachado, buscando el lugar donde se originó el bloqueo. Pero, en lugar de encontrar un cúmulo de suciedad, vio un pie sobre la vereda, y luego el otro, y después escuchó el susurro: “No te muevas porque te mato”.
Una figura sombría asomó su cabeza encapuchada al interior. Ingresó, y se quitó la capucha con la mano izquierda, mientras que en la derecha sostenía un revólver. Arrimó el portón y observó desde arriba al abogado, que aún permanecía agachado.
“Levantate- pronunció el extraño- y no me mires”. Santana se levantó lentamente y espió con disimulo, sólo por curiosidad. “¡Ahora caminá!” Entonces Santana avanzó hacia el fondo del garaje, lamentándose por no haber definido los rasgos del intruso. Sentía la boca de la pistola apoyada en su espalda y una mano en el hombro. El abogado abrió la puerta e ingresaron a un pasillo angosto, de unos tres metros de largo, que conducía a la cocina. Había una abertura en la pared de la izquierda, que daba al lavadero; ellos continuaron hasta la otra puerta. “¿Hay alguien más en la casa?”, escuchó Santana. “No”, respondió. “¿Vivís solo?”. “Sí, vivo solo”, mintió. “Bueno, caminá despacio. No intentes hacer nada raro, y no te va a pasar nada. Solamente quiero la guita, flaco.”
Abrieron la puerta y entraron. Santana encendió la luz y vio que la cocina estaba impecable. No había cubiertos sucios ni olor a comida. Una mesada de mármol resplandecía ante el brillo de la lámpara, las cuatro sillas estaban arrimadas bajo la mesa cuadrada, algunas copas colgaban de la prolongación que surgía de un delicado mueble; todo estaba en su sitio. “Qué suerte que lavaron todo- pensaba Santana-, sino este hijo de puta se iba a dar cuenta... Aunque si ve la mesa larga en el comedor se puede avivar”. Entonces recordó los portarretratos: "¡Qué boludo que soy! No me queda otra que llevarlo al sótano".
“Bueno flaco, dale, ¿dónde tenés los billetes?”; hubo un silencio, Santana reflexionaba. “¡Dale loco, hablá porque te meto una bala en la cabeza y reviso todo sin vos! Me importa un carajo...” “Pará un poco, che. Sí, sí, ahí te llevo; tranquilizate. La plata está guardada en el sótano. Vení, es por acá”, dijo. Entonces el extraño empujó a Santana que, al tropezar, se aferró al picaporte de una puerta y evitó la caída. Luego tomó un manojo de llaves que había a su lado, sobre una repisa, y abrió esa misma puerta, que los sumió en el patio.
Afuera una tenue lámpara iluminaba el lugar; se podía ver el césped en un tono oscuro y verdoso, rociado por el agua de la lluvia. Un camino de baldosas naranjas llevaba hasta el fondo, donde había un quincho que se extendía de un extremo al otro. Dos enormes ventanales estaban cubiertos por persianas de madera y en el medio se hallaba una puerta doble, también de madera, con vidrios separados en cuadros. Se encaminaron hacia allí. Mientras avanzaban, ambos sintieron el olor a tierra mojada mezclado con el aroma de las flores que había a su derecha, sobre el cantero. Más arriba vieron la proyección de sus propias sombras (casi tan humanas como ellos); una detrás de la otra desplazándose por la pared blanca y repitiendo la escena. Entre ambas, Santana vio la sombra del arma y se estremeció.
“Al sótano se baja por el quincho, hay una escalera ahí”, susurró el abogado parándose frente a la puerta. “Bueno, caminá”, ordenó el otro. Santana introdujo la llave en la cerradura, giró e ingresó, moviéndose en la oscuridad. El extraño rápidamente encendió la luz; seguía de cerca al dueño de casa y miraba en derredor buscando algún objeto valioso que también pudiera llevarse. Había una parrilla en un rincón a la derecha y una mesa en el centro; un televisor contra la pared, algunos adornos, cuadros, vinos y otras botellas, pero nada de eso parecía interesarle demasiado.
Santana caminó hacia la izquierda, el otro hizo lo mismo. Descendieron por una escalera caracol, negra, tal vez de hierro y algo descuidada. Todo estaba oscuro abajo, hasta que Santana encendió la luz. El cuarto se iluminó y surgieron de la penumbra numerosas geometrías abandonadas; muebles en desuso, maderas, algún electrodoméstico viejo, montones de tierra en el piso y sobre los objetos, además de enormes telarañas ocupando los rincones. Un potente olor a humedad y a polvo ingresó por las fosas nasales del abogado. “¡Cuánto hace que no se limpia esto!”, pensó; luego se dijo que era ridículo tener esa ocurrencia bajo las circunstancias que lo afectaban.
Los objetos estaban apilados contra las paredes. En el medio de la habitación se formaba un pasillo que llevaba a un mueble con varios cajones y puertas; Santana caminó hacia allí y sus pasos hicieron crujir el piso de madera. “¡Eu! ¿Adónde vas? Quedate quieto loco”, ordenó el extraño; “antes de hacer algo, decime dónde está la guita”. “Ahí”, dijo el abogado mientras señalaba el mueble en el fondo del pasillo con un dedo índice que temblaba, al igual que la mano y el brazo; “en uno de los cajones”. “Bien. Ahora decime en cuál está y yo me encargo de juntarlo; vos quedate quietito flaco”. “Está en el tercero de la izquierda, contando de arriba hacia abajo”, indicó Santana. “¿Estás seguro?”, preguntó el otro. “Sí”.
El extraño miró a Santana, que estaba parado en el centro del cuarto con la cabeza bajo la lámpara. En cambio él permanecía sobre el último escalón, estudiando cómo proceder; desconfiaba de las indicaciones del abogado y se dijo que si descubría una mentira lo mataría. Avanzó cauteloso y al pasar por al lado de Santana le dijo al oído: “Ojo con lo que hacés, porque te quemo. ¿Entendés? Quedate tranquilo, y no te movés para nada”. Luego le mostró el arma, la apoyó en la cara de Santana (que permaneció inmóvil, aterrado) y elevando el tono de voz soltó un “bang”, mientras sonreía cínicamente y separaba la pistola del rostro, apuntándola momentáneamente hacia arriba. Entonces Santana pudo ver las facciones del ladrón; pero ya no le importaba demasiado descubrir su cabello corto, negro y enrulado, la nariz recta, la boca ancha y la barba de algunos días; todo eso le era indiferente.
El extraño caminó sin quitarle los ojos de encima al abogado, en actitud de amenaza constante. Al llegar al mueble vio los doce cajones que había debajo de las puertas, ubicó la fila de la izquierda y luego el cajón indicado. Volvió a mirar a Santana y, sin dejar de apuntarlo, procedió a abrir con la otra mano. Desplazó el cajón hacia afuera y observó los fajos de billetes que ocupaban todo el compartimiento. Dejó salir una risa, como si hubiera encontrado más dinero de lo que esperaba, y un inoportuno eco sostuvo la carcajada en el aire unos instantes. El extraño miró nuevamente a Santana y, con una sonrisa de un solo lado, le dijo en voz baja: “hijo de puta... vos sí que la vivís bien, ¿eh?”. El abogado continuaba inmóvil, silencioso, pensativo; y no dijo nada. Vio cómo el ladrón sacaba del bolsillo de la campera una bolsa de tela y comenzaba a introducir en ella el dinero. Santana contemplaba, estático, cómo el extraño juntaba ese montón de papeles que era su dinero, suyo y no del cajón, ni tampoco del extraño, ni de nadie más; era su dinero. “Cajón, chorro, dinero; cajón, chorro, mi dinero y el arma...”, pensaba.
El extraño seguía trabajando en el cargamento de su bolsa, y Santana lo estudiaba. “¡Hijo de puta!”, se dijo, modificando la expresión estupefacta de su semblante, “¿querés llevarte todo? Bueno, algo de acá te vas a llevar seguro”. Sus ojos fulguraban en la lobreguez del sótano, la mandíbula apretaba con firmeza y el ritmo respiratorio disminuyó notablemente. Una mueca desfigurada, perversa, transformaba su rostro y se apoderaba de su ser; como si acabara de tomar una determinación terrible, inconcebible en él.
Sigilosamente, en puntas de pie, evitando hacer el mínimo ruido, el abogado se desplazó hacia el costado izquierdo del cuarto. Se detuvo frente a un lavarropas y abrió la tapa con el máximo cuidado. Observó que el extraño continuaba juntando los billetes, entonces introdujo la mano, tanteando suavemente el interior. “Hijo de puta...”, repetía en su conciencia.
La oportunidad que se le presentaba, sin dudas alteró a Santana, y ahora su pulso se aceleraba a una velocidad inconcebible, sentía que el corazón se escapaba por su garganta, estaba completamente fuera de sí; y al intentar sacar la mano del hueco, desesperado, hizo un ruido que llamó la atención del otro. Al extraño le pareció el golpe de algo duro contra un metal, como un gong, pero suave y más breve; o como algo distinto a un gong, parecido, no importaba tanto.
En cuclillas, el extraño giró bruscamente su cuello y no vio a Santana en el centro del sótano. Se levantó de un salto y encontró al abogado saliendo del lavarropas, con una pistola en la mano. La resolución fue extremadamente veloz, todo transcurrió en menos de un segundo, y se escuchó un estruendo que retumbó en todo el vecindario.
- - -
La esposa de Santana despertó sobresaltada al escuchar la explosión, y se asustó al no encontrar a su marido en la cama. Inmediatamente se calzó unas pantuflas y fue a la habitación contigua, donde dormían sus dos hijas. “Mami, ¿qué pasó?”, dijeron las niñas a dúo, entredormidas, desde la oscuridad. “Nada; creo que hubo un choque en la calle”, se le ocurrió a Sofía, “sigan durmiendo que no pasó nada”. Cerró la puerta y bajó las escaleras corriendo. Sabía que Félix Santana tenía el arma en el sótano y se dirigió hacia allí.
Los latidos de su corazón punzaban su cerebro más y más fuerte a medida que avanzaba. Sentía miedo, mucho miedo, como si estuviera viviendo una pesadilla. Atravesó el comedor rápidamente; en la cocina observó la puerta del patio entreabierta y la ausencia de las llaves en la repisa. Salió al patio y allí vio la luz del quincho encendida. Cruzó junto a su sombra por el camino de baldosas y la pared blanca, y entró al quincho. Divisó las partículas luminosas que subían desde el sótano; entonces se detuvo. Intentó una respiración profunda, pero no pudo. Su garganta se contraía como una boa constrictora, impidiendo la inhalación de aire. Tampoco podía pensar; hasta allí había llegado en un estado de inconciencia, y los procedimientos posteriores también serían guiados por su desesperación.
Con una mano apoyada en el pecho, intentando contener (o recuperar) la respiración, Sofía caminó lentamente hacia la escalera. “¡Félix!”, gritó. “¿Estás bien?”. Su voz retumbó ahí abajo, pero no hubo respuesta. Unas lágrimas de pánico escaparon de sus ojos y cayeron al suelo; la idea de que allí había un suicidio recorrió falazmente su imaginación, pero no quiso creerla. Estaba aterrada; todos sus músculos se endurecían y su raciocinio continuaba bloqueado. Surgió brevemente la idea de llamar a la policía, pero no pudo mantener la reflexión; la venció un impulso comandado por el pánico. Entonces se precipitó hacia las escaleras y descendió.
El cuadro que encontró allí la impactó horrorosamente. Desde la mitad de la escalera vio a su esposo, tendido en el suelo boca arriba, con un agujero en la frente, el revólver en su mano derecha y un charco de sangre alrededor. Permaneció rígida un momento, con las dos manos sobre el pecho, temblando, y lanzó un grito ahogado que se prolongó en sollozos, mientras reanudaba su carrera hacia el sótano.
Recién allí, Sofía pudo comprender. Descubrió (mientras caía de rodillas junto al cuerpo de su esposo) que el estruendo no fue producto de un solo disparo, sino que fueron dos tiros simultáneos, que sonaron al unísono y fueron igualmente certeros. Porque la mujer encontró, al lado del cajón abierto donde guardaban el dinero, a un desconocido sentado en el piso con la espalda apoyada contra el mueble; una abultada bolsa con algunos billetes asomados, y una pistola desposeída a pocos centímetros de la mano asesina. Pero también vio, con absoluto espanto, el par de ojos abiertos mirándola fijamente desde la muerte, surcados por un espeso manantial de sangre bordó.
Santana estaba terminando de cerrar, cuando el portón se trabó; sólo faltaban unos pocos centímetros. “Se debe haber juntado mugre”, pensó. Entonces caminó agachado, buscando el lugar donde se originó el bloqueo. Pero, en lugar de encontrar un cúmulo de suciedad, vio un pie sobre la vereda, y luego el otro, y después escuchó el susurro: “No te muevas porque te mato”.
Una figura sombría asomó su cabeza encapuchada al interior. Ingresó, y se quitó la capucha con la mano izquierda, mientras que en la derecha sostenía un revólver. Arrimó el portón y observó desde arriba al abogado, que aún permanecía agachado.
“Levantate- pronunció el extraño- y no me mires”. Santana se levantó lentamente y espió con disimulo, sólo por curiosidad. “¡Ahora caminá!” Entonces Santana avanzó hacia el fondo del garaje, lamentándose por no haber definido los rasgos del intruso. Sentía la boca de la pistola apoyada en su espalda y una mano en el hombro. El abogado abrió la puerta e ingresaron a un pasillo angosto, de unos tres metros de largo, que conducía a la cocina. Había una abertura en la pared de la izquierda, que daba al lavadero; ellos continuaron hasta la otra puerta. “¿Hay alguien más en la casa?”, escuchó Santana. “No”, respondió. “¿Vivís solo?”. “Sí, vivo solo”, mintió. “Bueno, caminá despacio. No intentes hacer nada raro, y no te va a pasar nada. Solamente quiero la guita, flaco.”
Abrieron la puerta y entraron. Santana encendió la luz y vio que la cocina estaba impecable. No había cubiertos sucios ni olor a comida. Una mesada de mármol resplandecía ante el brillo de la lámpara, las cuatro sillas estaban arrimadas bajo la mesa cuadrada, algunas copas colgaban de la prolongación que surgía de un delicado mueble; todo estaba en su sitio. “Qué suerte que lavaron todo- pensaba Santana-, sino este hijo de puta se iba a dar cuenta... Aunque si ve la mesa larga en el comedor se puede avivar”. Entonces recordó los portarretratos: "¡Qué boludo que soy! No me queda otra que llevarlo al sótano".
“Bueno flaco, dale, ¿dónde tenés los billetes?”; hubo un silencio, Santana reflexionaba. “¡Dale loco, hablá porque te meto una bala en la cabeza y reviso todo sin vos! Me importa un carajo...” “Pará un poco, che. Sí, sí, ahí te llevo; tranquilizate. La plata está guardada en el sótano. Vení, es por acá”, dijo. Entonces el extraño empujó a Santana que, al tropezar, se aferró al picaporte de una puerta y evitó la caída. Luego tomó un manojo de llaves que había a su lado, sobre una repisa, y abrió esa misma puerta, que los sumió en el patio.
Afuera una tenue lámpara iluminaba el lugar; se podía ver el césped en un tono oscuro y verdoso, rociado por el agua de la lluvia. Un camino de baldosas naranjas llevaba hasta el fondo, donde había un quincho que se extendía de un extremo al otro. Dos enormes ventanales estaban cubiertos por persianas de madera y en el medio se hallaba una puerta doble, también de madera, con vidrios separados en cuadros. Se encaminaron hacia allí. Mientras avanzaban, ambos sintieron el olor a tierra mojada mezclado con el aroma de las flores que había a su derecha, sobre el cantero. Más arriba vieron la proyección de sus propias sombras (casi tan humanas como ellos); una detrás de la otra desplazándose por la pared blanca y repitiendo la escena. Entre ambas, Santana vio la sombra del arma y se estremeció.
“Al sótano se baja por el quincho, hay una escalera ahí”, susurró el abogado parándose frente a la puerta. “Bueno, caminá”, ordenó el otro. Santana introdujo la llave en la cerradura, giró e ingresó, moviéndose en la oscuridad. El extraño rápidamente encendió la luz; seguía de cerca al dueño de casa y miraba en derredor buscando algún objeto valioso que también pudiera llevarse. Había una parrilla en un rincón a la derecha y una mesa en el centro; un televisor contra la pared, algunos adornos, cuadros, vinos y otras botellas, pero nada de eso parecía interesarle demasiado.
Santana caminó hacia la izquierda, el otro hizo lo mismo. Descendieron por una escalera caracol, negra, tal vez de hierro y algo descuidada. Todo estaba oscuro abajo, hasta que Santana encendió la luz. El cuarto se iluminó y surgieron de la penumbra numerosas geometrías abandonadas; muebles en desuso, maderas, algún electrodoméstico viejo, montones de tierra en el piso y sobre los objetos, además de enormes telarañas ocupando los rincones. Un potente olor a humedad y a polvo ingresó por las fosas nasales del abogado. “¡Cuánto hace que no se limpia esto!”, pensó; luego se dijo que era ridículo tener esa ocurrencia bajo las circunstancias que lo afectaban.
Los objetos estaban apilados contra las paredes. En el medio de la habitación se formaba un pasillo que llevaba a un mueble con varios cajones y puertas; Santana caminó hacia allí y sus pasos hicieron crujir el piso de madera. “¡Eu! ¿Adónde vas? Quedate quieto loco”, ordenó el extraño; “antes de hacer algo, decime dónde está la guita”. “Ahí”, dijo el abogado mientras señalaba el mueble en el fondo del pasillo con un dedo índice que temblaba, al igual que la mano y el brazo; “en uno de los cajones”. “Bien. Ahora decime en cuál está y yo me encargo de juntarlo; vos quedate quietito flaco”. “Está en el tercero de la izquierda, contando de arriba hacia abajo”, indicó Santana. “¿Estás seguro?”, preguntó el otro. “Sí”.
El extraño miró a Santana, que estaba parado en el centro del cuarto con la cabeza bajo la lámpara. En cambio él permanecía sobre el último escalón, estudiando cómo proceder; desconfiaba de las indicaciones del abogado y se dijo que si descubría una mentira lo mataría. Avanzó cauteloso y al pasar por al lado de Santana le dijo al oído: “Ojo con lo que hacés, porque te quemo. ¿Entendés? Quedate tranquilo, y no te movés para nada”. Luego le mostró el arma, la apoyó en la cara de Santana (que permaneció inmóvil, aterrado) y elevando el tono de voz soltó un “bang”, mientras sonreía cínicamente y separaba la pistola del rostro, apuntándola momentáneamente hacia arriba. Entonces Santana pudo ver las facciones del ladrón; pero ya no le importaba demasiado descubrir su cabello corto, negro y enrulado, la nariz recta, la boca ancha y la barba de algunos días; todo eso le era indiferente.
El extraño caminó sin quitarle los ojos de encima al abogado, en actitud de amenaza constante. Al llegar al mueble vio los doce cajones que había debajo de las puertas, ubicó la fila de la izquierda y luego el cajón indicado. Volvió a mirar a Santana y, sin dejar de apuntarlo, procedió a abrir con la otra mano. Desplazó el cajón hacia afuera y observó los fajos de billetes que ocupaban todo el compartimiento. Dejó salir una risa, como si hubiera encontrado más dinero de lo que esperaba, y un inoportuno eco sostuvo la carcajada en el aire unos instantes. El extraño miró nuevamente a Santana y, con una sonrisa de un solo lado, le dijo en voz baja: “hijo de puta... vos sí que la vivís bien, ¿eh?”. El abogado continuaba inmóvil, silencioso, pensativo; y no dijo nada. Vio cómo el ladrón sacaba del bolsillo de la campera una bolsa de tela y comenzaba a introducir en ella el dinero. Santana contemplaba, estático, cómo el extraño juntaba ese montón de papeles que era su dinero, suyo y no del cajón, ni tampoco del extraño, ni de nadie más; era su dinero. “Cajón, chorro, dinero; cajón, chorro, mi dinero y el arma...”, pensaba.
El extraño seguía trabajando en el cargamento de su bolsa, y Santana lo estudiaba. “¡Hijo de puta!”, se dijo, modificando la expresión estupefacta de su semblante, “¿querés llevarte todo? Bueno, algo de acá te vas a llevar seguro”. Sus ojos fulguraban en la lobreguez del sótano, la mandíbula apretaba con firmeza y el ritmo respiratorio disminuyó notablemente. Una mueca desfigurada, perversa, transformaba su rostro y se apoderaba de su ser; como si acabara de tomar una determinación terrible, inconcebible en él.
Sigilosamente, en puntas de pie, evitando hacer el mínimo ruido, el abogado se desplazó hacia el costado izquierdo del cuarto. Se detuvo frente a un lavarropas y abrió la tapa con el máximo cuidado. Observó que el extraño continuaba juntando los billetes, entonces introdujo la mano, tanteando suavemente el interior. “Hijo de puta...”, repetía en su conciencia.
La oportunidad que se le presentaba, sin dudas alteró a Santana, y ahora su pulso se aceleraba a una velocidad inconcebible, sentía que el corazón se escapaba por su garganta, estaba completamente fuera de sí; y al intentar sacar la mano del hueco, desesperado, hizo un ruido que llamó la atención del otro. Al extraño le pareció el golpe de algo duro contra un metal, como un gong, pero suave y más breve; o como algo distinto a un gong, parecido, no importaba tanto.
En cuclillas, el extraño giró bruscamente su cuello y no vio a Santana en el centro del sótano. Se levantó de un salto y encontró al abogado saliendo del lavarropas, con una pistola en la mano. La resolución fue extremadamente veloz, todo transcurrió en menos de un segundo, y se escuchó un estruendo que retumbó en todo el vecindario.
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La esposa de Santana despertó sobresaltada al escuchar la explosión, y se asustó al no encontrar a su marido en la cama. Inmediatamente se calzó unas pantuflas y fue a la habitación contigua, donde dormían sus dos hijas. “Mami, ¿qué pasó?”, dijeron las niñas a dúo, entredormidas, desde la oscuridad. “Nada; creo que hubo un choque en la calle”, se le ocurrió a Sofía, “sigan durmiendo que no pasó nada”. Cerró la puerta y bajó las escaleras corriendo. Sabía que Félix Santana tenía el arma en el sótano y se dirigió hacia allí.
Los latidos de su corazón punzaban su cerebro más y más fuerte a medida que avanzaba. Sentía miedo, mucho miedo, como si estuviera viviendo una pesadilla. Atravesó el comedor rápidamente; en la cocina observó la puerta del patio entreabierta y la ausencia de las llaves en la repisa. Salió al patio y allí vio la luz del quincho encendida. Cruzó junto a su sombra por el camino de baldosas y la pared blanca, y entró al quincho. Divisó las partículas luminosas que subían desde el sótano; entonces se detuvo. Intentó una respiración profunda, pero no pudo. Su garganta se contraía como una boa constrictora, impidiendo la inhalación de aire. Tampoco podía pensar; hasta allí había llegado en un estado de inconciencia, y los procedimientos posteriores también serían guiados por su desesperación.
Con una mano apoyada en el pecho, intentando contener (o recuperar) la respiración, Sofía caminó lentamente hacia la escalera. “¡Félix!”, gritó. “¿Estás bien?”. Su voz retumbó ahí abajo, pero no hubo respuesta. Unas lágrimas de pánico escaparon de sus ojos y cayeron al suelo; la idea de que allí había un suicidio recorrió falazmente su imaginación, pero no quiso creerla. Estaba aterrada; todos sus músculos se endurecían y su raciocinio continuaba bloqueado. Surgió brevemente la idea de llamar a la policía, pero no pudo mantener la reflexión; la venció un impulso comandado por el pánico. Entonces se precipitó hacia las escaleras y descendió.
El cuadro que encontró allí la impactó horrorosamente. Desde la mitad de la escalera vio a su esposo, tendido en el suelo boca arriba, con un agujero en la frente, el revólver en su mano derecha y un charco de sangre alrededor. Permaneció rígida un momento, con las dos manos sobre el pecho, temblando, y lanzó un grito ahogado que se prolongó en sollozos, mientras reanudaba su carrera hacia el sótano.
Recién allí, Sofía pudo comprender. Descubrió (mientras caía de rodillas junto al cuerpo de su esposo) que el estruendo no fue producto de un solo disparo, sino que fueron dos tiros simultáneos, que sonaron al unísono y fueron igualmente certeros. Porque la mujer encontró, al lado del cajón abierto donde guardaban el dinero, a un desconocido sentado en el piso con la espalda apoyada contra el mueble; una abultada bolsa con algunos billetes asomados, y una pistola desposeída a pocos centímetros de la mano asesina. Pero también vio, con absoluto espanto, el par de ojos abiertos mirándola fijamente desde la muerte, surcados por un espeso manantial de sangre bordó.
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